Diario Uno Opinión Florentino Ameghino
Análisis y opinión

Irina Podgorny pasa en limpio la figura de Florentino Ameghino, el máximo científico nacional

La antropóloga, historiadora e investigadora Irina Podgorny es autora de "Florentino Amegino y sus hermanos", un trabajo minucioso e imperdible

Florentino Ameghino ostenta el título de científico número uno de toda la historia nacional. Por encima, incluso, de cualquiera de nuestros premios Nobel.

Así lo testimonia su biógrafa más reciente -y, tal vez, la más minuciosa-, Irina Podgorny. Fundamenta la notoriedad de Ameghino en la gran cantidad de publicaciones y loas que le han dedicado, en el 6 de agosto (fecha de su fallecimiento) declarado Día del Naturalista, en las continuas peregrinaciones escolares a su tumba.

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Un reconocimiento que lo elevó a “santo laico” del panteón criollo. Y en pugna, su figura, dentro de la arena pública, con la de Francisco Pascasio Moreno (popularmente conocido como Perito Moreno), en virtud de los alineamientos ideológicos que cada uno suscitaba y aún suscita.

Naturalista, paleontólogo, zoólogo, geólogo y antropólogo, Ameghino fundamentó su prestigio internacional en el estudio del origen y distribución de los mamíferos. Pero, además, fue parte de una corriente científica que apuntó a demostrar el comienzo mismo del género humano en nuestras pampas. Todo lo cual contribuyó a engrandecer el orgullo nacional, la idea de la predestinación argentina.

Irina Podgorny, antropóloga, historiadora, investigadora principal del Conicet, ha cultivado la pasión por Ameghino desde sus épocas escolares. Para elaborar su libro Florentino Ameghino y hermanos estudió cada tomo de la voluminosa obra del sabio nacional -muy mentada y poco leída, a decir verdad-. Sobre esta obra de reciente aparición dialogamos en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Irina, has hecho un esfuerzo enorme cotejando y leyendo la producción completa de Florentino Ameghino. ¿Cuántos son los volúmenes que reúnen sus escritos?

-La obra completa, editada por Alfredo Torcelli, que la empezó a publicar muy poquito después de la muerte, en la década de 1910, son más de veinte tomos porque incluye también la correspondencia científica de Florentino Ameghino con sus colegas, con su hermano.

-¿Qué características particulares tienen esos tomos?

-Ameghino escribió gran parte de su obra en francés y el editor, al publicarla, la tradujo. Entonces, son tomos bien voluminosos, pero algunos comprenden la edición bilingüe.

-Igual, fue todo un desafío abordarla.

-Es una obra muy gorda (ríe). Además, muy pocos la han leído, hay que reconocerlo. A eso le sumamos una biografía infinita sobre Ameghino.

-Entonces, ¿cómo encaraste tu trabajo?

-Uno de los desafíos de escribir una nueva biografía de Florentino es cómo despegarse de todo lo que se ha dicho en el siglo XX sobre el sabio nacional. Intenté recorrer otros caminos, otras fuentes, para ver si todavía era posible decir algo nuevo más allá de todo lo dicho y de todos los homenajes que tuvo en los últimos 110 años.

-Algo muy bueno de tu libro es que, además de contar la vida y obra de Ameghino, traza un excelente retrato de época; una época fundacional de la Argentina con Sarmiento, Roca, etcétera. Había un gran fermento en ese momento, en el país y en el mundo.

-Sí. Y una de las cosas que más me gustan es poner el foco en ciudades que no son solamente Buenos Aires o La Plata. Los primeros capítulos se ubican allí donde él vivía, en Luján y Mercedes.

-¿Cómo era Mercedes por aquel entonces?

-Mercedes, una ciudad relativamente nueva de la provincia de Buenos Aires, tenía varias escuelas y muchos periódicos, muchos periodistas y muchas publicaciones semanales o intermitentes. Allí se empieza a mostrar la obra de este joven que es preceptor y que se dedica a juntar fósiles.

-Esa abundancia de publicaciones es general en aquella época, ¿no?

-Es para destacar la cantidad de diarios que se publican en las ciudades del interior. Y surgen figuras locales, como es el caso de Florentino Ameghino que, allá por 1870, empieza a juntar huesos. Y esto ocurre también en otras provincias argentinas, no solamente en Buenos Aires.

