La tradición comenzó con Juan II en el año 533, cuando el cardenal Mercurio fue elegido como Sumo Pontifice de la Iglesia Católica y decidió cambiar su nombre de bautismo en homenaje a San Juan.
El nombre que opta cada Santo Padre es de suma importancia para determinar cuales serán las ideas que desarrollará durante su pontificado. Una tradición de más de mil años.
Bergoglio será Francisco I

Desde entonces, todos los cardenales que se convirtieron en Santo Padre optaron por continuar este precepto.