Por Marcela [email protected]
El viernes, el papa Francisco celebró una misa con más de 350 jesuitas –como él– por la próxima canonización del beato francés Pedro Fabro (1506-1546), compañero de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Y allí el Sumo Pontífice, que les ha faci-litado la tarea a miles de editores periodísticos en el mundo, lanzó una frase lista para la primera plana: no anunciar el Evangelio “con bastonazos inquisitorios”, sino “con dulzura, con fraternidad, con amor”.
Lo primero que me llamó la atención fue que hiciera referencia a la Inquisición, uno de los segmentos más sombríos de la historia de iglesia Católica, que se llevó la vida de millones de inocentes en “nombre de Dios”. Por lo tanto, no es un tema que los papas aborden habitualmente, pero el hecho de blanquear ese capítulo que muchos quisieron borrar demuestra que este Papa está dispuesto a aprender.
Pero Francisco aportó un dato más: se aprende el Evangelio con dulzura, con amor. Y en mi caso, que no tengo religión alguna, creo que lo que sabiamente dice Francisco puede aplicarse a todo tipo de a-prendizaje, desde la educación formal al modo en que nos convertimos en parte de una sociedad.
En lo educativo ya quedó atrás aquello de “que la letra con sangre entra” que sufrieron nuestros ma-yores. Ahora sabemos que el estímulo, el acompañamiento de padres y maestros, son la receta para que un niño aprenda más y mejor.
En lo cotidiano, qué agradable es escuchar “por favor”, “gracias”, pa-labras de dulce efecto que parecen haber caído en desuso. Y no me vengan con la excusa del estrés, la realidad que agobia, la bronca, los impuestos... La primera opción no puede ser siempre el insulto, la mala cara. Tratarnos bien es un ejercicio, una práctica, un entrenamiento.
Cuando llego a la radio es absolutamente energizante que mis compañeros me saluden con una sonrisa. Y miren que hay que tener buen humor antes de las 7 de la mañana... Y sin embargo, lo tienen, lo entrenan, lo ejercen.
Cuando voy al cine –uno de mis amores– y se apagan las luces, en esos segundos fugaces antes de que comience la película siento una impaciencia casi indescriptible, hasta física. Quiero que empiece ya esa sorpresa, esa historia de la que no sé nada, que me traerá vaya una a saber qué emociones.
Y conocer a una persona es lo mismo: nunca sé qué historia tiene, que protagonistas y antagonistas tiene el guión de su vida, qué efectos especiales, qué giros inesperados de la trama me hará conocer. Y para propiciar esta experiencia no hay mejor banda sonora que las pa-labras cálidas.
Hay películas que sorprenden en el final. Meses antes de morir mi papá, pasé una de las tardes más divertidas de mi vida con él. Lloré de la risa, en una especie de stand up que hizo sólo para mí. Esa tarde me enteré –no sé si de verdad o por su afán de “retocar” la realidad– que había sido actor en su juventud. “Un artista”, según sus palabras. Y eso que lo conocía de toda la vida...
Dulzura no es sensiblería ni cursilería. Es prepararse para ver, para descubrir la película de cada uno de los que conocemos o estamos conociendo, de la mejor manera.
Para mí, sin pochoclo, por favor.

