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Elena Neira y The Social Dilemma: seamos menos perezosos en la búsqueda de información

Elena Neira es autora de reconocidos libros y profesora de Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación en España

No es una novedad. Globalizados ya estábamos, muchos antes de la pandemia.

Lo que hizo la irrupción del coronavirus, cual el Alien en el seno de la nave Nostromo, fue llevar los procesos críticos al extremo.

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Ahora estamos globalizados al extremo. Virtualizados, digitalizados, como nunca antes. Y a merced de un proceso tecnohumano que puede atenuarse, en algunos aspectos, pero que no tiene retorno.

La cuestión, a fin de cuentas, es cómo comportarnos dentro de la red de redes que nos envuelve, nos comunica, nos incomunica, nos lleva y nos usa: ¿cómo el insecto muerto en la telaraña, presto a ser devorado? ¿O como un organismo vivo, con cierta independencia para moverse a través de los hilos de la densa trama?

Hay, desde hace un tiempo prudencial, una profusa y creciente bibliografía que nos viene advirtiendo sobre los riesgos de permanecer indiferentes al fenómeno. Varios de esos títulos son muy buenos y recomendables. Y en estos días se percibió un campanazo aún mayor, imposible de ignorar, pues provino uno de los grandes jugadores del momento, un ganador de los tiempos de la cuarentena: Netflix.

La cadena de streaming emitió The Social Dilemma, un documental dirigido por Jeff Orlowski que alerta, severamente, sobre los riesgos que entrañan las redes sociales. Fundamentado en el testimonio de una serie de expertos que conocen, desde sus mismas entrañas, a Google, Facebook, Twitter,Youtube, etcétera, produjo una ola de aprehensión e inquietud entre millones de espectadores.

Una voz autorizada para ayudarnos a entender la película de Netflix pero, sobre todo, la situación actual del planeta en este asunto, es Elena Neira, autora de libros como Streaming Wars y La Otra Pantalla: Redes sociales, móviles y la nueva televisión. Es, también, profesora de Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universiatat Oberta de Catalunya, España.

¿Cuál es la clave, la filosofía de todas las plataformas que nos gestionan la vida, principalmente desde las cuarentenas obligatorias?: “Mantenernos enganchados el mayor tiempo posible”, nos enseña Neira.

Ahí está el nudo de la cosa.

Somos pájaros en una jaula de cristal

La realidad que dibuja The Social Dilemma (El dilema de las redes sociales) es, según Neira, “reveladora y terrorífica, al mismo tiempo”.

Un esquema, muy simple, si se quiere, que está frente a nuestras narices: el funcionamiento de las redes sociales y de toda la arquitectura de internet, incluyendo buscadores o plataformas de uso de música o de streaming, apunta, como dijimos, a mantenernos atrapados. “Tenemos muchísima facilidad para navegar por internet, para buscar información; es una red muy cómoda, pero, a cambio, estamos perdiendo nuestra libertad. Somos como pájaros en una jaula de cristal que no vemos”, advierte la profesora.

Pero, cabe preguntarnos, ¿somos el pájaro en la jaula? ¿O la mosca en la telaraña? En todo caso, ¿qué tipo de mosca?

No somos el cliente, somos el producto

Hay un momento del documental que a Neira le encanta: es el capítulo encabezado por una frase muy célebre que enseñan en las clases de marketing on line. “En las escuelas se dice que cuando una persona no está pagando por lo que usa, no es el cliente; es el producto. Y es exactamente eso lo que está pasando: nosotros somos un producto para las redes sociales”.

¿Qué significa ser el producto? Que las redes “viven de nuestra atención, viven del número de minutos, de horas que pasamos conectados y que estamos dentro de su ecosistema”.

Por lo tanto, nos ilustra la especialista, en la medida en que estemos dentro de su ecosistema, uno, sabrán mucho más de nosotros; y dos, podrán vendernos más cosas, podrán alinearnos con una determinada filosofía.

La democracia en peligro

De entre toda la producción bibliográfica que se viene produciendo sobre estos temas, nos menciona un libro, Mindf*ck (de Christopher Wylie), que habla del escándalo de Cambridge Analytica.

Entramos, aquí, en otro de los nudos más problemáticos del actual universo globalizado, el de las fake news. Neira apunta, justamente, que “las fake news, en gran medida, fueron las responsables del hueco electoral en los Estados Unidos en las pasadas elecciones. O, por ejemplo, fueron también la consecuencia directa de que saliera a favor el Brexit”.

De lo cual se deduce otro axioma fundamental: “Las redes sociales no son neutrales. Utilizan la información en beneficio propio”.

No se trata de una alerta ingenua: “Hay un peligro real para la democracia aquí. Quizá no resulta tan dramático como lo pinta el documental, que es, a lo mejor, excesivamente efectista. Pero sí existe el peligro de que están afianzándose en una ideología y en una visión de la realidad que no siempre responde a lo que está sucediendo”.

