Análisis y opinión

La única oposición a Milei es la clase media

La gente habló desde un lugar genuino. Parte de la política usurpó. Milei, que gana en otros terrenos, zozobró por segunda vez ante el tema universitario

Este miércoles terminó de ratificarse que la única fuerza política capaz de inquietar al presidente Javier Milei, en realidad no es política: es la clase media.

Por segunda vez en lo que va de la gestión, el único hecho que logró tocarle un nervio íntimo al Gobierno fue la marcha universitaria. Una decisión impulsada por afuera de los partidos políticos y desde adentro de la sociedad civil. Con votantes de Milei incluidos en la caravana y todo.

Es interesante este cuadro: el único espacio que puede hacerle sombra al poder no involucra a ningún dirigente. Son personas reales. A esa clase media, con distintas medidas -y queriendo o sin querer-, el oficialismo se la está poniendo de rival. El peligro que implica eso es que Milei arrasó en las urnas y, mal que mal, domina el Congreso, pero ya es el segundo cachetazo que recibe da la calle, a la cual evidentemente no maneja.

Señalamos esto porque es bueno que un hito político tan importante haya nacido desde la intención ciudadana y no fogoneado por mitines partidarios. Por eso casi no hay violencia en encuentros como el de este miércoles, por eso hubo un arco amplio, indiferente a los sellos, con propuestas más amplias y más genuinas.

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Pero hay que señalarlo también para que no haya confusiones. Como era de esperarse, miles políticos y sindicalistas quisieron prenderse al encuentro y apropiarse de algo que no les pertenece. No lo armaron ellos, no lo convocaron ellos y no fue masivo gracias a ellos. No era un acto de La Cámpora, ni del kirchnerismo ni de la CTA.

No está mal que asistan. Al contrario. Lo que molesta es que capturan la centralidad del evento. Empujan sus consignas partidarias y lo vuelven en torno a sí mismos. Y es injusto, porque a alguien le puede quedar la sensación de que la marcha fue una revalidación de esos cuadros políticos. A alguno le puede quedar la sensación de que la marcha fue un pedido porque vuelvan esos cuadros. Y no fue así. De hecho, una parte de los problemas que sí tienen las universidades nació al calor de los 20 años kirchneristas. Cómo la inacción durante décadas, mientras no se recibe ni la mitad de la gente que se inscribe en primer año. O que sólo pasa a segundo una leve porción de los que arrancan un preuniversitario.

En días como este, es bueno que las consignas y presencias desgastadas de los mismos de siempre sean secundarias. Que sean apenas un condimento de lo importante. ¿Qué es lo importante? Que la Argentina, con un motivo apartidario, pacíficamente, se unió por una causa que le parece justo defender. No ha pasado nada más trascendental que eso en los últimos tiempos.

Ahora volvamos a la clase media como ser político. Hay algo curioso: es el mismo fenómeno que lo puso en el poder a Milei, la misma masa harta de la tradición dirigencial, el mismo corpus, “laico” en términos políticos, que ahora se conjuga para reclamarle algo. No significa que los tenga para siempre en contra; y no significa que sí o sí se vayan a decantar por otra opción en las urnas. Son impredecibles y eso es parte de la honestidad que los movió por las calles.

Es sumamente bueno que se defienda la educación pública. Es sumamente bueno que se aleccione a un Gobierno que, ya casi como costumbre, ajusta ajusta con fuerza a algunos sectores y deja a otros hacer lo que quieran. Y es sumamente bueno, a pesar de que aparezcan algunos decrépitos apropiadores, que exista una fuerza política civil y transversal, independiente de los partidos, con ideas de centro y sin necesitar de punteros que los muevan. Todo eso es celebrable.

Ahora, ¿alcanza lo ocurrido para dar la discusión -necesaria- acerca de todo lo que qué está mal con las universidades? (Que son bastantes cosas) ¿Alcanza para encender y ejecutar el debate sobre todo lo que tendrían que sanear para darle al país lo que necesita de ellas?

No.

No alcanza y está bien que no lo haga. No es la función de la movilización ni es la función de la clase media en formato político. Su tarea en ese terreno es esta que vimos y estuvo bien ejecutada: es específica. Es esporádica. Invocable sólo ante causas de fuerza mayor. Defiende cuando percibe que algo importante está en peligro. Envía un mensaje al palacio.

La neutralidad política de ese mensaje es lo único que puede garantizar que sea escuchado. Aunque tal vez, ni eso lo logre.

La gente habló. Los políticos “de verdad” tendrán que alzar el mensaje, analizar sus culpas y debatir mejor. Ya no para dirimir por “plata sí” o “plata no” a las universidades. También para responder cómo hacerlas más justas, mejor administradas y mejor preparadas.

Lo malo es que algunos ya demostraron cuánto les cuesta la autocrítica.

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