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Análisis y opinión

"Y líbranos del mal", una novela del peruano Roncagliolo sobre el silencio cómplice y los extremismos

El escritor peruano Santiago Roncagliolo es considerado una voz mayor de la literatura lationamericana. Desde España habló con Radio Nihuil

Y líbranos del mal significó el retorno a la novela de Santiago Roncagliolo cinco años después de la publicación de La noche de los alfileres.

En ambos relatos el protagonismo está cargo de adolescentes que buscan acomodar su lugar en el mundo. Siempre recortados sobre el ambiente social y político, tan complejo y tan sangriento, a veces, de su Perú natal.

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En esta ocasión, la realidad se ve a través de los ojos de Jimmy, un muchacho que vive en Brooklyn, pero que viaja a Lima para indagar en las oscuras experiencias que oculta el pasado de su padre.

La ausencia del afecto paterno, de un destino, de una proyección en la vida, es de lo que se valen muchos grupos sectarios para recolectar y manipular a sus seguidores. La mecánica siempre es la misma, así sea por derecha, como en la Lima más aristocrática que describe Y líbranos del mal; o por izquierda, como bien ha mostrado el autor en sus investigaciones periodísticas sobre Sendero Luminoso.

Roncagliolo, una voz mayor de la literatura latinoamericana pese a su juventud, vive en España, pero está en permanente contacto con Perú. El siguiente diálogo, para el programa La Conversación de Radio Nihuil, transcurre desde la Costa Brava catalana, “frente a una playa muy bonita”.

Una charla abierta, que se disfrutó enormemente a partir de un disparador literario, para ir derivando a la cuestión política, las sectas, la grieta social, Castillo y Fujimori, la gastronomía, los relatos policiales, el pisco, el fútbol...

El fútbol, claro. No podía ser de otra manera, estando el Tigre Gareca al frente de la selección peruana y Luis Advíncula incorporado como nuevo refuerzo de Boca Juniors.

-La anterior charla que tuvimos en este programa fue en torno a La noche de los alfileres. Parecía más cercana en el tiempo. Es una novela de 2016.

-Es que se trataba de la última. He pasado cinco años sin publicar. Este es un regreso después de un buen tiempo.

-Menciono aquella intensa historia tuya porque se desarrolla en torno a un grupo de adolescentes en época escolar. Le encuentro mucha relación con Y líbranos del mal que apela, también, a un joven, esta vez en busca de su identidad familiar y de las raíces de la oscuridad que lo rodea.

-Sí. Yo no lo había pensado, pero están protagonizadas por adolescentes y muy teñidas de la relación entre ellos y sus padres. Están la figura del padre y el tratar de ser un adulto. Pasa cuando tienes un padre con una relación que puede ser ausente o extraña o enferma.

-¿Cómo es tu relación con Lima? Digo porque, Jimmy, el protagonista de tu nueva novela, vive en Brooklyn y se traslada a la ciudad de sus raíces. Sus sentimientos respecto de Lima son muy ambiguos.

-Jimmy nació en Estados Unidos. Nunca estuvo en Lima y nunca su padre le ha hablado del Perú. No ve peruanos. Entonces él va a ese país para saber quién era su padre.

-¿Y en tu situación?

-Mi relación con Lima es totalmente diferente porque yo voy constantemente, vivo una parte del año ahí; trabajo y tengo a mis amigos y a mi familia ahí. Aunque viva afuera, me mantengo muy presente en el Perú.

-¿Qué te une a Jimmy, en todo caso?

-Que compartimos la mirada del extranjero. La mirada de alguien que está en otro sitio y al que le chocan cosas que la gente de una sociedad da por sentadas. Y es alguien, también, que muchas veces detecta los tabús de los que una sociedad no quiere hablar y no habla.

-Son muy marcadas, en ese ámbito, las dos realidades sociales. Hay un sector de los chicos rubios, estudiados, que habitan en los barrios de las “buenas familias”, en contraste con en el otro Perú, donde están los cholos, el hacinamiento poblacional, la precariedad. Cuando, en el relato, le dicen “cholo” a alguien es para insultarlo.

