“Jefe, ya está listo; le di con un pico y le partí la cabeza”. La escalofriante frase de los teléfonos pinchados a la banda narco le habría confirmado a Araya el doble crimen de los obreros de los Aguilera en El Carrizal.

El diálogo que complica al "Gato"

Por UNO

Ase­gu­ran que el Ga­to Mar­ce­lo Ara­ya se de­ses­pe­ró al ex­tre­mo ayer cuan­do, an­te el juezGe­rar­do Wal­ter Ro­drí­guez, co­no­ció la exis­ten­cia de las es­cu­chas te­le­fó­ni­cas y al­go

de sus con­te­ni­dos que po­seen en su con­tra y que lo in­cri­mi­na­rían di­rec­ta­men­te.

El

Ga­to, quien el vier­nes a la tar­de ba­jó del mó­vil de In­ves­ti­ga­cio­nes ha­cia los

ca­la­bo­zos con ai­re can­che­ro y su­fi­cien­te, de­nun­cian­do que

lo

ha­bían de­te­ni­do por­que "acá hay un te­mi­ta po­lí­ti­co que ya va­mos acla­rar con el

doc­tor", sa­lió, en cam­bio, se­ve­ra­men­te preo­cu­pa­do de los tri­bu­na­les fe­de­ra­les tras

su in­da­ga­to­ria. Des­de allí fue en­via­do al pe­nal de Al­ma­fuer­te, don­de que­dó alo­ja­do.

En­tre to­das las es­cu­chas que lo im­pli­can al co­man­do del trá­fi­co de dro­gas y el

con­tra­ban­do de la ban­da, las pin­cha­du­ras que de­tec­ta­ron el do­ble ho­mi­ci­dio de los

obre­ros de Da­niel Ren­go Agui­le­ra, en El Ca­rri­zal ha­ce nue­ve días, lo sor­pren­die­ron.

Fuen­tes con­fia­bles de la in­ves­ti­ga­ción di­je­ron a UNO que pre­vio al ata­que se

de­tec­tó es­te diá­lo­go:

Hue­so Mo­ra­les: –Va­mos a en­trar, je­fe, pe­ro es­toy vien­do más gen­te aden­tro de la

ca­sa.

Ga­to Ara­ya: –En­tren igual y a los que no tie­nen na­da que ver los atan y los

en­ca­pu­chan, por­que si no, van a te­ner que ma­tar a to­dos.

De ahí se de­du­ce que la ban­da del Ga­to sa­bía a quié­nes iban a ata­car y que no

es­pe­ra­ban en­con­trar­se con los Agui­le­ra. Ade­más, uno de los obre­ros muer­tos

prác­ti­ca­men­te ha­bía si­do cria­do por la fa­mi­lia del Ren­go.

Cuan­do los ase­si­nos eje­cu­ta­ron el cri­men, apa­re­ció en es­ce­na un per­so­na­je que

sor­pren­dió a los in­ves­ti­ga­do­res días des­pués, cuan­do lo iden­ti­fi­ca­ron: se­ría

Ri­car­do Fe­rrey­ra, fal­so tes­ti­go pro­te­gi­do de otro ho­mi­ci­dio.

Ri­car­do Fe­rrey­ra: –Je­fe, ya es­tá lis­to.

GA: –¿Qué pa­só?

RF: –¿Sa­be qué, je­fe? Le di con el pi­co, le par­tí la ca­be­za.

GA: –Ha­blé con el Hue­so re­cién. Me di­jo que se des­com­pu­so.

RF: –Sí, se pu­so a vo­mi­tar; es un es­pa­men­to­so.

GA: –Bue­no, ya les voy a dar pla­ta. Aho­ra va­yan a al­gún lu­gar pú­bli­co y pón­gan­se

de­ba­jo de cá­ma­ras de se­gu­ri­dad.

Tan­to Fe­rrey­ra co­mo el Hue­so Mo­ra­les es­tán pró­fu­gos y son bus­ca­dos hoy por es­te

do­ble ase­si­na­to.

Pe­ro Fe­rrey­ra fue uno de los dos tes­ti­gos pro­te­gi­dos del ho­mi­ci­dio de Mar­cos

Car­do­zo, de 13 años, en el Ba­jo Lu­ján, per­mi­tien­do así el es­cla­re­ci­mien­to de ese

cri­men.

Sin em­bar­go, Fe­rrey­ra sa­lió a la luz el 26 de no­viem­bre pa­sa­do, de­sa­tan­do un

ver­da­de­ro es­cán­da­lo al de­nun­ciar que era un tes­ti­go tru­cho.

En esa oca­sión, en un vi­deo di­jo que con­tra su vo­lun­tad lo pu­sieron la po­li­cía y el

fis­cal de ins­truc­ción que in­ves­ti­ga­ban el ca­so Car­do­zo, que le indicaron qué de­bía

de­cir, y que no ha­bía pre­sen­cia­do el he­cho.

Por eso, pa­ra los de­tec­ti­ves fue to­da una no­ve­dad con­cluir que Fe­rrey­ra era el

in­di­vi­duo que ha­bla­ba por ese te­lé­fo­no con­fir­mán­dole al Ga­to Ara­ya que el cri­men

es­ta­ba con­su­ma­do.

Pa­ra sa­car­se to­das las du­das, los in­ves­ti­ga­do­res bus­ca­ron el vi­deo de

Fe­rrey­ra, que se pu­bli­có en to­dos los me­dios, don­de de­nun­cia­ba que era un tes­ti­go

tru­cho.