-Fenómenos típicos de “tierra adentro”.

-Vale señalar esta sociabilidad de los pueblos del interior donde hay un coleccionista que se dedica a juntar antigüedades y a armar colecciones. Y algunos de ellos, como Ameghino, empiezan a leer y a estudiar para saber de qué se trata eso.

-La Argentina era uno de los países donde se editaba la mayor cantidad de periódicos en el mundo, ¿no?

-La cantidad de periódicos que se editan en las décadas de 1870 o 1890 es impresionante. En parte, son de poca duración porque están ligados a alguna facción política o a algún grupo. Son fundados, precisamente, para hacer campaña por tal o cual candidato. También intento demostrar cómo la biografía y la obra de Ameghino son fogoneadas e incentivadas desde la prensa.

-¿Desde qué lugar, puntualmente?

-Primero, desde Mercedes. Y, desde allí, salta a la prensa nacional donde se fomenta la polémica con otros personajes que están haciendo cosas similares como coleccionar huesos, estudiar la cuestión de la humanidad prehistórica en la zona del Río de la Plata.

-¿De qué manera incentivan la polémica?

-Se estimulan las chicanas entre ellos, la competencia, para ver si fulano le contesta a perengano. Lo hacen a la manera de armar, casi, una novela, un folletín, que se continúa en el número posterior y lleva a que la gente esté necesitada de comprar el diario para saber cómo sigue la pelea entre estos científicos.

-Un recurso archiconocido, hoy como ayer…

-El debate es científico, pero, también, mediático, aunque no me guste la palabra. Es decir, que no se está discutiendo el contenido científico; se está discutiendo cómo dos personas pueden volverse enemigos para tener que hablar de un fósil o de un hallazgo de la prehistoria local.

-Volviendo al comienzo de esta charla, nos preguntamos si, finalmente, todo termina en museos de Buenos Aires o en su entorno, aunque los huesos sean de todo el país. ¿Hay una discusión federal/unitaria ahí?

-No, para nada. Los huesos que se coleccionan en aquella época terminan en La Plata porque Ameghino vive ahí. En 1890 es un coleccionista que no tiene empleo estatal y guarda los materiales en su casa. Y casi por casualidad gran parte de las colecciones van a Buenos Aires, al museo de La Plata, al museo de la Universidad de Córdoba. También hay museos y coleccionistas privados en Salta, en Mendoza o en Entre Ríos.

-¿Y qué pasa cuando un coleccionista fallece?

-Los herederos no saben qué hacer con eso y lo regalan y lo entregan a las instituciones que siguen vigentes.

-¿Por qué? ¿Cómo es eso de la vigencia de las instituciones?

-Porque se crean distintos museos nacionales en distintos lugares del país, sobre todo en Córdoba; se crean asociaciones científicas, pero mantenerlos es muy difícil.

-¿Por qué?

-Porque en esta época, considerada la época de oro de la ciencia o donde la ciencia es uno de los pilares de la fundación del país, las cosas se fundan, pero también se olvidan rápidamente o son tragadas por las crisis económicas que van y vienen en la Argentina.

-¿Qué ocurre a partir de ahí?

-Por ejemplo, un gobernador fomenta un museo en su provincia. Luego, el gobernador deja su cargo y el museo deja de recibir dinero. Entonces las colecciones se pierden para siempre, algunas se incorporan a otras colecciones provinciales o nacionales, etcétera. Por lo tanto, más que una cuestión de federales y unitarios, lo que hay que ver es la cuestión de la fragilidad de la ciencia en el país.

-¿Y por qué la consideramos una edad de oro?

-Siempre hemos pensado que es un momento de oro y que todo funciona según un Estado central que está organizando la ciencia y la nación. Y lo que yo trato de mostrar es todo lo contrario.

-Pregunta típica de periodista: considerando toda la historia del país, hasta hoy, ¿qué científico nuestro encabezaría el cuadro de honor, tanto por su valía profesional como por su influencia social? ¿Es Florentino Ameghino el número uno o hay otro que lo desplace?

-Yo no soy periodista, entonces no sé cómo contestar esto (ríe).

-Por eso mismo, es importante la opinión desde el campo científico.