-Claro. Esta es una novela que explora las zonas oscuras de la clase alta, la clase que vive en una especie de fortaleza. De hecho, los cholos casi no aparecen, porque viven en un mundo muy lejano de esa otra clase social. Son de otro color, de otro barrio, de otra formación y viven sintiendo que el resto del país para ellos es una amenaza, un peligro; es un lugar al que no terminan de pertenecer.

-¿Podríamos asemejar, de alguna manera, esta segmentación social a lo que ocurre en Chile?

-Puede ser. Lo que pasa es que Chile, al final, es un país muy pegado a la costa. Tiene Ande. Pero la dimensión del Ande en Perú es mucho mayor. Por lo tanto, el abismo entre la clase de la costa y el resto también es mucho mayor, no solo social y económicamente sino también cultural y étnicamente.

-Algo que refleja la política, ¿no?

-En las elecciones se ve cómo hay dos mitades de un país que no consiguen reconciliarse. Mi novela habla claramente de la costa, de la capital; de esta pequeña alta sociedad que no se siente parte del país que dirige, del que es la élite.

-Con este de telón de fondo se mueve Jimmy, que va a Lima a saldar una cuenta con el pasado.

-Él tiene que descubrir, sí, el pasado de una familia, de un país y de una sociedad que no conoce. Y lo descubre en su primer viaje. A la vez, Jimmy, que ha nacido en Brooklyn, que ha vivido siempre en Estados Unidos y que nunca se ha terminado de sentir parte de los Estados Unidos, se encuentra con una parte de su historia que le estaba velada.

-¿Y qué encuentra, en principio?

-Va a descubrir, no solo quién es su padre; va a descubrir quién es él mismo, porque la historia de su padre es su historia. Si no conoces la historia de tu padre no sabes quién eres tú.

-En Jimmy se condensa una historia individual, pero también grupal. Su padre, según se desvela, pertenece a una especie de secta. Un fenómeno tan esparcido a través del tiempo y de las geografías. ¿Te has preguntado por qué existe la propensión, en una gran cantidad de gente, a seguir a líderes carismáticos quienes, por otra parte, suele tener rasgos psicopáticos?

-No sé porqué hay tantos líderes psicopáticos, pero sí sé porqué tantos jóvenes están interesados en seguir sus órdenes. Y eso es un poco lo que pasa en la novela. Habla de un grupo ultraconservador que está inspirado en un caso real del Perú.

-¿Cómo se manifiesta ese grupo?

-Reclutan chicos que generalmente necesitan un padre. Adolescentes que llegan al momento de su adultez sin una figura paterna clara. Y el grupo les ofrece un padre. Les ofrece una familia. Y más aun: les ofrece una misión. Les ofrece ser parte de una élite casi militar que va a cambiar el mundo.

-Un tema que te preocupa desde hace tiempo.

-En ese sentido se trata de un grupo ultraconservador y católico, pero otros libros que he escrito antes hablan de Sendero Luminoso. Y era igual. Algunos serán de extrema derecha y otros de extrema izquierda, pero el mecanismo es el mismo: chicos jóvenes que necesitan un sentido y un padre lo encuentran en un grupo que corta sus vínculos con el resto del mundo y controla lo que ellos piensan.

-Así funcionaba, entre otras, la secta de Charles Manson.

-Sí, sólo que, con respetabilidad social en este caso, porque está involucrada en los colegios de su clase social, está metida en las familias de su clase social. Si los personajes denuncian lo que les está pasando dentro de la secta no solamente denuncian a sus atacantes; denuncian a todo su sistema, a toda su clase social. De esa manera, todo se vuelve mucho más difícil y el silencio se vuelve una ley dentro del grupo.

-Esta una clave central de tu relato.

-Para mí más que una novela sobre lo que ocurre dentro de la secta es una novela sobre el silencio, sobre las cosas que son muy duras y que no decimos; y como no las decimos, siguen ocurriendo.

-Hablando de sectas con respetabilidad social, ¿viste esa serie documental sobre una secta llamada The Vow?

-¿Es la referida al culto NXIVM?

-Exacto.

-Sí. El sistema es similar. En el caso de la novela, la secta real se inspiraba en la Falange española, en los textos de (José Antonio) Primo de Rivera, con un principio muy militar y muy fascista de la existencia. Entonces estos chicos que entran y se dejan seducir por ella quieren sentir que tienen una misión, que son mejores que los demás. Pero para llegar a la élite, tú tienes que pasar pruebas y demostrar tu compromiso.

