"No sé para qué querés que estudie electricidad si voy a ser jugador de fútbol", le dijo Juan Pablo Montaña a su papá. El volante de Maipú cumplió el "sueño del pibe" y va

Amor a primera vista: una pelota que le cambió la vida

Por UNO

La historia de Juan Pablo podría no distar mucho de la de varios chicos que este domingo festejan su día: antes de cumplir el año recibió su primera pelota y, tal vez, ese pequeño regalo le marcó el destino.

Los Montaña son conocidos vecinos de Maipú. Allí los chicos tienen la posibilidad de disfrutar el Polideportivo Ribolsqui, el lugar dónde empezó a surgir la pasión. “Juan Pablo comenzó participando a los siete años en los torneos de fútbol infantil que organiza la Municipalidad, junto a miles de chicos de todos los distritos, equipos barriales, de uniones vecinales, grupos de amigos que se forman”, contó papá Gustavo, casi con nostalgia.

Como muchos (por no decir la mayoría) de los padres de hijos varones, Gustavo dio pie a lo que hoy se transformó en un sueño hecho realidad para el “Pelado”. “Él eligió esto, le gustó siempre. Y a los 17 años, me acuerdo bien, me dijo que no quería seguir estudiando porque quería ser jugador de fútbol”. Y así empezó la historia.

 

Juan Pablo, el inquieto

Los vecinos de la cuadra lo recuerdan como un chico inquieto, que le gustaba andar mucho en bicicleta. Alguna maestra, cuentan, se agarró la cabeza cuando se enteró que iba a formar parte de su clase. Sin embargo, Juampi nunca trajo problemas a la casa, incluso portó la bandera nacional y terminó el secundario “sin estudiar”, como aseguran sus padres.

En Maipú, lo consideran uno de los más “revoltosos”. “Soy de prenderme en todas las jodas; molestar al técnico, a los profes, entre nosotros, en esas me prendo en todas”, admitió el mediocampista del Botellero.    

“Al primer técnico que tuve en las concentraciones acá en el club, siempre a la noche era el primero que se iba a acostar y entrábamos en grupo, le apagábamos la luz y lo matábamos a piñas. Después salía a insultarnos, pero no importaba, era el minuto de desahogo que teníamos todos con él”, recordó con una pícara sonrisa. Aquel entrenador, era nada menos que Carlos Sperdutti.

Anécdotas hay de todos los colores: “Una vez fuimos a Tandil y se nos quedó el colectivo en medio de la ruta. Empezamos a caminar, teníamos que esperar como cinco horas. Encontramos un puesto para comer y cuando nos paramos justo iba el padre de uno de los chicos. Lo quiso llevar, pero él sólo le pidió la guitarra. Así que nos quedamos las cinco horas ahí en el puesto, tocando la guitarra, molestando, comiendo, tratando de pasar el tiempo”, contó Juampi con tanta alegría, que casi nos remontó hasta aquel recuerdo.

 

La charla que lo cambió todo

“Empecé jugando en la calle, con los chicos de la vuelta. Y después comenzamos a jugar en el Poli. Ahí me fue a ver el técnico de las Inferiores de Maipú y me dijo que me fuera a entrenar con ellos. Se me acababa el Poli. Pero el tema de verlo como algo más profesional llegó mucho después”, recordó Juan Pablo.

“Cuando sos chico siempre querés ser jugador de fútbol, al menos la mayoría de los hombres. Yo siempre dije que iba a jugar. Cuando nos quisimos acordar, me hicieron jugar con los más grandes y ahí te empieza a cambiar todo”.

Y a los 17 años, llegó el momento de hablar con papá y mamá. “No sé para qué querés que estudie electricidad si voy a ser jugador de fútbol”. “Recuerdo esa charla perfectamente”, contó Gustavo. “El problema no era que fuera jugador, pero le quedaba un año nada más para terminar por lo menos el secundario. Así que con su mamá le dijimos que lo terminara, y que después la casa lo ayudaba, lo bancaba, para que probara suerte en el fútbol, a ver si definitivamente era lo suyo”. Y así fue.

