Análisis y opinión

Plantar árboles en el páramo, la buena rebeldía de los mendocinos

Ser mendocino es saber que lo nuestro es una manera de rebelarnos contra la realidad. Es batallar contra el desierto, lo áspero, lo inculto, pero sin olvidar que el páramo nos ha dejado marca

Hay algo fantástico y sanamente afiebrado en eso de plantar árboles en el desierto. También lo hay en el empeño de domesticar las escasas aguas de la cordillera para llevar la gota milimétrica a cada especie verde y a la garganta humana.

Cosas como esas son las que nos han hecho "mendocinos". Presentimos que ese gentilicio mezcla con justeza lo sustantivo y lo adjetivo del carácter que portamos como pueblo.

Pareciera que ser mendocino es saber que lo nuestro es una manera de rebelarnos contra la realidad. Es batallar contra el desierto, lo áspero, lo inculto. Pero no es una guerra para exterminarlo, sino un debate que tenemos desde siempre con lo yermo. Diríase que es una contienda cotidiana que, sin plantearlo de manera explícita, divaga hacia lo dialéctico, como en una conversación de ideas opuestas.

Una acequia bella en el Parque General San Martín. Hoy las usamos sobre todo para riego, como en este caso en el parque General, pero las acequias surgieron con otros destinos.

El desierto que tratamos de modificar para poder vivir es el que ha formateado parte de nuestro carácter. Tenemos la férrea voluntad del arbusto y la laboriosidad de la suculenta o del cactus que saben guardar el agua.

Aprendemos a estar de pie como esos árboles que venimos criando desde hace siglos para guarecernos bajo su reparadora sombra verde. Poseemos otro rasgo copiado de ellos nos extendemos como sus ramas, buscando el equilibrio, pero también las brisas refrescantes que llegan de distintas direcciones.

La buena paciencia

El agua escasa nos obliga a ser conservadores al administrar lo insuficiente. Y los árboles -expansivos por naturaleza- nos dan la amplitud para considerar otras ideas. Hemos desarrollado una paciencia singular al esperar por varios meses las lluvias, o por años para que crezcan los árboles.

Reparemos en esto: tal es la fuerza que tiene la palabra árbol que en mecánica define al eje que transmite potencia para favorecer el movimiento. ¿No es hermoso el concepto "árbol de levas"? Y ya que estamos, qué me dice del sugestivo "cigüeñal".

Si, como dijo el poeta Ramponi, "el árbol es un pensamiento de la tierra", los mendocinos debemos seguir demostrando que somos devotos de esos pensamientos. Esto es, debemos seguir plantando árboles y favoreciendo ese culto en nuestras casas y en las escuelas. Preguntamos: ¿por qué en las campañas políticas los postulantes principales de los partidos de esta provincia casi no hablan de los árboles? ¿Son marcianos?

Si la Ciudad de Mendoza no tuviese esa bienvenida cantidad de árboles con la que cuenta y si no existiese ese invento genial de los mendocinos que es el parque San Martín, sería una ciudad triste, anónima, del montón. Lo que la hace distinta son sus árboles y, claro, sus acequias que han repartido el agua para que esa especie de bosque haya sido posible en el páramo.

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Los mendocinos debemos seguir plantando árboles y favoreciendo ese culto en nuestras casas y en las escuelas.

Los mendocinos debemos seguir plantando árboles y favoreciendo ese culto en nuestras casas y en las escuelas.

"Mujer árbol"

Tal vez pocos recuerden que en 2004 Wangara Maathai, política y ecologista de Kenia, ganó el Premio Nobel de la Paz. La nombraban como "la mujer árbol" y decía cosas como ésta: "Hasta que no caves un hoyo, plantes un árbol, lo riegues y lo hagas sobrevivir, no has hecho nada. Sólo has estado hablando".

La película Días perfectos, dirigida por el alemán Wim Wenders, pero ambientada en Japón, nos ha enseñado un fenómeno que los orientales llaman "komorebi", que es observar cómo la luz del sol se filtra por las hojas de los árboles, sobre todo a la mañana, lo cual produce un efecto de calma y de conexión para enfrentar la rutina diaria.

A pesar de haber armado grandes oasis en varias partes de esta provincia, guardamos parte de ese ADN que tienen las personas de los desiertos. Por ejemplo, ser pacientes y observadores, gente reservada, medida. Por no malgastar recursos, a veces hasta hablamos poco.

Wangara Maathai

"Hasta que no caves un hoyo,plantes un árbol, lo riegues y lo hagas sobrevivir, no has hecho nada. Sólo has estado hablando", dijo Wangara Maathai, política y ecologista de Kenia, ganadora del Premio Nobel de la Paz.

Alguna vez, con menos canas, escribí en una de estas columnas que "lo único verdaderamente revolucionario que se puede hacer en Mendoza es plantar árboles". Hoy sostengo la misma idea aunque cambiaría la palabra "revolucionario" por "importante" o "vital". Lo que hemos recibido es un mandato de subsistencia.

Hace unos años, frente a mi casa, un ventarrón tiró abajo un árbol que llevaba poco tiempo de plantado. Sentí -como pocas veces- la necesidad de actuar. Lo paramos, rearmamos el hoyo, reforzamos el tutor, lo cuidamos, lo regamos y lo vigilamos. Sobrevivió, creció y está firme, dando sombra. A veces lo miro siguiendo la enseñanza oriental de apreciar los efectos de la luz del sol colándose entre sus hojas. Y les aseguro que me hace bien.

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