-Si vamos a contar el número de biografías que ha tenido un científico en el siglo XX, sin duda Florentino Ameghino se lleva el primer puesto. En mi libro tengo un apéndice con todas las publicaciones que se han hecho sobre él. Son páginas y páginas. Ameghino, además, era celebrado en las escuelas primarias y por el calendario escolar: el 6 de agosto, fecha de su fallecimiento, es el Día del Naturalista. Había peregrinaciones a su tumba de escolares de todas las provincias que iban a llevarle una flor. Es decir, era un santo laico, como todos los santos laicos que se introdujeron en la enseñanza argentina.

-¿Y a quién le ponemos enfrente?

-No hay ningún científico que se le pueda comparar desde el punto de vista de cómo se lo celebró: ni Leloir ni Milstein ni (Francisco Pascasio) Moreno; si bien Moreno es el otro gran celebrado del siglo XX argentino, un poco en oposición a Ameghino.

-¿Por qué en oposición?

-Ameghino es un gran admirado de los partidos de izquierda, mientras que Moreno es un héroe de la derecha. Pero son dos figuras muy consagradas. Todos los demás, los Houssay, los premios Nobel, son personas celebradas también, pero nada comparado con Ameghino, primero, y Moreno, después.

-Llama la atención la envergadura internacional que adquirió Ameghino tras la publicación de Filogenia. Se lo comparaba con Darwin en Inglaterra, Goethe en Alemania, Pasteur en Francia, Bell y Edison en Estados Unidos, etcétera. Los monstruos del planeta. ¿Era para tanto?

-Bueno, el que se compara es él mismo (risas). El que se cree que es un genio incomprendido es el propio Florentino Ameghino. Filogenia, vamos a ser sinceros, se leyó muy, muy poco. Es un libro que no tiene ninguna reseña en las revistas científicas internacionales de la época.

-¿Cómo ubicamos este libro, entonces?

-Filogenia (1884), lo que mismo que La antigüedad del hombre en el Plata (1880), son los dos libros que luego se van a publicar unas treinta veces, a lo largo del siglo XX, como dos de las obras más importantes de él. Pero esto no es verdad.

-¿Por qué?

-Lo que pasa es que son dos obras legibles, están escritas en un lenguaje que cualquiera puede entender, mientras que las otras obras que forman parte de los veinte tomos que mencionamos son muy específicas de la paleontología o de la geología del cenozoico, es decir, de los últimos períodos geológicos, tanto de la región pampeana como de la Patagonia. Son descripciones de fósiles, de molares, de algunos grupos extinguidos, muy difíciles de leer. Es chino básico para quien no conoce el lenguaje técnico de la especialidad. Pero, a su vez, esto, en realidad, es lo que cimenta su fama como paleontólogo y como autoridad internacional.

-En resumen, ¿qué perspectiva le asignamos a Ameghino en este punto?

-Hay que reconocer dos cosas. Ameghino es una autoridad internacional en el campo de la paleontología de mamíferos; pero esa autoridad está dada por una obra que el público que lo celebra casi no ha leído.

-Entonces, ¿el mérito científico de Ameghino es por su hipótesis de convivencia del ser humano con enormes mamíferos o tiene otros méritos?

-Esa convivencia de la humanidad prehistórica con enormes mamíferos extinguidos se llama, en la época, el problema de la antigüedad del hombre. Y su obra La antigüedad del hombre en el Plata trata sobre eso. Ameghino abandona la cuestión porque hay acuerdo y si bien algunos pueden no coincidir, ya no importa, pues, en realidad, es un hecho que va a terminar de ser comprobado en algún momento. ¿Cuál es el gran mérito de Ameghino, entonces? La clasificación de la Patagonia en estratos geológicos; una historia que se ve en sus capas; una secuencia geológica, estratigráfica y paleontológica; y la revelación de una fauna de mamíferos muy antigua y absolutamente desconocida.

-¿De qué mamíferos estamos hablando?

-Estos mamíferos, que son revelados en las ediciones del hermano de Ameghino, Carlos, en la década de 1890, no son grandes mamíferos. Todo lo contrario, son pequeñitos. Y es lo que le permite a él pensar que, a partir de estos animales de formas bastante primitivas, en el sentido de indiferenciados, se habrían originado todos los mamíferos que salieron desde el sur de nuestro país a poblar el mundo.

