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Análisis y Opinión

El síndrome platita nos hace repetir el manual de la incompetencia

Ningún país se vuelve estable por incrementar alegremente el dinero en circulación sino por elevar la producción de bienes y servicios

La disidencia mayor de la semana volvió a ser entre la inflación y el control de precios. El Gobierno cree que el aumento de los precios se apaciguará con más controles y congelamientos. La realidad no se cansa de demostrar que eso nunca dio los resultados buscados.

Las cosas aumentan porque no hay confianza en la gestión económica y financiera del Gobierno. Y no hay confianza porque el Gobierno gasta más de lo que recauda. Gasta mal, de manera improductiva. Y porque fabrica "platita" para distribuir en época electoral, platita que no tiene ningún respaldo real.

Ningún país se vuelve estable por incrementar alegremente el dinero en circulación sino por elevar la producción de bienes y servicios. Y, por ende, la generación de empleo genuino. En la Argentina ese nivel productivo no sólo se ha estancado sino que en muchos rubros viene descendiendo desde hace dos décadas Y encima nos permitimos poner trabas a las exportaciones de granos y carnes creyendo que de esa manera bajarán los precios de esos productos en el mercado interno.

Ausencia de colchón

Si no hay respaldo financiero, si no hay reservas reales de dólares en el Banco Central, darle y darle a la maquinita es pura ilusión. Es una soberana mentira. No tiene que ver con ninguna idea sensata de sanidad económica. Imprimir billetes sin un colchón protector da como resultado natural la desconfianza y el aumento de precios. Y, claro, que se consolide y aumente la inflación.

Es cierto que el aumento de los precios es muchas veces desmedido, sobre todo en varios alimentos, ya que muchos de los valores actuales de esos productos están por encima de la inflación. ¿Pero no es acaso desmedido e irresponsable que desde el Gobierno se imprima plata a destajo para asordinar una bomba de tiempo que seguramente más temprano que tarde nos va a explotar en la cara?

La cantidad de papel moneda que necesita una nación está directamente vinculada a la riqueza que produce. Si el total de bienes y servicios que genera es, por ejemplo, de 100 pesos, pues entonces el dinero en circulación debe ser de 100 pesos. Si no se respeta medianamente esa ecuación, si no se la va monitoreando a diario para calibrarla, empiezan los problemas y cada vez es más difícil pararlos

Los "hijuna"

Los empresarios y los comerciantes no son santos ni demonios, son argentinos. Los hay "hijoputas" (como dicen los españoles) y los hay más responsables de la función social que cumplen. Lo que pasa es que en una economía desquiciada es el mismo Estado el que termina apañando los abusos o la avaricia improductiva.

La Argentina ya lleva más de medio siglo de insistir en el error. Seguimos repitiendo el manual de la incompetencia, continuamos con los rasgos antiempresa, no creemos en el mercado, y pese a la reiterada evidencia en contra, sostenemos que es el Estado quien debe manejar las riendas de la economía.

Y esa insistencia se da a pesar de que es sabido que una cosa es regular con habilidad y sapiencia el mercado, sin asfixiarlo, proponiendo desde el Estado líneas de acción (que es lo que hace un país moderno y con visión de futuro), y otra muy distinta es combatir ideológicamente al mercado.

Corazón y billetera

El mercado está en el ADN humano. Ha sido, históricamente, desde la más profunda antigüedad hasta hoy, uno de los fenómenos más interesantes, precisamente porque el mercado es un producto social que condensa los aspectos más constitutivos del ser humano, lo bueno y lo malo, el servicio y la codicia, el trabajo y la ambición, la inteligencia y la audacia, lo sociable y lo montaraz.

Si hay algo que la economía en general y el mercado en particular no aceptan son el voluntarismo ni la ingenuidad. Como las leyes de la física, que están ahí a la vista, en economía las cosas caen por su propio peso. No se pueden patear los problemas para más adelante. La inflación no se cura frizando los precios.

Cuando estaba a las puertas de la hiperinflación, el presidente Alfonsín quiso dejar la economía en manos de Juan Carlos Pugliese, un político honesto pero desactualizado y poco afecto a la acción y la audacia. No hizo más que profundizar el fracaso. Una frase de este hombre quedó para la historia. "Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo" Se refería al mercado. Una frase que se le puede aceptar a una señora de barrio pero no a un ministro de Economía porque demuestra un candor y una puerilidad imperdonables en política y en economía.

El gobierno de Alfonsín, que tantos logros dejó en lo ético (por ejemplo con el juicio a las juntas militares que se habían alzado contra la Constitución) y en la consolidación de la democracia, fue un rotundo fracaso en lo económico. Lo ha ratificado por estos días el sociólogo Juan Carlos Torre, quien fue asesor en ese gobierno, y que en su libro de memorias ("Diario de una temporada en el quinto piso") dice que "los cuatro primeros años de Alfonsín fueron a los ponchazos, llenos de improvisaciones que dejaron en claro que la mayoría (de los políticos) de ese gobierno no había estado preparada para gobernar".

Prepararse para gobernar es, entre otras cosas, haber aprendido el abecé de la ciencia económica.