Ricardo González dijo que no tuvo intención de matar a Claudio Retamar. Pese a las denuncias, nadie intervino para pacificar el Gaucho Rivero

El juicio por el crimen de un chico revela la inacción policial y judicial

Conflictos entre bandas de adolescentes armados y metidos en la droga dejaron el saldo de varios chicos muertos en los últimos años en la zona oeste de Paraná, con centro en el barrio Gaucho Rivero.

El primero fue el homicidio de Miguel González, de 14 años, en 2012. El último fue el ocurrido el 20 de enero de 2016, cuando Ricardo González, el padre de Miguel, mató de un balazo en la cabeza a Claudio Retamar, que también tenía 14 años.

En el juicio al hombre se discute si actuó para defender a su familia o si lo hizo como una más de las tantas venganzas. Pero además, como refieren los testigos sobre las denuncias y la falta de respuesta, se revela que en tanto tiempo de violencia ni la Policía (en particular la comisaría novena) ni la Justicia intervinieron para pacificar la zona. Hoy aparece la sanción penal como la respuesta tardía a un conflicto con muchas causas.

La jornada de ayer del juicio por el homicidio fue la que más benefició al imputado.

Aquella tarde de verano, Caio Retamar y su amigo Hugo pasaron armados varias veces por el frente de la casa de González, en calle Virrey Vértiz. Ya venían de semanas agitadas de amenazas y balaceras. Al parecer buscaban vengar la muerte del hermano de Hugo, quien había sido asesinado poco antes por un hijo de González, Ezequiel. Le gritaron que lo iban a matar a otro de sus hijos, Panchi, y también al más chiquito que tenía 4 años. El hombre consiguió un arma y cuando volvieron a cruzarse en la cuadra les disparó y mató a Retamar. Luego llamó a la Policía y se entregó.

Varios testigos señalaron que González es un hombre trabajador, que estaba cansado de sufrir amenazas y temía por la vida de su mujer y sus hijos. Asimismo, aseguraron declarar con miedo en el juicio porque luego podrían sufrir represalias.

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La historia tras el ataque mortal

"En ningún momento fue mi intención matarlo, estoy arrepentido de lo que hice, sé lo que es para ellos lo que pasó con su hijo, porque a mí también me pasó", comenzó diciendo en su declaración González, y en seguida se quebró. Tomó aire, se limpió los mocos, y siguió: "A mí, desde que me pasó lo de mi hijo, todos los días vivo con miedo de que me vuelva a pasar lo mismo. Mis otros hijos están imputados y esas cosas, es verdad, se me fueron de las manos cuando me faltó uno, ya no los pude controlar".

De un día para el otro, recordó González, el grupo de gurises del barrio se dividió y comenzó a correr la sangre: "Eran todos amigos, siempre andaban juntos, y de un momento para el otro no sé qué fue lo que pasó que se empezaron a enfrentar entre ellos tirándose tiros, andaban toda la semana que tiraban de una esquina a la otra, del barrio San Jorge a la Cortada 1.008, la gente vivía encerrada con miedo, y después empezaron a ir a mi casa a tirarme, a la casa de mi mamá y a lo de mi suegra, y así era todos los días. Yo soy nacido y criado en el barrio, no los conocía por los nombres, de casualidad estuve enfermo y me dieron unos meses en el trabajo para hacer reposo y ahí los empecé a ver todos los días. Cada vez que pasaban me mostraban el arma, yo no les daba importancia porque quería evitar el problema, lo único que hacía era poner una denuncia en la comisaría, también mi mujer porque le tiraban con piedras, mi hijo chiquito ya no podía ir al jardín".

