Lucio Ortiz
Enviado especial a Rusia
Me llegaban los mensajes de los distintos grupos de WhatsApp con palabras como "tengo una tristeza enorme". Eran de gente muy querida y cercana que utilizaba "el desconsuelo y la pena", para redondear lo que sentían. Otros mensajes eran de aliento para continuar, de sentimientos, de banderitas argentinas, de manitos con aplausos. Todos, pero todos, involucraban a este enviado especial, con el equipo nacional de fútbol de mi querida República Argentina.
Pero el equipo de Jorge Sampaoli fue durante muy pocos momentos de su paso por Rusia 2018 un combinado con una identidad futbolística. El DT los metió en la confusión de su cabeza, de sus pasos en el costado de la cancha, de sus indecisiones (o malas decisiones) para remarcar que el camino en este torneo no iba a ser tan largo. Casi imposible llegar así al séptimo y maravilloso juego de la final de la Copa.
Un periodista español de diario El Mundo, de la redacción de Barcelona, me advirtió lo que jugaban "los morochos de Francia". Y también lo dijo el colega Pablo desde Mendoza, sobre el desequilibrio del imparable Mbappé. Por eso cuesta digerir la derrota que, en un momento, pintaba para goleada francesa y fue por apenas un tanto.
Somos un país futbolero que vivimos con pasión y en los Mundiales se suman los que, durante 4 años le dieron poca bola, a los partidos locales.
Y así nos involucramos con la Selección, le damos un sentido de pertenencia que nos arrastra a decir "perdimos, fuimos eliminados...". Claro, el Mundial hace sentirnos parte y dejar de ser cada uno, para meternos en la piel de los jugadores, que pensaban llegar lo más lejos posible.
Un poquito, perdimos todos.
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