"Hola crack", me dice un empleado joven en un local donde se cobran facturas de servicios. "Cuidate, capo", señala al despedirme. Me divierte que chicos de 20 años me traten como uno de ellos cuando tengo 73. Yo, más clásico, les digo a todos "hermano".
Los que andan cerca de los 30, me suelen recibir con un "¿qué tal, campeón?". Hace unos días uno de ellos me lanzó al verme entrar: "¿qué hacés, monstruo?". Me alegró el día. Es parte de esa singular familiaridad que se genera cuando uno va a diario a hacer las compras.
En la verdulería el encargado me dice "qué hacés, papá". Y en una farmacia me suelen saludar con un "buenas, viejito". En otro negocio de ese mismo rubro el cajero me dice "hola periodista". Este muchacho está siempre escuchando música. "¿Con qué te estás dando? le pregunto y él me ilustra sobre trap o rock barrial. Los otros días hablamos sobre la banda "Dos minutos", aquella de "piñas van, piñas vienen, los muchachos se entretienen".
Dos hermanos que tenían un local de venta de milanesas (y que luego transfirieron el negocio) apenas se enteraron de que yo era periodista empezaron a hacerme comentarios sobre noticias y a pedirme datos sobre libros. Los extraño porque eran muy buena gente. El más grande solía preguntarme "¿qué estás leyendo, Manu?"
En la rotisería, un cocinero, cercano a los 40 pirulos, me dice "Don Manuel". Igual trato me dispensa la señora donde suelo comprar ropa interior. El de la vinería, al que conozco desde hace años, me recibe con un habitual "Manu, querido". Y en el súper una de las cajeras me llama por mi segundo nombre: "Osvaldo".
En cambio, en el local donde venden artículos de librería su dueño, más formal, me dice "¿cómo está señor?".
Otro momento único, el momento de pagar
Otro momento interesante para escuchar es cuando uno va a pagar. Si usted, por ejemplo, paga con cambio o no le genera al vendedor problemas o demoras con las tarjetas, recibe como premio un "¡impecable!".
Ya perdí la costumbre de pararme todos los días en el quiosco de diarios y revistas que está cerca de casa y que sigue subsistiendo como puede con uñas y dientes. Pero seguimos saludándonos con su dueño con la misma estima.
Hacer las compras diarias, que es una de las obligaciones que me ha tocado en el reparto de las tareas familiares después de jubilarme, no es moco de pavo, es pura logística, máxime cuando la memoria ya no es tan generosa y nos obliga a llevar el listado de lo que hace falta en la casa.
Para mi, que nunca he sido naturalmente muy sociable, me ha resultado muy buena esa familiaridad que se produce con la gente que atiende los comercios de proximidad. Puede parecer poco trascendente, sin embargo, ese rito cotidiano, simple de ir pasando por tu zona y saludar y que te saluden, produce un efecto que hace más llevaderas las cosas.
Cuando escribo estas columnas para el Diario UNO suelo irme con la computadora a un café cercano. Una de las chicas que atiende se me acercó un día y me dijo: "Perdone que le pregunte, pero lo vemos tan interesado en el trabajo que nos preguntábamos a qué se dedica". Ahora llego al lugar y no hace falta que haga el pedido. Y siempre el vaso de soda es grande.
Además del periodismo y de la literatura, he sido formateado por el cine. Me gustan esas películas donde se cuentan cosas cotidianas en las que aparentemente no pasa nada importante y sin embargo el director y el guionista terminan demostrando la vida potente que existe en los asuntos más comunes y corrientes.
A veces uno piensa: qué bueno que sepamos dónde está cada cosa en el súper o en el minimarket porque eso te permite comprar con rapidez, siempre -claro- que al llegar a la caja los que están adelante no estén pagando con Modo porque eso te ralentiza toda la operación. Fuera de chiste, lo que quiero es resaltar la necesidad que tenemos a veces de ser parte de un mundo más plácido, más ordenado, no tan enloquecido.