Entonces, en aquellos días de principios de 2016 comenzó a caldearse el conflicto, recordó González: "En ese tiempo de reposo los empecé a cruzar todos los días y me mostraban el fierro, decían 'a este viejo le cabe' y lo buscaban a mi hijo Panchi. El día anterior al hecho pasó uno de los chicos y de la esquina me mostraba el revólver, tiraron dos tiros, le tiraron a mi suegra en Padre Kolbe y volvieron a bajar. Al otro día me levanto y vamos a llevarle comida a Ezequiel que estaba con arresto domiciliario en otra casa. Cuando volvíamos, venía de la esquina el chico fallecido y el otro, uno traía un revólver tapado con una remera blanca y me apuntaban. Aceleré y me metí en el pasillo de mi casa. Salgo en mi auto, no los encuentro, me prestan el arma y me vuelvo. Llego a mi casa, salgo con un balde de basura, y cuando voy entrando veo que vienen subiendo dos pibes. Puse el arma en el balde y salí como a tirar la basura, pasaron los dos y me dicen 'a vos viejo te cabe', siguieron caminando por la vereda relajándome. Uno le dice al otro 'tirale, tirale, lo vamos a matar al Panchi y al chiquito también'. Cuando escucho que tiran un tiro y el otro chico quiere sacar el arma, yo tiro. Me acerqué en seguida, voy a mi casa, agarro el teléfono y vuelvo a donde estaba el chico, porque no quería que le saquen el arma y ahí empiezo a llamar a la Policía".

A los minutos posteriores a los disparos González también los recuerda con claridad, y da fe de su intención de no evadir la Justicia: "Llamó mi señora a la comisaría novena que nunca viene, pregúntenle a cualquier vecino, por eso yo me comuniqué con el comisario (Carlos) Schmunk, que tenía el teléfono de cuando falleció mi hijo, lo llamé porque en la novena no me contestaban. Le dije 'mandame una ambulancia, maté a uno de los pibes que andaban molestando'. Me mandó en seguida y vinieron la ambulancia y los patrulleros, porque siempre Schmunk me dejó el teléfono por si me pasaba algo. Yo ya le venía comentado que me vivían tiroteando, entonces cada vez que me tiroteaban de noche yo lo llamaba y él me atendía, por más que esté de servicio o no, él me atendía y me mandaba siempre un patrullero. Porque llamaba a la novena y nunca iba: la última vez me habían tiroteado, fue a las 2 de la mañana y aparecieron a las 5 a ver lo que había pasado", relató el imputado.

Por último, reflexionó: "Yo sé que mis hijos tenían problemas por todos lados, pero yo con los vecinos jamás. Mis hijos sí, que les pasó desde que le mataron al hermano. Yo no sabía cómo seguir cuando me mataron a mi hijo, por eso sé lo que pasaron ellos también. Se me metieron en la droga...". Y se quebró en llanto otra vez.

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El miedo de los testigos que deben declarar

Los testigos que declararon ayer reforzaron la versión de González, tanto sobre el momento del hecho como de la historia de violencia y amenazas sufridas por el imputado y su familia. Asimismo, refirieron sentir temor a represalias por declarar en el juicio.

Una prima del acusado dijo: "Ahora mismo tengo miedo, porque vivo sola con mi hija de 4 años". La mujer, que vive en el mismo barrio Gaucho Rivero, aseguró que parece que la violencia no tiene un final: "Uno busca venganza del otro, después la venganza de la venganza y es algo de nunca acabar".

"Ricardo es una persona trabajadora, es la primera vez que tuvo una reacción así. Tiene un hijo en el cementerio y le rompieron el nicho", aseguró la testigo, quien estaba en la esquina del lugar del hecho cuando sucedió el crimen. "Yo estaba en la esquina, sentí los disparos, Ricardo decía que no se acerquen porque estaba armado y después empezó con una ataque de nervios, estaba cansado", recordó.

Daniel Retamar, un vecino del acusado, declaró: "Estábamos hablando con González. Habían pasado dos chicos con armas. Y a los 20 o 30 minutos volvían por la vereda. González salía a tirar la basura, uno de los chicos iba con el arma en la mano y el otro la tenía en la cintura. González no lo quiso matar, los quiso asustar".

Y agregó: "Tenía miedo porque le tirotearon la casa de la madre. En toda mi vida nunca lo vi con un arma, pero hasta le dijeron que le iban a matar al hijo más chico. Le agarró un ataque de nervios, una locura, quiso asustarlos pero lamentablemente a uno le pegó".

Otra vecina insistió: "Él es un hombre bueno, trabajador, no se metía con nadie. Estaba cansado". Y también refirió la inacción policial en la zona: "Ricardo les decía a los policías '¿qué están esperando, que me maten a otro hijo o que mate yo a uno?'. Y le contestaban 'Nosotros no podemos hacer nada porque son menores'".

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Foto UNO/Juan Ignacio Pereira
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