Dicho sea de paso, se perciben amenazas para la democracia por todos lados.

En el discurso de apertura de la Internacional Progresista, un tótem global como Noam Chomsky, inquieto porque las manecillas del famoso Reloj del Apocalipsis se van acelerando rumbo a la medianoche de la humanidad, o sea, hacia la extinción; inquieto, también, por una eventual reelección de Trump en las próximas elecciones, viene de subrayar tres factores de crisis: “las crecientes amenazas de la guerra nuclear y de catástrofe medioambiental, y el deterioro de la democracia”.

Valga la digresión.

Aviso para las familias

Un punto muy delicado de The Social Dilemma es el relativo a los adolescentes, cuyas tasas de depresión y hasta de suicidio se han incrementado por efecto de las redes sociales.

Podríamos hablar, aquí, de bioquímica cerebral. Pero también de un aspecto antropológico: “Nosotros queremos la aceptación, ser parte de un grupo, afianzarnos en la aceptación de los demás; con lo cual, todo este frenesí de notificaciones, de ‘me gusta’, de comentarios, lo que hace, por una parte, es incrementar una dosis de dopamina, que genera una sensación muy placentera y que nos afianza en la aceptación; pero, por otra parte, cuando no lo recibes, te provoca una auténtica tristeza y una melancolía real”, detalla Elena Neira en diálogo con el programa Primeras Voces de Radio Nihuil.

Parte del problema es que las redes sociales nos muestran, justamente, una realidad que no es “real”. Es una construcción.

La multitud de herramientas y filtros en uso dan “esa sensación de que tu vida es perfecta, maravillosa, cuando en realidad no lo es”.

Eso lleva a las personas a vivir una aguda dicotomía: “Mi vida real no es tan bonita como la de los demás que yo veo en las redes sociales; yo no tengo la piel tan perfecta ni tengo un cuerpo y una figura tan estilizados ni tengo una habitación tan bonita”.

Conclusión: terminamos habitando adentro de una burbuja. En la falsa apariencia de que nuestra vida es peor que la de los otros.

“Yo siempre le digo a la gente: piensa cuántas fotos te sacas hasta que decides cuál es la válida para subir a las redes y cuántos filtros le metes antes de publicarla. Y así funcionan las redes”, alecciona nuestra especialista.

Y apunta, como consejo, a la película de Netflix: “El documental aboga tanto por un control y como por una conversación con la familia, con los padres; y por seguir educando en valores, no dejar que la educación esté en las pantallas”.

Mensaje esencial: seamos más activos y menos perezosos

Según estamos viendo, las redes y las plataformas se presentan como monstruos inmanejables para nosotros, simples humanos, ciudadanos insignificantes.

¿Qué nos queda por hacer?

Nos enseña Neira que, “desde el momento en que nosotros damos de alta el servicio, firmamos unas condiciones de uso. Son las dos caras de una misa moneda”.

El sistema digital, por sí mismo, por su propia naturaleza, no puede funcionar sin algoritmos. Es tantísima la información que se está volcando minuto a minuto en internet, que si no hubiera un sistema mecanizado que le brinde soluciones personalizadas a cada usuario, nuestras cuentas colapsarían. “De repente, en tu feed de Instagram aparecerían cosas que a ti no te interesan en absoluto”.

En la solución también está la trampa: “Lo que hago es realizar una primera selección basándome en lo que a ti te gusta, en tu comportamiento. Entonces, cuando estadísticamente pasas más tiempo dentro de la plataforma, sé más sobre ti y, por lo tanto, puedo identificarte con un perfil publicitario de determinadas características. Es entonces cuando tú te conviertes en un elemento valioso”.

El problema añadido es que las redes tienden a utilizar esa información de una manera muy poco responsable. ¿Por qué? “Porque luego te bombardean con publicidad”.

La única manera de regular esto, según Neira, sería, probablemente, pagar por el servicio. “Entonces las condiciones serían diferentes pues como cliente sí que puedes establecer limitaciones al tipo de publicidad que te ofrecen”.

En resumidas cuentas, para no hundirnos en otro clima apocalíptico, la investigadora de la Universitat Oberta de Catalunya reconoce que, con las redes e internet, hemos creado una cosa muy interesante en términos de relacionarnos, en la búsqueda de datos, en la interacción global. “Yo, por ejemplo, he conocido virtualmente a gente extraordinaria, he tenido acceso a una información que de otra manera no hubiera tenido, pero tenemos que ser conscientes de que no son neutrales, de que no todo lo que vemos en las redes sociales es cierto”.

Por lo cual, el mensaje que deduce de ahí es inmejorable: “Si asumimos eso y somos más activos y menos perezosos en la búsqueda de la información y en contrastarla, creo que tenemos mucho de la batalla ganada”.