Por dos canillas fue preso. El hombre tiene 20 años, estuvo detenido durante tres días en los tribunales de Capital Federal. Su delito fue ingresar a un convento y robar dos canillas. No lo hizo para comprar algo para él. Su situación era otra. Debía comprar medicamentos para sus hijos que sufren problemas branquiales y no tenía los $500 que necesitaba. La desesperación lo hizo robar.
El joven (su identidad se preserva por pedido suyo) es un caso más que llena estadísticas de detenciones en casos de flagrancia; historias de actuaciones policiales contra personas, casi siempre indigentes, que cometen robos o hurtos menores sin violencia ni armas, que terminan en calabozos, hacinadas durante algunos días, hasta que son generalmente sobreseídas o con condenas bajas.
Según reconstruyó Infobae, la mañana del “gran” crimen, A.A. había salido de su casa en Laferrere, La Matanz. No tenía en ese momento (ni tiene aún) un empleo formal. Cuando lo llaman, trabaja en la feria La Salada de bagayero, es decir, lleva bultos de un lado al otro. Si no recibe el aviso, sale a juntar objetos que pueda revender: desde bronce hasta ropa, lo que sea.
Sin antecedentes, con primario completo, A.A. expone lo que junta en los clubes de trueque de su barrio, o en el puesto de su cuñado en La Salada. Con lo que recauda cada día compra comida para sus dos hijos.
Cuando lo detuvieron, A. dijo que era viudo, que su pareja había muerto de cáncer de mama dos semanas antes de ser detenido por robar las canillas. Tiene dos hijos: un varón de 5 y una nena de 3.
Durante el proceso judicial en su contra, la Justicia intentó corroborar el fallecimiento de su esposa pero no pudo. No hay constancia de defunción. Cuando estaba en el calabozo de la comisaría, el joven lloró cuando explicó esta historia.
Los investigadores sí pudieron constatar los problemas de salud de sus niños. Dos días antes del robo de las canillas por el que terminó preso, uno de ellos -la nena de 3- tuvo una crisis de asma. El padre la llevó al Hospital Materno Infantil Germani en Laferrere.
En la guardia le recetaron salbutamol y otro medicamento en polvo para la tos. Para comprar el primero A. recurrió al padre de la mamá de sus hijos, con quien vive, en una casa muy modesta. El hombre cobra un plan social y le dio el dinero necesario. Pero no le alcanzó para comprar el polvo. Ese fin de semana, mientras esperaba para saber cómo evolucionaba la niña, A. fue a La Salada a vender lo que le quedaba.
El domingo a la noche su hija aún no mejoraba y el padre del acusado le sugirió ir a comprar el polvo. Al día siguiente se levantó temprano y fue a juntar metales a Capital Federal. A la tarde, A.A ya estaba detenido.
Su familia recién se enteró que el joven estaba en una celda el miércoles, cuando lo liberaron.
De la vergüenza, A. les dijo que se había encontrado un celular que tenía geolocalización, que lo acusaron de haberlo robado y que lo liberaron cuando apareció el dueño y le dijo a la fiscal del caso que él no había sido.
A.A. robó las canillas del convento de las Hermanas Adoratrices, ubicado sobre la calle Malvinas Argentinas, en el barrio de Flores. Una de las monjas confirmó a Infobae el episodio. Y relató que enseguida repusieron los objetos, que ellas usan para conectar mangueras y limpiar las veredas. El valor de cada canilla, según estimó la Policía de la Ciudad en el informe del robo, es de 250 pesos.
Cerca de las 16.30 el joven tomó las canillas del convento y las guardó en una bolsa y siguió su marcha. Pero una mujer observó lo que A.A. estaba haciendo y avisó a dos efectivos de la Policía de la Ciudad quienes estaban apostados en la esquina de Malvinas Argentinas y Alberdi.
Los policías rápidamente encontraron al ladrón. Se dieron cuenta que era él porque notaron cómo se puso nervioso y comenzó a mirar a sus lados. Le secuestraron la bolsa. Tenía nueve canillas.
A.A. fue imputado por el delito de hurto simple en grado de tentativa. Quedó detenido hasta el miércoles en la alcaidía 28 de Tribunales. Cuando salió de allí, el defensor oficial que recibió su caso le cargó 200 pesos en la tarjeta SUBE para que pudiera ir a su casa y volver cuando se lo cite.
Finalmente lo sobreseyeron. Cuando salió de tribunales pudo volver a casa. Antes, su abogado oficial volvió a cargarle crédito en la SUBE.



