Fue un domingo raro el de la Superfinal que no fue. Amaneció con la suspensión en el aire y eso se respiró en todo Buenos Aires.
Llegar al Monumental, que el sábado nos había demorado dos horas y media, nos llevó tan sólo 30 minutos. No había movimiento que hiciera suponer que en pocas horas se iba a jugar uno de los partidos más importantes de la historia.
Las puertas se habían abierto poco después de las 13 y algunos miles de optimistas ya iban tomando su lugar, esperando que lo que se presumía fuera sólo un rumor.
Pero no, no lo fue. Y allí estábamos, siendo parte de esos rostros llenos de incertidumbre. También creímos, por un momento, en lo imposible.
El estadio se fue vaciando de a poco, fue perdiendo color y glamour; la fiesta no pudo ser.
La decepción, la tristeza, la bronca, la mezcla de sentimientos entre los hinchas que sólo esperaban ver un partido de fútbol con final feliz. Caminaban despacito, como deseando que alguien cambiara de opinión.
Adentro, la incertidumbre. Una palabra para justificar la labor, el largo viaje y el gusto amargo, el sabor a poco.
Salir y ver las calles vacías, como si fuera un día más. De nada valieron esas noches sin dormir, imaginando ese día perfecto que íbamos a recordar por el resto de nuestras vidas. Acá no pasó nada. Y el último, que apague la luz.




