Análisis y opinión

La obra pública es gasto, no inversión

El famoso “corte de cinta” que tanto les gusta a los políticos tiene costo de oportunidad algo que, por mala fe o desconocimiento se ignora

Existen en Teoría de los Juegos dos vertientes bien definidas: la más conocida y de alguna manera surgida de las escuelas neoclásicas en sus distintas vertientes, y que tienen a John Nash y su “famoso” equilibrio como estandarte, más su derivado originante que es el también famoso dilema del prisionero. Y la que quizás es menos conocida aunque sí es el verdadero origen de lo que hoy conocemos como Teoría de los Juegos, a partir de los escritos de Oskar Morgenstern y Von Neumann, el primero discípulo de Ludwig von Mises uno de los padres de la Escuela Austríaca de Economía.

Son dos vertientes debido a que, la primera habla de equilibrios en “juegos no cooperativos”, es decir, donde no existirá la posibilidad de un nuevo intercambio o una nueva interrelación entre las partes involucradas; mientras la segunda, habla de “juegos cooperativos”, es decir, donde la posibilidad de nuevos intercambios y/o interrelaciones existen, serán muchas, pero sin saber cuántas más.

En términos estadísticos, la iteración es infinita. Incluso esta última vertiente, fue luego reafirmada por economistas como James Buchanan y Ronald Coase, ambos premios Nobel de Economía, al igual que John Nash (a Nash lo recordarán algunos por la película “Una Mente Brillante” protagonizada por Russell Crowe).

La comprensión de esto, es clave a la hora de ver por qué, sabiendo que es un gasto y que, como todo gasto público, daña la economía, los políticos insisten en hacer obra pública (dejamos de lado la corrupción porque aunque la obra pública la hiciera la Madre Teresa, el resultado sería el mismo: ineficiencia).

michel de maotaigne
El filósofo Michel de Montaigne.

El filósofo Michel de Montaigne.

La economía no es un “juego de suma cero”

El problema de creer que la economía es un “juego de suma cero”, viene del conocido dogma Montaigne (del filósofo Michel de Montaigne). Mises lo resumió a este dogma señalando lo siguiente: “El provecho de unos es la pobreza de otros”. Lo cual implica un error, el cual, es creer que la ganancia o la pérdida son objetivas.

La Escuela Austríaca ha demostrado que el valor es algo subjetivo, ergo, no puede existir tal cosa como, la ganancia de uno es la pérdida de otro. Para que exista un intercambio, ambas partes subjetivamente creen que ganan, es decir, cada parte valora más lo que recibe que lo que entrega a cambio, de lo contrario no hay intercambio.

En términos estrictamente técnicos, la utilidad marginal de lo que se entrega, se valora menos que la utilidad marginal de lo que se recibe, para ambas partes.

En clases suelo poner el siguiente ejemplo.

Acaban de comprar un auto en U$S20.000, salen del concesionario, y a las tres cuadras, en otro concesionario, ven un cartel que dice que el mismo auto lo venden en U$S 18.000. La pregunta que les hago es: ¿Se equivocaron en la decisión? Claramente no. Suponiendo que las condiciones se mantienen y es el mismo auto, sólo hubo un problema de información, y la ciencia económica lo único que les puede decir es: “La próxima vez no te apures y camina más”.

Teniendo en cuenta esto, para los austríacos, toda acción humana y dentro de ello, toda interacción en el mercado (en la vida es igual obviamente), es siempre cooperativa, es decir, se trata de “juegos del tipo cooperativos”.

Esto implica que existirán muchas y nuevas interacciones entre las partes en el futuro. No sabemos cuándo y cuántas pero serán muchas más.

Esto provoca que, el equilibrio de Nash y el dilema del prisionero no se produzcan. Para comprender por qué no opera, veamos qué es el equilibrio de Nash y el dilema del prisionero.

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"El dilema del prisionero".

"El dilema del prisionero".

El dilema del prisionero es un equilibrio de Nash (y de políticos)

Surge en 1950 a partir de los matemáticos Merrill Flood y Melvin Drescher, al que luego le da el formato actual Albert Tucker. La idea central es la existencia de dos prisioneros que son colocados en habitaciones distintas, a quienes se les da la posibilidad de confesar el delito, a cambio de una recompensa para el que confiesa (sale libre); mientras que si ambos confiesan, tienen una pena menor.

El equilibrio de Nash señala que, si no hay posibilidad de un nuevo intercambio entre ambos prisioneros en el futuro, ninguno va a cooperar aunque salgan beneficiados ambos (menor pena). Ambos traicionan al otro con el fin de obtener el máximo de recompensa (la libertad).