-Ahí está la trampa.

-Ellos no saben que, con cada prueba, solo se están poniendo a los pies de los que los manipulan y abusan de ellos. Cada prueba es una humillación nueva, una nueva señal de servidumbre.

-En el caso de NXIVM, se trata de un grupo liderado por Keith Raniere que envolvía a personas de alto nivel social, llegando, incluso, a situaciones escabrosas de abuso sexual.

-Interesante. Esos son americanos, su religión es el éxito económico. En mi novela, su religión es Dios; es una secta católica. En el caso de Sendero Luminoso, su religión es la historia y la revolución. Los nombres cambian, pero los mecanismos son iguales en todos los casos.

-En tu novela por ahí aparecen mencionados el Opus Dei y Escrivá de Balaguer. ¿Tienen algo que ver con todo esto que estamos hablando?

-Bueno, la secta en la que está inspirada la novela, la de los sodálites (Sodalicio de Vida Cristiana), era como la competencia del Opus Dei. Era la religión ultraconservadora que peleaba por el mismo espacio: los chicos de clase alta, con dinero, con formación. Sus ideas eran parecidas, pero si tú le preguntabas a uno de ellos te decía que no. Se odiaban. No tenían ninguna relación.

-¿Qué diferencia percibís entre ambos grupos?

-Si hubiese sido el Opus Dei, precisamente habría sido menos secta, porque es más grande. Es necesario armonizar patrones de comportamiento, incluso entre muchos países. Una secta, para ser secta, tiene que ser más pequeña, porque así es más manejable. Y, bueno, sus víctimas son menos y sus posibilidades de comunicarse son menores.

-Todo esto está envuelto en las tensiones internas de la época, ¿no?

-Hubo un proceso del que formó parte un argentino, el que ahora es Papa. Es el relativo a la Iglesia más social de los años sesenta y setenta. En el caso del Perú estuvo representada por la teología de la liberación y por la idea de que Cristo se manifestaba en los pobres. Por lo tanto, para ser cristiano, había que trabajar por ellos.

-¿En qué derivó esto?

-Generó una reacción muy dura de los sectores más conservadores, que sintieron que el comunismo estaba metiéndose, incluso, en la Iglesia. Entonces, luchar contra él era una misión para salvar el mundo de la decadencia, de los bárbaros. Y cuando tu misión es así de fuerte, estás dispuesto a lo que sea.

-Hay una cita en tu libro, bastante irónica, que ayuda a desentrañar la complicada realidad política de tu país. Un cura, haciéndose el simpático, dice: “Los futbolistas y los políticos peruanos se parecen. Salen mucho en la tele, pero no hacen nada bien. Aunque a los futbolistas, al menos, no les pagamos el sueldo todos los demás”.

-(Ríe) ¿Sabes que tengo otra novela anterior que, de hecho, habla de la participación de Perú en la Operación Cóndor durante el Mundial de Argentina ’78? Me llamaba la atención cómo la historia del fútbol peruano tiene algo en común con la historia de la política peruana.

-¿Qué?

-Que cada vez pensamos que ahora sí va a ir bien (risas). Hemos pasado por todo: la izquierda, la derecha, la dictadura militar, la civil, la democracia, lo que sea y siempre nos entregamos pensando como pensamos en cada Mundial: “¡Esta vez sí todo va a funcionar bien!”. Y siempre volvemos al punto de partida.

-Nos suena conocido a nosotros también.

-Los políticos no lo dicen, pero sí los cronistas deportivos. Es una frase que debería funcionar también en la política: “Es hora de trabajar con las divisiones inferiores” (risas). ¡Empieza a criar a los chicos porque con esta gente no vamos a ninguna parte!

-Justamente, uno de tus personajes le hace una cargada expresa al equipo de Alianza Lima.

-Sí, pero al Alianza Lima no necesita que lo carguen. ¡Pobre! Ha tenido una vida dura.

-Una vida de privaciones, la del fútbol peruano…

-En el último Mundial, conversando con amigos argentinos, los veía deprimidísimos porque los habían echado en octavos de final. A nosotros nos habían echado en la primera fase ¡y estábamos encantados! Nos parecía lo mejor que habíamos hecho en décadas. Fuimos considerados la mejor hinchada porque nos parecía increíble simplemente el habernos ido sin que nos dieran una paliza.