-¿Por qué esto?

-Porque Ameghino está trabajando con un científico alemán radicado en San Pablo, Hermann von Ihering, quien proponía la idea de que los antiguos continentes estaban conectados entre sí por lo que él llamaba “puentes continentales”. Ambos hacen un cuadro geológico de la Patagonia y creen que es más antiguo de lo que realmente es.

-¿Y en qué se traduce la idea?

-Esta antigüedad que proponen Ameghino y Von Ihering le permite decir a Florentino que los mamíferos que está encontrando Carlos en la Patagonia son los más antiguos de todo el mundo.

-¿Cómo hicieron para difundirse?

-Gracias a esos puentes continentales salieron de la Patagonia contemporánea. Cruzaron a África y de ahí siguieron al Viejo Mundo, para distribuirse por todo el planeta y regresar transformados, muchísimos años más tarde, ¡miles de años más tarde!, al continente americano.

-Aquí está, entonces, la base de su notoriedad.

-Claro. Las teorías que lo hacen famoso a Ameghino, como la idea del origen y distribución de los mamíferos, que es de la década de 1890 -hoy se sabe que no es así-, con los grandes debates.

-¿Cómo siguió la evolución de su pensamiento?

-Lo que él va a proponer en los inicios del siglo XX es la posibilidad del origen de todos los antepasados del género humano en especies de las que tiene restos en el Museo Nacional, que en ese momento dirige. Esos restos son hallados en el territorio de la provincia de Buenos Aires.

-Lo cual difiere de anteriores publicaciones suyas.

-Es una idea totalmente diferente a la de La antigüedad del hombre en el Plata que se refería a la convivencia de la humanidad prehistórica con mamíferos fósiles extinguidos, lo cual es relativamente reciente: diez mil años. Y otra cosa es el origen del hombre en territorio sudamericano.

-Da cierta risa tomar nota de los discursos rimbombantes que se multiplicaron al morir Ameghino. Ricardo Rojas, celebrando al antepasado de la humanidad en nuestro territorio, instala esto de la predestinación argentina. Desde esa época ya nos agrandamos, nos consideramos “condenados al éxito”.

-Sí, sí. En 1910 se celebra el Congreso Científico Americano y Ameghino presenta sus hallazgos recientes sobre las especies del Diprothomo y el Tetraprothomo. Estaba medio enfermo, acababa de morir su mujer. Entonces, Estanislao Zeballos le dice: “¡Usted tiene que recuperarse para pelear la gran batalla del Diprothomo!”. Y hay todo un discurso basado en los hombres prehistóricos que, en el Centenario, parecían salir de su ultratumba. O sea, es la exaltación de los antepasados argentinos de la humanidad. Por supuesto, Rojas, Lugones, leen la obra de Ameghino.

-¿Qué hacen?

-Un poco de discurso sobre un orgullo que está fundado en un conocimiento más que superficial de lo que Ameghino produce. Y, por otra parte, en estas cuestiones del origen sudamericano de la humanidad, ahí sí que lo dejan solo. No tiene apoyo de casi ninguno de sus socios, entre ellos Von Ihering.

-¿Y cuál es la conducta del propio Ameghino?

-Ameghino es bien argentino. Su postura es: yo merezco todo sólo por ser yo.

-En definitiva, los intelectuales de la época lo que hacían era sarasa nacionalista.

-No sé si sarasa. José Ingenieros, por ejemplo, que escribe Las doctrinas de Ameghino dedicado a los maestros de escuela, contaba que, estando en Europa, se sentaba a una mesita e izaba la banderita argentina mientras leía y descubría la obra del sabio nacional. En cuanto a Lugones, que escribe su Elogio de Ameghino, había sido, también, parte del Consejo de Educación y había promovido la distribución de colecciones de fósiles en las escuelas.

-O sea, que profesaban una verdadera consideración hacia el sabio.

-Estos personajes, sobre todo Lugones, están integrados a esa maquinaria del Consejo de Educación. El Elogio de Ameghino es maravilloso. Está muy bien escrito. Pero es una serie de dislates.

-¿Cómo cuáles?