La idea de este equilibrio y el dilema, abre la puerta a la intervención estatal, si se considera que la economía es un juego de suma cero. Los neoclásicos/keynesianos, consideran que Montaigne tenía razón y por lo tanto, la economía se mueve dentro del “dilema”, lo que da como resultado que en muchas ocasiones, no existirá cooperación/competencia. Por lo tanto el Estado debe intervenir (incluso con una acción directa: gasto público).

En terminología neoclásica, las acciones de los agentes económicos generan “externalidades” y la única manera de subsanarlas es que el Estado intervenga, y así, atenuar la externalidad por medio de una “compensación” determinada por el poder central del Estado y/o por la acción directa, como es realizar el gasto con recursos públicos (que como sabemos, provienen de impuestos, es decir, del sector privado).

Siempre que un mercado no es libre, opera el dilema y el equilibrio de Nash.

Recuerdo que una de las razones por las cuales adherí desde muy jóven a la Escuela Austríaca (alrededor de los 16 años cuando comencé a leer mucha economía, al recibir mi primer libro “Fundamentos de Análisis Económico” de quien fuera luego mi profesor, el doctor Alberto Benegas Lynch (h)), se debió a que me preguntaba por qué los osos panda están en extinción y las vacas no, a pesar de que las comemos.

La respuesta fue crucial: los osos panda son “propiedad pública” mientras que las vacas son propiedad privada.

En el preciso instante que se asignan derechos de propiedad, deja de existir tal cosa como extinción de algo, sobreproducción de algo, subproducción de algo, etcétera.

La Obra Pública es Gasto Público

Si seguimos el equilibrio de Nash y el dilema del prisionero, podemos deducir que los políticos se encuentran dentro de ellos, producto del sistema electoral vigente. En efecto.

Los incentivos para “cooperar”, esto es, para tomar decisiones que permitan que ambas partes ganen (políticos y ciudadanos) no existen. El político busca “maximizar su ganancia” personal en cada decisión que toma. En términos de Nash, no le importa traicionar mientras la recompensa sea la máxima posible (quedarse en el poder sea de manera directa o indirecta).

El propio sistema electoral lo guía a eso, dado los incentivos involucrados.

Si a esto sumamos el concepto de Costo de Oportunidad, también austríaco (descubierto por Böhm Bawerk), el cual señala que, todo flujo de fondos presente es más valorado que el mismo flujo obtenido en un futuro, el círculo de incentivos para aumentar el gasto público se hace exponencial.

La evidencia muestra que esto es así.

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La obra pública sólo beneficia a los políticos.

La obra pública sólo beneficia a los políticos.

Les suelo preguntar a los alumnos en clases: ¿Estarían dispuestos a pagar voluntariamente los impuestos, suponiendo un mercado libre electoral?

Las respuestas siempre son las mismas: NO.

Aquí se rompe el dilema del prisionero. Si tengo lo que se denomina “opción de salida” (out option), esto es, no pagar los impuestos para hacer un hospital público y financiar sus gastos, el dilema del prisionero y el equilibrio de Nash no opera tampoco para los políticos. Sólo operan porque estamos obligados a pagarlos.

La Teoría de los Juegos demuestra que la obra pública sólo beneficia a los políticos, y como los políticos obtienen beneficios producto de acciones no voluntarias (impuestos), a diferencia de un privado cuyos beneficios son producto de acciones voluntarias (clientes), esas acciones, en este caso obra pública, son ineficientes por definición (por eso al principio señalé que dejaba de lado la corrupción, ya que eso empaña el análisis central).

Toda acción humana llevada a cabo en un mercado libre es eficiente, entendiendo que opera en un equilibrio que es siempre dinámico (si se equivoca, quiebra en el futuro). La ganancia o la pérdida, hacen de guía para saber si lo que estoy haciendo con mi capital está bien o no.

Nada de eso sucede en el ámbito público. No existe ganancia/pérdida producto de acciones voluntarias, y tampoco el político arriesga capital.

Los “cortes de cinta” tienen costo de oportunidad, decía Henry Hazlitt en su libro La Economía en una Lección. Y siguiendo a Frederic Bastiat, además de la ineficiencia ya mostrada de la obra pública, dejemos constancia también de lo que “no se ve”: todo lo que el sector privado hubiera hecho con esos recursos.

Toda obra pública debe ser en el mejor de los casos, concesionada para ser realizada y explotada por privados.

Es la única forma de cambiar los incentivos, y que el político no tenga el “dilema de hacernos prisioneros".

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