La salida de Maduro marca una ruptura de época para Venezuela y abre, por primera vez en años, una posibilidad concreta de reordenamiento. El futuro inmediato sigue siendo incierto, pero empieza a sentirse menos determinado por el miedo y más por la oportunidad: la de reconstruir autoridad, reglas y expectativas.
Lo que sostiene un optimismo razonable es que las condiciones estructurales para el cambio son las mejores en una generación. El chavismo fue una arquitectura de control que dependía de un centro articulador. Cuando ese centro se quiebra, el sistema no se “reforma”: tiende a fragmentarse en facciones. En esa fragmentación suele imponerse el pragmatismo de quienes buscan sobrevivir antes que la resistencia irracional, porque resistir sin líder y sin relato creíble se vuelve una apuesta suicida. Dos elementos vuelven plausible la esperanza.
La transición como orden. Una transición puede acelerarse si se vuelve predecible. Un marco reconocido —con reglas, garantías y un horizonte verificable— reduce el incentivo a la guerra y multiplica las deserciones. Si la oposición logra instalar autoridad civil básica, el país puede entrar en una dinámica virtuosa: cada institución que vuelve a operar (justicia, seguridad local, servicios, administración pública) devuelve la normalidad y le quita oxígeno a las redes mafiosas. No es épica: es gobernabilidad.
La reserva social de la diáspora. Venezuela posee una reserva de capacidad social oculta bajo el desgaste. La diáspora no es solo dolor: es capital humano, experiencia técnica, redes, ahorro y hábitos cívicos adquiridos fuera. Bastan señales mínimas de estabilidad jurídica para que esa diáspora empiece a operar como fuerza de reconstrucción acelerada. El retorno no será por nostalgia; será por seguridad, propiedad, oportunidades y un Estado que deje de ser enemigo.
El rol de Estados Unidos
El papel de Estados Unidos reescribe el guion. Donald Trump aclaró que su administración “va a dirigir” Venezuela hasta una transición “segura, apropiada y juiciosa”. En términos prácticos, esto implica que la oposición no entraría de inmediato a Miraflores, sino a una arquitectura interina donde Washington se reserva el timón. Ese interregno puede convertirse en una ventana de reconstrucción -o en una fuente de resentimiento- según el diseño político que adopte. Para que sea una ventana, deben cumplirse tres condiciones:
- Mandato transicional con rampa de salida. Se necesita un esquema explícito que haga visible el horizonte: un Consejo de Transición venezolano, plural y reconocible, que gestione lo civil (servicios, reconstrucción institucional, administración pública), mientras EE.UU. se concentra en seguridad estratégica y desmantelamiento de redes criminales. Sin rampa de salida, la narrativa del “protectorado” se vuelve inevitable y funcional a la propaganda residual del régimen.
- La oposición como constructora de gobernabilidad. El choque entre el reclamo opositor -con María Corina Machado como figura simbólica- y el escepticismo expresado por Trump anticipa una transición donde la oposición deberá ganar terreno con competencia técnica, coordinación y disciplina política. Su tarea inmediata no es “mandar”: es hacer gobernable el país y convertir legitimidad moral en capacidad institucional. Si priman las pugnas, Washington llenará el vacío con más administración directa, y la transición se volverá más larga y más costosa.
- Deserciones, no humillaciones. La transición más exitosa no es la más ruidosa, sino la que desactiva rápido a los operadores del régimen. Eso exige justicia firme para los máximos responsables, pero también incentivos verificables para la colaboración de mandos medios: entrega de información, desarme de colectivos, rendición de cuentas. La revancha suele ser una forma cara de prolongar el conflicto.
Con estas condiciones, el escenario optimista es plausible: una fase corta de control operativo, seguida por un traspaso gradual de funciones a un gobierno venezolano legítimo. El termómetro del éxito será la seguridad jurídica. El mensaje debe ser simple y creíble: "Aquí se respeta la propiedad; aquí se puede emprender; aquí el Estado no te destruye por existir". Si ese mensaje se vuelve verdadero, la economía puede sorprender.
El petróleo no salvará a Venezuela por sí solo, pero puede funcionar como palanca de estabilización fiscal y reconstrucción de infraestructura: un puente hacia una economía más diversa, siempre que exista transparencia y reglas.
El optimismo razonable no es sentimental. Venezuela puede salir adelante si la oposición se enfoca en crear reglas, si Estados Unidos entiende que ayudar es retirarse a tiempo, y si una sociedad agotada se permite volver a creer en la normalidad. La gran oportunidad no es ser dirigida temporalmente, sino salir del círculo miedo–botín–impunidad. El verdadero triunfo será sostener la libertad que se alcance.