-Él habla, por ejemplo, del megaterio, el gran mamífero fósil de la zona pampeana. En 1821, dos alemanes habían publicado una obra llamada Das Riesenfaultier, que significa El perezoso gigante. Y Lugones dice que Riesen y Faultier son los nombres de los autores. O sea, ¡que no saben de qué están hablando! Hay que tomarlo con cierto humor, por lo tanto.

-Y… no queda otra.

-Es que se está hablando sin saber de qué se habla. Y se está celebrando sin saber qué se celebra. A mí eso me molesta mucho; no de Lugones, porque su libro sobre Ameghino es una joya, por la prosa. Pero, al mismo tiempo, es la celebración de no me importa lo que estoy diciendo. En esa tensión se desarrolla y se define la cultura argentina en cuanto a la ciencia, Ameghino, la paleontología: una celebración basada en el desconocimiento.

-¿Sigue habiendo algo parecido?

-Hay bastantes continuidades con el presente, donde celebramos a fulanito, a fulanita, porque está en el exterior, porque lo invitaron a dar una conferencia, aunque diga lo que diga. Esto de festejar el triunfo y el desconocimiento no sé si es solamente argentino o tiene que ver con cierta admiración por lo desconocido y, sobre todo, con celebrar la falta de educación.

-¿Por qué?

-Porque si uno quiere celebrar a Ameghino, es mejor leerlo que decir “¡bravo, bravo!”. A mí me cansa cuando se festeja el orgullo de un argentino en tal lugar. ¡¿Qué orgullo?! Primero hay que saber qué está haciendo. A lo mejor es muy interesante. Pero, antes que el orgullo, a mí me gustaría que nos leyeran.

-Volvamos a la época histórica. Por aquel entonces una de las teorías en boga era el darwinismo. ¿Cómo se ubicaba Ameghino en esa corriente?

-Así como todo el mundo hoy habla de globalización sin saber muy bien qué significa, a fines del siglo XIX todos hablaban de evolucionismo sin saber. Ameghino es un darwinista furibundo, pero no usa casi nunca el mecanismo fundamental del evolucionismo darwinista, que es la selección natural. Nada en su obra lo indica.

-¿Cómo enfoca el asunto, entonces?

-Ameghino asume que hay evolución, pero como lo asumen casi todos los contemporáneos. Estamos a fines del siglo XIX. El origen de las especies es de 1859. En la Argentina, los diarios, los políticos, hablan de evolucionismo con una ligereza extraordinaria. O sea, no hay ninguna duda de que hay evolución.

-En materia de evolución, ¿se lo puede considerar a Ameghino como lamarckiano, también?

-Ameghino utilizaba las cosas a su manera. No da demasiadas explicaciones de porqué hay cambio en la evolución. Hay que leerlo con menos ojos de teórico, porque no lo es. En cuanto al origen y distribución de los mamíferos, que es su teoría, no tiene que ver con (Jean-Baptiste) Lamarck sino con lo que hoy llamaríamos la biogeografía de la evolución.

-¿Adónde apunta?

-A cómo pensar la distribución de los animales en provincias geográficas del pasado.

-¿Entonces?

-Yo lo que trato de evitar en mi libro es caer en la discusión de si es lamarckiano, darwinista o positivista, porque él está en otra discusión. Lo que me interesa es mostrar qué hacía Ameghino.

-Viendo el panorama que traza tu libro queda al descubierto la relación estrecha que ha habido históricamente entre los científicos, los investigadores y la política. Hoy esto se ha acentuado con la pandemia. ¿Cómo se ve, desde el campo de la ciencia?

-Hay que marcar un campo bastante importante, que es la autonomía que tiene hoy el campo científico, a diferencia de la época de Ameghino.

-¿Qué ocurría de distinto en aquella época?

-En aquella época y hasta las primeras décadas del siglo XX, las decisiones de quién ocupaba los cargos, como la dirección de un museo o la cátedra en una universidad, las dirimía, directamente, el ministro de Instrucción Pública de la Nación. Entonces, el lobby era importantísimo.

-¿Hoy cómo es? ¿En qué difiere?

-Hoy, en el Conicet, en la universidad, somos nosotros, entre los pares, quienes decidimos y nos evaluamos a nosotros mismo. No digo que no haya intervención, alguna vez, de alguien para que fulanito o sutanita entren. Pero normalmente eso no ocurre. Ese grado de autonomía es una gran diferencia que se consolidó en el siglo pasado.