Asesino y violador de niños

Por UNO

RIVADAVIA– La búsqueda terminó después de una semana. A las 5 de la madrugada de ayer, personal de Investigaciones irrumpió en una de las casas de la manzana A del barrio Brandsen de Rivadavia y allí, durmiendo en un sofá del comedor, descubrió a Pedro Américo Pajita Fernández (60), el violador serial de niños y homicida que desconoció la obligación judicial de regresar al penal Almafuerte de una salida transitoria para seguir cumpliendo su ya reducida condena a 25 años de prisión.

Pajita reconoció inmediatamente a Walter Cabrera, el jefe de Investigaciones de la zona Este, y al mismo policía que hace 20 años lo relacionó con la violación de cuatro niños varones y el cruel asesinato de uno de ellos, ocurridos a principios de 1991.

El reo apenas se levantó, como si hubieran llegado visitas inesperadas. Sólo murmuró un par de frases inentendibles mientras levantaba las manos para que vieran que estaba desarmado y que no opondría ninguna resistencia. Su madre lloró nuevamente, como hace 20 años, después de haber tenido a su hijo refugiado en la casa durante una semana. El Pajita se levantó y se vistió despacio. Juntó un par de cosas y se dejó esposar. Después salió a la calle. Sus vecinos dormían. Nadie lo vio subir al móvil policial, que comenzó un lento regreso a la cárcel.

Tiene el pelo totalmente canoso, bien cortado. Si está nervioso no lo demuestra. Perece resignado. Apenas sus ojos opacos, con los que mira fijo, dejan sospechar que puede ser un psicópata. No se parece en nada a las imágenes capturadas en 1991, cuando fue apresado por primera vez, en donde se lo veía flaco, con el pelo negro y enrulado y llorando a gritos su falsa inocencia.

Tampoco se parece mucho a la foto difundida por el Ministerio de Seguridad, donde se lo ve atildado e impasible, mostrando el número de prontuario 50281.

Quizá haya sido por esto que los números telefónicos policiales no recibieron un solo llamado para indicar que lo habían visto y quedarse con la recompensa de $10.000. Quizá por esto el Pajita deambuló sin rumbo por Rivadavia y tal vez por Junín durante estos últimos 7 días sin que nadie lo haya relacionado con el brutal criminal que violó y asesinó a Daniel Romero Gavlovsky en enero de 1991 y también, con intervalo de pocos días, vejó a otros tres niños e intentó ultrajar a un cuarto.

La camioneta de Investigaciones se detuvo en la sede de la avenida Busquet, de La Colonia, y allí lo metieron en una celda. A las 10.30 lo cargaron nuevamente y lo llevaron a Mendoza.

En todo ese tiempo Fernández guardó silencio. Está acostumbrado. Seguirá callando en el penal Almafuerte, edificado especialmente para que paguen sus condenas judiciales los presos peligrosos como él, mientras, íntimamente, repasará su historia y sus esperanzas de ver la luz del día.

Los mitosA los criminales siempre se los recuerda grandes, con rostros que dejen ver su espíritu despiadado. Protagonizando fugas espectaculares y capturas cinematográficas. La historia de Fernández reúne todos estos mitos, pero pocos son ciertos.

En Junín todos aseguran que en octubre del '91 el violador fue capturado en San Juan gracias a que dos policías mendocinos se hicieron pasar por cosechadores de manzanas y se infiltraron en el grupo de obreros que integraba el delincuente. Pero la detención fue circunstancial.

Fernández se había refugiado en una casa abandonada y vivía de changas.

Una vecina se preocupó cuando el hombre se acercó a su casa a pedirle algo de comida y llamó a la policía sanjuanina, que llevó a Pajita a la comisaría para averiguar quién era. Fernández creyó que sabían de su pasado y confesó que aquí lo buscaban por violaciones.

También es un mito que a Fernández se lo haya juzgado y condenado por un doble homicidio en San Luis. Se dice que después de su detención se le adjudicaron los asesinatos de una embarazada y de la madre de ésta.

Resocialización, beneficios y el miedo en Junín El caso de Pedro Fernández reabrió el debate no sólo de lo que se refiere a los beneficios que se les otorgan a los presos –ya que están previstos en las Constituciones de provincias– sino también a la ilusoria función de resocialización que, según la Constitución nacional, deberían cumplir las cárceles.

En los períodos de detención permanentes los reclusos sólo son privados de su libertad, mientras que en la recuperación progresiva de esa libertad no hay controles ni asistencia para lograr la reinserción.

Estas falencias fueron notorias cuando la sorpresiva libertad de Fernández generó, esta semana, un temor generalizado en el Este, especialmente en Junín, donde el Pajita cometió sus crímenes más horrendos.

“No tengo miedo por mí, sino por mis hijos”, dijo Daniel Galante, una de sus víctimas, hoy adulto, que escapó milagrosamente de Fernández. Una frase muy similar fue repetida por Teresa de Gavlovsky, madre de Daniel Romero, que fue violado y asesinado por el ayer recapturado. “Me preocupan mis nietos y todos los chicos que juegan en la calle”, advirtió la mujer.