Diario Uno Opinión Borges
Análisis y opinión

Día del lector: toparse con Borges y Camus es parecido a la felicidad

Borges es de esos pocos autores a los que los lectores vuelven una y otra vez, como si su obra fuera una fiesta renovada

A comienzos de los años ´70 cuando aún me faltaba para llegar a mis 20, intenté ser peronista. No pude. Fui, en cambio, periodista y lector. Ratifiqué también por entonces que leer era -y es- una de las formas de la felicidad.

Por esos años y pese a mi interés por desentrañar el peronismo, decidí que era el momento de meterme en el mundo de Borges. Hasta entonces sólo había leído entrevistas y perfiles del autor de El Aleph, pero no libros. Comencé a disfrutarlo casi de manera vergonzante porque sospechaba que peronismo y Borges eran antitéticos.

Seguir leyendo

He vuelto una y otra vez a las páginas de este hombre que hoy, 24 de agosto, cumpliría 122 años, y cuya fecha de nacimiento fue elegida para celebrar el Día del Lector en la Argentina. Ese retorno es siempre una fiesta renovada. Algunos de sus principales estudiosos coinciden en que Borges creó una nueva forma de ser lector.

Escribir así

Antes, a mis 13 años, había experimentado otra de esas contradicciones reveladoras. Me topé con El extranjero, de Albert Camus, y ya no fui el mismo. Lo leí con desesperación. A esa edad me faltaban información y contexto para comprender ese libro, pero me dije: quiero escribir así algún día. Oraciones cortas. Latigazos. Prosa contundente, desprovista de abalorios. Hasta ese momento creía que era católico. Nunca más.

Trascartón vinieron dos obras de Sábato: El túnel y Sobre héroes y tumbas. Leí el Informe sobre ciegos, (que forma parte de la segunda de esas novelas) en calidad de zombi, afiebrado. A los 15 ya estaba enfrascado en Todos los fuego el fuego, de Cortázar. Conocí a Sebreli a través de su Buenos Aires, vida cotidiana y alienación y a Eduardo Mallea por La bahía de silencio, autor que solía decir de sí mismo: "Escribo porque no sé hablar".

De forma paralela empecé a leer política. Me pasé tarde enteras de un verano leyendo bajo la parra de mi patio de Palmira La formación de la conciencia nacional, de Hernández Arregui. Buscaba entender el peronismo. Los libros doctrinarios de Perón y de Evita, que creí que me iban a encandilar, me provocaron el efecto contrario.

¿Llegó la Crisis?

Me hice fanático de la revista Crisis y de la mendocina Claves que dirigía Fabián Calle. Y, claro, del diario La Opinión, de Jacobo Timerman. Antes me había prendido de publicaciones como Confirmado, Primera Plana, Gente o Siete Días. Esa formaciónvariopinta combinaba lecturas de Karl Marx mientras en la tele sonaba Música en Libertad.

En realidad me había vuelto lector antes de saber leer y escribir. Nací en una familia de panaderos: abuelo, padre y tíos. A esa panadería el canillita traía todos los días el diario Los Andes y una revista diferente en cada jornada: El Gráfico, Patoruzú, Radiolandia, La Chacra, una de fotonovelas, otra de historietas. Ahí aprendí el ritual de tomar la leche leyendo y la no apreciada costumbre de proveerse de una revista para ir el baño.

Esos dos gigantes

Como si fuéramos pocos cayó del cielo el boom de los latinoamericanos. Cuando, borracho de asistir a tanto talento llegué a la última página de Cien años de Soledad, de García Márquez, sospeché que por un tiempo no iba a poder soportar ningún otro libro. En efecto, todo lo que comenzaba, lo dejaba; me parecía pobre, nimio.

Vargas Llosa me curó en salud rápidamente con La Ciudad y los perros. Me costaba procesar tal festín de desbordante escritura. Como pocas veces, cerraba ese libro al fin de cada capítulo y por largos ratos trataba de descifrar el mecanismo de relojería con que había sido redactado. Lo mismo sentí con Conversación en la Catedral y, de manera particular, con La guerra del fin del mundo, libro magistral del peruano del que aún recuerdo mi pesadumbre ante la posibilidad de que al personaje principal, corto de vista, se le rompieran los lentes en medio de tantos avatares.

Con Borges, y con los años, vino también la poesía. Accedí al misterio literario leyendo su Obra poética en un libro editado en España por Alianza en 1972. Un libro que todavía tengo, ajado y con páginas amarillentas. Cada vez que un suceso trastocó en algo mi existencia, para bien o para mal, mi impulso fue acudir a ese libro. Lo abría al azar en cualquier página y esos poemas actuaban como un bálsamo. Por ejemplo, el poema La lluvia me ayudó a superar la muerte de mi padre.

El ruso, el mendocino

En mi itinerario de lector, que con los años incluyó todo tipo de literatura, desde policiales hasta Krishnamurti, desde biografías a ensayos políticos o libros de humor, siempre volví a Borges como quien vuelve de visita a la casa materna para ver el laurel que crecía al fondo del patio o esa mancha de humedad en una habitación. En ese ir y venir, en el que siempre hubo lectura de diarios y revistas, me adentré tarde en clásicos, como Guerra y Paz, de Tolstoi, que son ideales para cierta tranquilidad que da la adultez.

De los mendocinos, sigo sorprendiéndome con la reveladora complejidad de Antonio Di Benedetto. He releído tres veces veces Zama y no puedo dejar de admirar esa forma de escribir como en círculos que nos produce un efecto de ensoñación. Ni hablar de sus maravillosos cuentos, en el que reluce Caballo en salitral, provistos de ese carácter tan singular del relato piedemontano.

No hace mucho tiempo que pague una deuda con otro mendocino, el poeta Jorge Enrique Ramponi, autor de Piedra Infinita, una obra celebrada por grandes autores, y de la que no puedo menos que rescatar una idea maravillosa: "El árbol es un pensamiento de la tierra".

Como lector, no soy haragán y le doy tiempo a un autor para que me convenza, pero llegado a un punto sigo un consejo de Borges: no leo por obligación. Me ha ocurrido que he abandonado un libro y al retomarlo tiempo después le he hallado un interés que antes no había descubierto.

Borges decía que algunos están orgullosos de las cosas que han escrito, pero que él en cambio lo estaba de las que había leído.

En su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires, de 1923, lo advierte de esta manera: "Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor".