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Recibirse de espectador en las matinés del cine Colón de Palmira

¿Vuelven los cines? Estamos por cumplir un año sin esas salas. El autor de esta columna cuenta cómo aprendió a ver y valorar películas desde un tradicional cine de Palmira

Cursé y me recibí de espectador en las matinés del cine Colón dePalmira. Después hice posgrados en los tres cines de San Martín: el Monumental, el Cervantes y el Mayo. Y varios magister en las grandes salas de la ciudad de Mendoza. He ido a cines en General Alvear, en Las Catitas, en Mar de Ajó, en Quilmes, en Bahía Blanca, en San Juan y en Viña del Mar, entre otros sitios de acá y del exterior.

En la tierra de Sarmiento me quedé sin ver el final de "Gerónimo, sangre de apache", con Chuck Connors, porque era en un cine al aire libre y se largó un temporal. En el cine catitero vi, por ejemplo, "La antesala del infierno", hoy un clásico de William Wyler, con Kirk Douglas.

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Cuando en el cine Colón de Palmira daban una de cowboys, había un gran momento que los pibes esperábamos ansiosos. Era aquel en el que todos zapateábamos sobre el piso de madera para festejar la llegada de los soldados que venían a rescatar a las víctimas de los indios (o algo así).

Una nube de polvo, como la que los caballos generaban en la pantalla, ascendía entonces desde el piso de la sala junto con los ¡ssshhh! del resto de los espectadores. A las corridas ingresaba el acomodador para alumbrarnos con la linterna y amenazarnos con la expulsión. La posibilidad de hacer un batifondo de ese tipo era una fiesta.

Stanley y Graciela

En Mar del Plata vi por primera vez "2001, odisea del espacio", de Stanley Kubrick" y ya nada volvió a ser lo mismo para mi como espectador. Tenía 17 años. Una bisagra similar había vivido antes en el Colón jarillero cuando me topé con Testigo de cargo, de Billy Wilder, y entendí que narrar una película podía ser una de las formas de la maestría. Y fue una película argentina, El jefe, de Fernando Ayala, con Alberto Mendoza y Graciela Borges, la que me hizo brotar tempranamente malos pensamientos cuando vi a la pareja protagónica besarse en la cubierta de un yate.

Al arrancar los ´60 me llevaron por primera vez a los cines del centro. Fuimos a ver Esto es Cinerama en el City de la galería Tonsa. Al Lavalle lo conocí con Lawrence de Arabia, de David Lean, y mi primera visita al Opera, hoy convertido sacrílegamente en una playa de estacionamiento, fue para ver El profesor chiflado con el genial Jerry Lewis.

Siguieron el Cóndor (con su inolvidable escenografía de balcones), el concheto América, el Roxy donde vi tantas buenas películas francesas, el Premier que en los intervalos descubría un pequeño jardín interior, el Avenida (que también era teatro, al igual que el Mendoza, hoy rescatado como tal) e incluso las salas de reestreno como el Luxor, de calle Las Heras, donde me sorprendió Zorba, el griego; y el Palace, que luego se llamó Cinema.

En los ´70, aquellos años en que muchos queríamos volvernos peronistas, algo que a mí nunca me salió, íbamos al cine Selectro religiosamente, como quien va a misa. Ahí daban mucho cine de autor. El ambiente era de bohemios, estudiantes, periodistas.

Memorex

Siempre me ha gustado ver de todo en cine. De piratas, de amor, westerns, de guerra, policiales, películas difíciles, dramas, comedias, cintas de bajo presupuesto. Lo importante siempre fue que estuviesen bien contadas y mantuvieran mi atención. Lo que más me cuesta ver es la ciencia ficción de estos últimos años, aunque admito que hay excepciones notables. Ocurre que yo estimo que no hay nada más fantástico que la cotidianidad.

Todo ese trajín me ha permitido tener bastante data de directores, de guionistas, de fotógrafos, de productores. Ahora, cuando veo películas clásicas en el cable, hago un ejercicio de memoria (que para otras cosas me falla bastante) y me es fácil recordar en qué cine vi por primera vez Taxi driver, de Martin Scorsese; o El Padrino, de Francis Ford Coppola; o Amarcord, de Fellini. Incluso se me da por recordar a quien encontré ese día en la sala.

Sé, por ejemplo, que a esa maravilla llamada Zelig, el falso documental de Woody Allen, la disfruté en el cine América y que en la misma fila de butacas estaba el locutor y publicista Yoyo Giúdice que hacía por entonces originales publicidades para The Sportman. Y que a Thelma y Louise las conocí en el Gran Rex y que detrás mío estaba un matrimonio de funcionarios peronistas: María Inés Abrille y Carlos Vollmer.

Milicia y celuloide

Cuando hice el servicio militar en la Marina, quiso el destino que dentro de la unidad a la que me mandaron, cerca de Puerto Belgrano, hubiese una muy buena sala de cine para la soldadesca, con funciones diferentes todas las noches. Y, para mi completa alegría, también un kiosco de diarios y revistas.

Corría el año 1973, había vuelto la democracia y la ebullición política de la calle se hacía sentir dentro del cuartel. En ese cine de la milicia vi películas irritantes para la corporación militar, como "Z", de Costa Gavras, sobre el asesinato de un líder izquierdista por parte de fuerzas de seguridad, y otras que la dictadura de Lanusse había tenido prohibidas.

Es probable que a esta altura de la columna usted se pregunte qué bicho me picó para salir con esta perorata de celuloide. Se debe a que pronto se va a cumplir un año de que nos cerraron los cines. En mi caso lo último que vi fue la coreana Parásitos. ¿Una premonición del virus? Y se debe asimismo a que ya se habla de una posible reapertura de esos verdaderos templos paganos.

Cierro con una anécdota casera: mi mujer me solía reprochar -con justicia- por haberla llevado a ver "Alien, el octavo pasajero" de Ridley Scott, hace 40 años, cuando estaba embarazada de nuestra primera hija, a la que casi parió en la sala por la impresión que le causó el bicharraco de la peli. Pero nada malo ocurrió: el final fue feliz, como la mayoría de las cosas que viví en el cine Colón.