-Una dosis de realismo, a fin de cuentas.

-Es verdad que nuestro nivel de demanda en el fútbol es menor que el de un argentino, pero nuestro nivel de urgencia en la política es mayor. Y eso hace, también, que las cosas se radicalicen. Ahora bien, por los argentinos con los que converso, tenemos algo en común, que es la polarización; la idea de que estás a favor o en contra y que es muy difícil para las dos mitades de un país asumir que van a tener que vivir juntas, les guste o no; que sería mejor hablarnos, entendernos y resolver las cosas.

-¿Por qué no lo hacemos?

-¡Porque es mucho más movilizador luchar contra el mal! ¡Contra el demonio! Entonces acabamos todos metidos en algo que parece más un partido de fútbol que un debate político.

-En Argentina hay grieta política, lo mismo que en España y otros lados, pero en el Perú sucede algo más insólito: el país está dividido, a fin de cuentas, en dos mitades iguales y las elecciones se vienen resolviendo apenas por un puñadito de votos.

-Es insólito, pero esta última elección ha sido un poco diferente. Normalmente la elección se decidía por muy poco porque el candidato antisistema se moderaba para ganar. Esta vez no se ha moderado nadie, ni él (Castillo) ni su opositora (Fujimori). Más bien extremaron sus posiciones. Entonces, un país que, pese a todos sus problemas, siempre llegaba a un punto medio, en este momento está profundamente dividido. Están unos a muerte contra otros.

-¿Con qué perspectivas?

-Como la promoción de la novela coincidió con la campaña política, siempre me preguntaban si esto va a ser la dictadura chavista o la dictadura fujimorista.

-¿Y? ¿Cuál ha sido tu respuesta?

-Yo lo que me temo es que, en realidad, van a ser las dos matándose entre ellas; destituyéndose, desde el Congreso al presidente, o viceversa; pero discutiendo de ellos, no de nosotros, no de los ciudadanos, no de los problemas reales a pie de calle.

-¿Qué te pareció la opción que planteó Vargas Llosa quien, dadas las circunstancias, dijo que prefería a Fujimori como un mal menor frente a Castillo?

-Yo discrepo, pero entiendo su posición. Él considera que los populismos modernos de derecha, como el de Donald Trump, por lo menos se van. En cambio, gente como Hugo Chávez, luego no se va. Es razonable.

-Otra curiosidad: ¿por qué, en estos últimos años, todos los presidentes del Perú terminan presos o a punto de caer presos? ¿Cuál es el problema de base?

-El problema ha sido siempre que se trata de un sistema donde no hay una institucionalidad, unos partidos que tengan que sobrevivir. Hay unos caudillos. Los ha habido durante 30 años. Señores que forman un partido que les convenga a ellos. Entonces, si hacía falta dinero para una campaña, se recibía, se lavaba y no se declaraba. Esto ha sido muy agotador para todos los peruanos.

-Todo esto se habrá complicado en este último tiempo, suponemos.

-Cuando vino la pandemia se destapó la falta de atención médica, de una cuenta bancaria para la gente, ¡de neveras!, pues había gente que no podía confinarse porque no tenía neveras, no podía comer, no podía conservar los alimentos. Y se generó ahora la idea de que los políticos se están forrando mientras la gente no tiene ni un médico.

-Eso ayuda a entender el enrarecimiento del clima político.

-Esto ha radicalizado la oposición contra el sistema. Es la que ha ganado la presidencia. Pero esta radicalización también ha fortalecido la opción contraria, es decir, la que afirma que este sistema, con sus todos defectos, es mejor que el salto al vacío.

-A fines del mes pasado, la revista Somos preguntaba: “¿Qué significa para ti ser peruano?”. Entre los encuestados estaba Susana Baca, una gloria de tu país que, alguna vez, estuvo aquí, con nosotros, en este estudio…

-Es una grande, Susana. Es amiga mía. La quiero muchísimo. Una negra maravillosa que ha llevado la música peruana a lugares donde nunca había estado antes. Los peruanos tenemos que agradecerle.

-En nuestro programa hablamos de música con ella, por supuesto, pero terminamos refiriéndonos a la comida peruana. En una visita de Vargas Llosa y su hijo Álvaro pasó lo mismo. ¡Cómo ha logrado tu país instalar la cocina como una marca a nivel mundial!

