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Profesor Luri (lección II): si usamos sólo 500 palabras, nuestro mundo se reduce a 500 palabras

Segunda parte del análisis de las reflexiones del profesor Luri, filósofo y pedagogo español

Con el huracán de la pandemia alcanzando su máxima fuerza, cual un Zonda callado, la educación presencial, en nuestro medio, va quedando más entre paréntesis que nunca.

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Se agotan las esperanzas de que los jóvenes de nuestro ámbito vuelvan a las aulas en lo que resta del año.

Situación que nos obliga a todos, autoridades, padres, ciudadanos comunes, a no bajar los brazos y a extremar nuestras habilidades para que el inconveniente momentáneo no se convierta en una derrota permanente.

El mundo sigue abriendo ventanas deslumbrantes hacia el futuro.

Durante estos días, por ejemplo, el magnate Elon Musk informó, a través de su proyecto Neuralink, el designio de que el cerebro humano se conecte a una computadora. “Esa noticia es un gran hito en la evolución tecnológica de la humanidad”, escribió el ingeniero y emprendedor catalán Pere Condom Vilá, en un artículo titulado “El futuro empezó en agosto”.

Una película, Anon, de 2018, con Clive Owen y Amanda Seyfried, abordaba esta temática anticipadamente.

Poco después, en un comentado trabajo del que participa el físico argentino Juan Martín Maldacena, del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, se plantea la posibilidad, rigurosamente científica, de viajar al futuro. Maldacena, que estudió en el Balseiro de la UNCuyo, es un firme candidato al premio Nobel.

Otra película, Interestelar, dirigida por Christopher Nolan, se teje en torno a este argumento.

Virginio Gallardo, socio director de la consultora Humannova, escribía, hace pocas horas, que la principal competencia del siglo XXI “es el aprendizaje continuo y las personas con una mentalidad de crecimiento ‘Growth Mindset’ que creen que sus cualidades pueden ser cambiadas y mejoradas tienen ventajas frente a las de mentalidad fija que no creen en el poder del esfuerzo”.

Las luces como estas se multiplican sin cesar en nuestro horizonte de navegación.

Entre ellas, las que enciende el filósofo y pedagogo español Gregorio Luri de que quien nos debíamos, en este espacio, un segundo capítulo.

Luri venía de advertirnos de que “estamos a las puertas de un drama educativo generacional” por el hecho de estar perdiendo el 30% de nuestra población escolar debido a las dificultades operativas que ha impuesto el coronavirus planetario.

Hay más advertencias.

Menos pensamiento crítico y más lengua

Luri reconoce estar “hasta las narices de eso que llaman el pensamiento crítico”, una postura muy en boga en estos tiempos. “En la práctica -argumenta- creemos que el pensamiento crítico es aquel que coincide con el nuestro”.

De manera más humilde, el filósofo se conformaría “con que todos nuestros alumnos salieran de la escuela sabiendo leer y escribir con corrección, y con un dominio de su propia lengua que no fuese el de un kit de subsistencia”.

La misma prevención podríamos tener en nuestro ámbito: “Hay un porcentaje muy alto de nuestros alumnos que están saliendo de sus escuelas como si fueran extranjeros en su propio idioma. Si mantenemos eso, ¡¿qué demonios estamos hablando de pensamiento crítico?!”.

Como corolario, Luri prefiere hablar de pensamiento riguroso en lugar de pensamiento crítico.

Matemáticas, las tres lenguas básicas y las 500 palabras

Si bien a Luri le parece una “petulancia bastante horrorosa” dar consejos fuera de su país, se permite, por afecto, y como excepción, referirse a nuestro país.

“Uno de los problemas fundamentales de la Argentina es lo que, según los estudios internacionales, podemos llamar la ansiedad matemática de los jóvenes”, indica. “Mientras en la Argentina exista esa convicción de que las matemáticas son una cosa arcana, difícil, lejana, remota y en la cual es un poco digno suspender, me parece que tenemos un problema con lo que yo denomino el capitalismo cognitivo”.

Es un asunto central de nuestra educación, como lo conocemos de sobra, repetidamente.

¿Cómo lo han abordado en algunos centros de España? Con un programa de aprendizaje de la lectoescritura en lo que Luri llama las tres lenguas básicas: la lengua natural, la musical y la matemática.

“Las matemáticas, como decía Galileo, es el lenguaje que utiliza la naturaleza para hablarnos. Si no dominamos ese lenguaje, no entendemos lo que nos está diciendo la naturaleza”, enseña.

Y avanza otro paso: “Pues bien, si queremos preparar a nuestros alumnos para el futuro, tomémonos en serio la educación musical, que es un fenomenal instrumento de educación de la atención”.

Finalmente, la lengua: “Tomémonos también en serio el lenguaje, porque es nuestra cultura en acto. No sabemos más que lo sabemos expresar. Si tenemos un vocabulario de 500 palabras nuestro mundo se reduce a 500 palabras”.

Por una cultura humanista: arte, ciencia y letras

En pos de una educación integral que, según entendemos nosotros, sirve a todos por igual en la sociedad, Luri se inspira en la cultura humanista de toda la vida.

Recuerda, en ese sentido, que “los grandes humanistas, salvo excepciones, no diferenciaban entre arte, ciencia y letras. Lo que sí diferenciaban era las llamadas letras ‘humaniorem’, o sea, las letras más humanas. ¿Cuáles eran? Las que no eran las letras divinas como las de la teología o de la Biblia. En las letras más humanas integraban la ciencia, la física, las matemáticas, el arte, la música, etcétera”.

He ahí el meollo de la cultura humanista.

Añade que el afán de los humanistas, con algunas célebres excepciones como la de Erasmo, era, sobre todo, desarrollar el oído, la atención.

“La capacidad de oír es la capacidad más revolucionaria que tiene el ser humano. La capacidad de oír transforma la realidad”, dice.

Muy bien. Pero a esa capacidad hay que educarla: “Y, sobre todo, no pensar que la espontaneidad del niño dejada a su aire da por sí grandes descubrimientos. Todos hemos visto caer manzanas de los árboles; son poquísimos los que, desde ese hecho, son capaces de derivar la teoría de la gravitación universal. Todos escuchamos canciones fáciles y no necesitamos gran cultura para hacer eso y para memorizarlas. Para entender bien una sinfonía de Shostakóvich necesitas tener educada la atención”.

Sencillo. Básico. Admirable en la voz de un gran profesor.

Una coda con Dan Brown

Cerramos, de manera complementaria, con otro ejemplo surgido en estos días.

El autor de best-sellers Dan Brown (Ángeles y Demonios, El Código Da Vinci, Inferno) viene de publicar La sinfonía de los Animales, un libro destinado al público infantil que incluye una banda sonora compuesta por él mismo.

Brown cuenta, en una columna periodística, que, de niño, creció sin televisión, escuchando música clásica. Tocaba el piano. Su madre tocaba el órgano en la iglesia. Su padre era tenor en un cuarteto armónico.

De esas experiencias juveniles extrae una conclusión: “A lo largo de mi vida, he aprendido que la música efectivamente es un lenguaje universal; los ritmos y las melodías nos llegan a todos y de manera bastante parecida, sin importar nacionalidades, géneros, culturas o incluso edades”.

Lo que, según las enseñanzas del profesor Gregorio Luri, define a una sensibilidad humanista.