 

El sufrimiento de mamá

“No lo voy a ver a la cancha, me pongo mal. No podría ir a verlo, no aguantaría”, arrancó Mabel. “Ni siquiera si fuera un partido por el ascenso, porque me parece que si yo veo que está en una situación que le están por hacer mal, soy capaz de meterme a la cancha a defenderlo”, una situación bastante complicada para cualquier árbitro.

“Mi hijo siempre andaba atrás de una pelota, pero la verdad que nunca pensé que lo fuera a hacer de manera profesional. Siempre vi que le gustaba jugar, como todos los niños, pero no pensé que se iba a ir por ese lado”, aseguró la mamá de Juan Pablo.

“Él es mi orgullo. Espero que pueda cumplir el sueño que él tiene, el que siempre siguió. Yo mucho de fútbol no entiendo, pero bueno, es mi hijo y, para mí, es el mejor”, sonrío Mabel.

 

“Puedo llegar”

Juan Pablo es hincha de San Lorenzo, pero sus mayores ídolos los tuvo siempre cerca. “Desde los 13 años que empecé a jugar en Maipú, siempre los fui a ver y me acuerdo de Enzo (Imbesi), que ahora juega conmigo, de Pipí (Benítez), el Chapa (Zapata). También de Mariano Echeverría, que a veces entrenaba con nosotros y ahora está en Primera; Lucas Gamba, Martín Astudillo, he estado con muy buenos jugadores”.

“Me doy cuenta que puedo llegar por lo que he vivido estando acá. El primer año que estuve en el plantel estuve con Leandro Caballero, Emiliano Fernández, Martín Astudillo, varios chicos que después se fueron a jugar Nacional B, ahora están jugando en Primera. Yo creo que si estaban conmigo hace unos años y son más grandes que yo, yo siento que la posibilidad puede estar. Lucas (Gamba) es increíble, como que es el mayor ejemplo a lo que uno aspira, le hizo goles a River, a Boca, demostró por qué está ahí”.

“Yo creo que todo depende de mi esfuerzo. No hay nada que me lo impida”, aseguró convencido el volante que, con 23 años recién cumplidos, aspira a vestir la camiseta del Cuervo.

 

Sacar el niño que lleva adentro

Para mamá, Juan Pablo es “el mejor”; pero papá es un poco más crítico a la hora de evaluarlo. “Yo le veo dos características como jugador: lo he visto jugar con los amigos y lo he visto jugar profesionalmente. Y el chiquito es el que juega con los amigos. Es como que cuando él juega profesionalmente es excesivamente responsable, se lo he dicho, y creo que se tiene que rebelar adentro de la cancha, que es lo que hace cuando está con los amigos. Se rebela, se divierte, y me parece que profesionalmente todavía tiene que dar ese paso, darse cuenta de que él, si juega como juega con los amigos, lo va a hacer mucho mejor de lo que ya lo hace”, analizó Gustavo.

“Es difícil sacar el niño que tengo adentro”, respondió JP. “Porque si juego con mis amigos y la pierdo y vuelvo caminando, no pasa nada. Me van a insultar, pero no les voy a dar bola. En cambio acá, es difícil. Uno trata siempre de no equivocarse. Pero creo que con el correr de los partidos eso va a venir solo”.

 

Un niño con pelota, es un niño feliz

Gustavo lo ve como padre: “El hecho de estar ocupado practicando un deporte, de no tener tiempo libre para otras cosas; relacionarse con gente que está haciendo la misma actividad te aparta de algunos caminos y te acerca a otros más interesantes, más sanos”, aseguró convencido.

Y para Juan Pablo, ha sido un provechoso viaje. “Lo mejor que me ha dejado el fútbol en todos estos años son los amigos, las experiencias, los viajes, los consejos de todos, para todo, no para el fútbol nada más. Porque cuando pasás cuatro días seguidos con un mismo chico al lado no hablás solamente de fútbol, hablás de todo”.

El amor que siente Juampi por la pelota es tan grande que, a menos de una semana del nacimiento de su sobrino, Tiziano, le regaló una. “Y le pega con la zurda”, celebró orgulloso.

El Pelado sigue siendo ese niño enamorado de la redonda, de aquella que vio la primera vez y que después tomó tantas formas. Amor a primera vista, si se quiere, y del que nunca se podrá olvidar.

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Horacio Altamirano/UNO
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