-Porque el Perú es un país muy diverso. Eso, empatado con un momento de la cocina global que necesita una gran diversidad. Estamos hablando de un país con muchísimos climas diferentes. Hay selva, hay montaña, hay costa, hay pescado, peces de río… productos que ni te puedes imaginar fuera del Perú.

-¿A nivel poblacional también?

-Hay muchas migraciones: africanos, italianos, españoles… Pero una clave de la cocina peruana, y que un argentino entiende, es que no tenemos vacas. Cuando tú tienes vacas, te las comes. No necesitas hacer mucho experimento, ninguna cosa rara. Una buena carne y ya está. Comes.

-¿Y cuándo no hay?

-Cuando no hay, porque faltan pastizales o es desierto o es selva o es montaña, te ves obligado a inventar. También es una característica de los pobres haber inventado cómo comer ahora. La mayor parte de los platos peruanos inmortalizan y consagran las desgracias nacionales. Son los platos de los que van mal.

-¿Por ejemplo?

-Hay uno que se llama causa. Es una pasta de papa que ahora está rellena de cangrejo y de otras cosas maravillosas. Pero, en su origen, el ejército de la independencia peruana, cuando peleaba contra los españoles, hacía papas porque era lo único que había; las rellenaba con lo que podía y les decía a sus soldados que hicieran el favor de comerse esa porquería por la causa patriótica (risas).

-¿Qué otro plato típico?

-El ceviche es el plato de los pescadores con el pescado que ya se iba a estropear. No tenían refrigerador, se iba a podrir y le metían limón y picante para poder comerlo. Y así siguiendo. Si tú estudias los platos, son un registro de todas las desigualdades, de todos los problemas y los desastres sociales.

-¿Y la cocina china?

-Llegó por una jugada política típica. Cuando se liberó a los esclavos negros en el siglo XIX, los hacendados dijeron: “Está bien. Somos muy progresistas. Liberen a esos negros. ¡Pero nos traen chinos!” (risas). Entonces, esclavizaron chinos, los llevaron y ellos introdujeron el wok, el jengibre, etcétera. Por lo tanto, es una cocina hecha de sociedades, de grupos enfrentados, tratando de matar el hambre como se pudiera; peleándose y matándose entre ellos. Una historia de la cocina peruana es la historia de una sociedad en constante conflicto.

-¿Y tu receta particular? ¿Cómo hacés vos el ceviche, Santiago?

-Mal (risas). Me atrevo muy poco con el ceviche.

-¿Pero te gusta cocinar?

-Me gusta mucho. Invito mucho a la gente a comer. Pero yo aprendí a cocinar estando ya en España. De cocina nuestra, hago lomo saltado, causas. Por otro lado, te digo que no me atrevo con el ceviche porque ¡no hay nada peor que invitar peruanos a comer! ¡Se creen franceses! Son realmente difíciles de convencer.

-¿Cómo te las arreglás, entonces?

-Es que, si tú les das algo peruano y no está perfecto, ¡te odian! Entonces, trato de hacer cosas diferentes y no meterme en ese problema. Ya tengo bastantes problemas en la vida.

-Justamente, en Y líbranos del mal hay muy poca comida peruana típica. Apenas, si mal no recuerdo, hay un ají de gallina nombrado medio al pasar…

-Tengo un par de novelas negras mías con el mismo personaje y ahí sale mucho más la comida. Creo que es por influencia de autores como Vázquez Montalbán o Camilleri, cuyos detectives comen muy bien.

-¿Cómo se comporta tu detective?

-Por alguna razón inconsciente, Félix Chacaltana Saldívar, protagonista de La pena máxima y Abril rojo, siempre está comiendo y describe los platos.

-No es lo que ocurre, justamente, en Y líbranos del mal.

-Es que, en este caso, estamos hablando de una clase social que preferiría estar viviendo en Miami. No es especialmente fanática de la peruanidad ni de la cultura peruana. Entonces, no se regodea mucho con la comida nacional.

-En cuanto a productos argentinos, apenas se menciona por allí alguna carne nuestra, pero, si se trata de vinos, la mamá de Jimmy se inclina por chardonnay de Chile.

-Es que hay mucho más vino chileno en el Perú que vino argentino.