Lo en­via­ron a Bue­nos Ai­res jun­to con la es­cu­cha te­le­fó­ni­ca. Ahí, un pe­ri­to

com­pa­ró am­bas vo­ces y con­clu­yó –se­gún las fuen­tes in­ves­ti­ga­ti­vas– que "se tra­ta­ba

del mis­mo in­di­vi­duo".

No se lo es­pe­ra­ban

La úl­ti­ma ins­truc­ción del Ga­to man­dan­do a sus hom­bres a lu­ga­res pú­bli­cos don­de

hu­bie­ra cá­ma­ras de se­gu­ri­dad te­nían el fin de crear la coar­ta­da pa­ra no de­jar na­da al

azar.

Sin em­bar­go, a pe­sar de los cui­da­dos que to­ma­ba el lí­der de la ban­da, siem­pre

ma­ne­jan­do to­do en per­so­na, es­tá muy cla­ro que nun­ca tu­vie­ron la más mí­ni­ma sos­pe­cha

de que sus co­mu­ni­ca­cio­nes es­ta­ban in­ter­ve­ni­das ha­cía tiem­po.

Y es­to se de­du­ce por­que has­ta los uni­for­ma­dos a car­go de es­cu­char las

in­ter­ven­cio­nes te­le­fó­ni­cas que­da­ron asom­bra­dos: en años no ha­bían oí­do ha­blar a los

in­te­gran­tes de una ban­da con se­me­jan­te im­pu­ni­dad.

Ofrecía 50 mil pesos por el "Rengo"

Los pes­qui­sas de las es­cu­chas te­le­fó­ni­cas no só­lo se en­con­tra­ron con el do­ble

ho­mi­ci­dio del Ca­rri­zal. De he­cho, ya ve­nían de­tec­tan­do las cla­ras in­ten­cio­nes de la

ban­da del Ga­to de aten­tar con­tra los in­te­gran­tes de la fa­mi­lia de Da­niel Ren­go

Agui­le­ra y su en­tor­no.

Por ejem­plo, pu­die­ron sa­ber que a la ca­be­za del Ren­go le ha­bían pues­to pre­cio:

unos $50.000, su­ma le­ja­na de los $300.000 que el pro­pio Agui­le­ra le con­fió en una

en­tre­vis­ta a Dia­rio UNO y que lo ad­ju­di­có a los co­men­ta­rios que co­rrían en el ba­rrio La

Glo­ria, en Go­doy Cruz.

Agui­le­ra di­jo ade­más en esa en­tre­vis­ta: "En el ba­rrio se co­men­ta que es­tán

pa­gan­do por mi muer­te".

Ese da­to tam­bién sur­gía de vez en cuan­do en las es­cu­chas que se­guía con pa­cien­cia y

re­sul­ta­dos la Jus­ti­cia fe­de­ral.

Lo que nun­ca sur­gió cla­ra­men­te, y es una in­cóg­ni­ta pa­ra los in­ves­ti­ga­do­res,

fue por qué el Ga­to que­ría ma­tar al Ren­go o a sus fa­mi­lia­res y ami­gos.

Es más, en otro tra­mo de las in­ter­ven­cio­nes te­le­fó­ni­cas los de­tec­ti­ves die­ron

con una con­ver­sa­ción en­tre el je­fe (Ara­ya) y un in­te­gran­te de la ban­da cu­ya iden­ti­dad

no tras­cen­dió, en una mo­vi­da frus­tra­da con­tra los Agui­le­ra.

Es­ta ver­sión da cuen­ta de que el Ren­go Agui­le­ra, quien –co­mo di­jo a es­te dia­rio–

se de­di­ca a la com­pra­ven­ta de au­tos, te­nía al­gu­nos de sus ve­hí­cu­los en un lo­cal de la

ca­lle Ban­de­ra de los An­des, en Guay­ma­llén.

So­bre la mis­ma vía –al pa­re­cer, cer­ca– ha­bía un cen­tro asis­ten­cial de sa­lud en el

que pres­ta­ba ser­vi­cios la­bo­ra­les Ri­car­do Fe­rrey­ra.

En es­ta es­cu­cha, Ara­ya se en­te­ra de que Die­go Agui­le­ra, her­ma­no del Ren­go, es­tá

en esa con­ce­sio­na­ria de au­tos y ba­ja ins­truc­cio­nes de in­me­dia­to:

Ga­to Ara­ya: –Me en­te­ré de que ahí es­tá el Die­go (por el her­ma­no del Ren­go

Agui­le­ra), en la con­ce­sio­na­ria.

Ban­da: –¿Ah sí?

GA: –¡Sí, pues! ¡Que lo bus­quen aho­ra y lo va­yan a ma­tar!

B: –Pe­ro, je­fe, es que no te­ne­mos las he­rra­mien­tas (por las ar­mas) acá, las

de­ja­mos en la ca­sa.

La or­den fi­nal­men­te no se con­cre­tó, pe­ro si ha­bía du­das so­bre las in­ten­cio­nes

de la ban­da del Ga­to, és­tas se con­fir­ma­ron con el do­ble cri­men.

 Embed      
El Gato Araya, sindicado como líder de una banda narco de Mendoza.
El Gato Araya, sindicado como líder de una banda narco de Mendoza.
 Embed      
Buscado. Ricardo Ferreyra en noviembre, cuando denunció que un fiscal y policías lo obligaron a declarar en una causa.
Buscado. Ricardo Ferreyra en noviembre, cuando denunció que un fiscal y policías lo obligaron a declarar en una causa.
 Embed      
Policías en la escena del crimen de los albañiles en El Carrizal.
Policías en la escena del crimen de los albañiles en El Carrizal.