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Abucheos en el Colón: algo más que un escandalete

Ante el caso "Theodora", la jerarquía católica argentina ha vuelto a ignorar que la creación artística está resguardada por ley de las actitudes inquisitoriales de las iglesias

A mis 15 años viajé por primera vez a Buenos Aires en el tren El Zonda, en segunda clase. Atesoro de manera particular la visión de las grandes canchas de fútbol y de haber ido al teatro a ver La Fiaca, una obra de Ricardo Talesnik, con Norman Briski. En ese entonces era un suceso de público.

A los pocos años vi en un teatro independiente de Mendoza, el TNT, que funcionaba en una especie de garaje de la calle San Juan (al que le luego le pusieron una bomba en la época de la Triple A), una versión "adaptada a la realidad mendocina" de La Fiaca. Fue una desilusión que me hizo tener cierta desconfianza de las adaptaciones que suelen desfigurar ideas originales con el objetivo de darle un tono local o un barniz modernizador, aunque admito que hay algunas excepciones muy buenas y que peor que modernizar textos es intentar censurarlos.

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La Fiaca es una obra que habla del berretín de un oficinista de la gran ciudad que, cansado de la rutina y de la falta de alicientes, planta bandera y se rebela contra la obligación de hacer un trabajo mecánico todos los días. Opta por no volver a trabajar y lo hace en nombre de esa "fiaca" del título mientras su mujer, su madre, sus amigos y sus jefes intentan rescatarlo de esa locura y convencerlo de que no se salga del sistema. Lo bueno de La Fiaca (original ) es que esa "revolución" está pasada por el tamiz del humor y plantea un tema interesante, la libertad, sin pecar de excesos de ideologismo.

Trasladada, en cambio, la acción a Maipú, Mendoza, y con el porteño oficinista devenido empleado de bodega, la versión mendocina de La Fiaca sonaba ridícula, falsa, poco creíble. Además había perdido el humor zumbón. Hacer fiaca contra la alienación era una locura típica de un tipo de una gran metrópoli, nada que ver con un laburante de bodega en el carril Ozamis.

La que se armó

Traje a colación este recuerdo por el escándalo que se armó tras el estreno en el teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires de Theodora, el oratorio de Häendel, de 1750, con letra de Thomas Morell, sobre el martirio de una cristiana en tiempos que es perseguida por los romanos, y que se enamora de un soldado invasor quien a su vez asume la fe cristiana por amor, lo que deriva en la muerte de ambos.

Esta versión de Theodora fue actualizada en la puesta del Colón que fue dirigida por Alejandro Tantanián. La mirada contemporánea la aportó la actriz Mercedes Morán que interpretó textos del conductor de radio y TV Franco Torchia (sí, aquel que hacía ese programa bizarro llamado Cupido), y de la teóloga feminista Marcella Althaus-Reid. Para muchos de los espectadores la puesta en escena terminó siendo un engendro que embarró, sin justificativo, la obra de Häendel.

Un sector del público reprobó, con silbidos y abucheos, lo que consideró un pastiche, lo cual puso a Mercedes Morán en una situación muy difícil cuando tuvo que salir a saludar al público junto al resto de los músicos, cantantes y actores en la enorme y hermosa sala del Colón. Las redes sociales fueron también escenario de discusiones y debates sobre si era necesario opacar una obra clásica del 1700 con agregados de actualidad.

Éramos pocos y ...

La frutilla del postre la aportó la Iglesia Católica argentina, a través de un comunicado de la Conferencia Episcopal, donde como si viviéramos hace 60 años, cuando había censores que prohibían óperas en el Colón (recordar el caso de Bomarzo, de Mujica Láinez, con música de Ginastera, en la época de Onganía) se permitió amonestar al Gobierno porteño, de quien depende el Colón, por "blasfemar la fe y la religiosidad" con esta puesta de Theodora, y exigió respuestas de las autoridades civiles como si se estuviera dirigiendo a una dependencia religiosa de su jurisdicción y no a un gobierno elegido por el pueblo.

Este derrape fue advertido con claridad por un grupo de intelectuales que le contestó a la cúpula de la Iglesia indicando, por ejemplo, que "si los obispos se hubieran limitado a dirigirse a su feligresía no tendríamos nada que objetar". Luego admitieron que toda manifestación artística es factible de ser criticada y aclararon que las diferencias estéticas y conceptuales que los propios firmantes pudieran tener sobre la versión de Theodora no los hacían vacilar a la hora de objetar la injerencia censora de la Conferencia Episcopal ni expresar una defensa de los artistas.

En otro de los puntos de la refutación los intelectuales clarifican que "si hechos semejantes se hubieran producido en un sitio religioso consagrado por alguna fe, como un templo, un cementerio, una escuela confesional, ellos mismos lo repudiarían. "Pero desde hace mucho tiempo las sociedades plurales y democráticas reconocen el derecho de los artistas a utilizar la blasfemia como parte de sus obras fuera de esos ámbitos. Hoy, objetar esa libertad, dirigiéndose a las autoridades civiles con fervor inquisitorial, es lisa y llanamente un acto de censura".

Lo "sano"

Otro de los puntos fuertes del documento que refuta a los obispos -y que fue firmado por ensayistas, músicos, investigadores, catedráticos, referentes sociales, periodistas, novelistas, entre otros- es aquel en que rechazan "enfáticamente la apelación que se hace a las autoridades para que velen por una sociedad sana, ya que conocemos por muchas y dolorosas experiencias cuál es el sentido y el costo de esa pretendida salud social", por lo cual proponen que "nuestras diferencias estéticas, intelectuales y políticas se tramiten en un escenario de libertad, en la que los fracasos y los riesgos contribuyan a conocer, a experimentar y a reflexionar sobre la vida en común".

Lo dicho: es preferible una Theodora mal intervenida. Es más sana la discusión que eso genera. Y hasta son bienvenidos los abucheos. Es peor tener que lidiar con los resabios inquisitoriales de un sector de la Iglesia que no termina de entender lo que es una sociedad republicana donde es ley la separación del Estado y de la Iglesia.

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