-Están más cerca, claro.

-Sí, sí. Perú tiene poco vino propio. Algunos no están mal. Pero hay poca cultura de vino. Ni siquiera se ha bebido mucho pisco. Cuando yo iba a la universidad, era un aguardiente bastante despreciado. A partir de toda esta cosa gastronómica de la que estamos hablando y de la fascinación por nuestra cocina, se lo empezó a revalorizar. Y ahora todo el mundo te jura que bebió pisco siempre. Pero es un fenómeno muy reciente.

-Pero, más allá de eso, es otro de los duelos clásicos que libran con Chile. ¿Quién es el dueño del pisco? ¿Cuál pisco es mejor?

-Tú dices que hay un conflicto, ¡pero ninguno de nosotros cree que lo haya! (risas). Lo que tiene Chile es mucha uva. Su producción es mucho mayor que la nuestra. Sí creo que el pisco peruano es muy refinado, también porque ha sido hecho más artesanalmente y en menor cantidad. Por supuesto, hay, a su vez, piscos chilenos muy buenos.

-Ellos se hacen notar más, ¿no?

-Yo siempre he dicho, de una manera un poco antipática, quizás, que tú puedes pelearte todo lo que quieras por la herencia. Pero lo que siempre han hecho los chilenos es vender su pisco. En muchos países solo hay pisco chileno. Por eso yo siempre les digo a los peruanos que, si queremos que le cambien el nombre, lo que ocurrirá es que nadie sabrá que existe. Tampoco nos conviene. Lo de la pelea nacional es una pérdida de tiempo.

-¿Qué tienen que hacer, entonces, con su pisco?

-Venderlo. Que se conozca más. Y en eso están, ¿eh? Cada vez se encuentran más piscos peruanos.

-Has dado una clave. Con el vino pasa algo similar en materia de comercialización. Por tamaño, tenemos más volumen que Chile, pero en el mundo ellos se venden diez veces mejor que nosotros.

-Es así. De hecho, yo me acuerdo de haber probado, hace mucho tiempo, helado de suspiro de limeña en Santiago de Chile. ¡Y no había en Lima! (ríe). Esa gente es hábil.

-No quiero terminar la charla sin recordar que hay en casa otro libro tuyo, El amante uruguayo, por el que tengo un especial afecto.

-¡Ah, qué bueno! Ese es mi libro argentino. Fue la oportunidad de pasar un largo tiempo investigando entre Uruguay y Argentina. ¡Comí carne como nunca he vuelto a comer! Disfruté mucho de esa época argentina; una época maravillosa, la de los años treinta.

-Una época irrepetible…

-En ese momento, la Argentina es la capital cultural de la lengua española. ¡Y están todos! Están por ahí Borges y Gardel y García Lorca y Neruda. Realmente, transportarme a ese mundo, hacer esa investigación, es una de las experiencias más bonitas que he tenido.

-Finalmente, un colega, Oscar Pinco, nos dice que hay un mendocino dirigiendo uno de los grandes equipos del fútbol peruano y que un enólogo nuestro, Luis Gómez, maneja Viñas Queirolo, cerca de Lima.

-No me extraña que haya todos esos argentinos en Perú, porque los argentinos están por todas partes. Siempre lo digo: ¡tienen a la reina de Holanda, tienen al Papa, tienen a Messi! ¡No sé qué come esa gente! Donde caigas, hay un argentino. No me extrañaría que también tengan pisco peruano.

-El colmo es que el Tigre Gareca dirige la selección peruana.

-¡Claro! Y todos lo queremos un montón a Gareca. Él ha hecho milagros, porque hay limitaciones que ya no dependen de un entrenador. Ha hecho un gran trabajo y ha animado a la gente, a los jugadores, a pensar que es posible hacerlo aún mejor. Eso es lo que más nos faltaba.

-Y viceversa, porque uno de los clubes más populares de la Argentina, Boca Juniors, acaba de incorporar como refuerzo a un peruano, Luis Advíncula.

-Lo teníamos aquí, jugando en el Rayo Vallecano. Era bonito, porque ese equipo tiene una camiseta como la de Perú. Espero que le vaya muy bien en Boca y que ganen mucho con él porque, aparte de un gran jugador, tengo entendido de que es un gran tipo.