Vio todos los mundiales

119 años, dos pastillas y dominó por la tarde: la vida de José Flores en la zona azul de Nicoya

El costarricense busca superar la edad de Jiroemon Kimura para conseguir el récord del hombre con más años vividos en la historia

En Sardinal de Carrillo, a pocos minutos de la costa pacífica de Guanacaste, las tardes avanzan despacio. José Flores Flores se sienta a la mesa, acomoda las fichas y juega dominó. Toma apenas dos pastillas al día, duerme “sabroso”, como dicen en su casa, y responde sin vueltas cuando le preguntan por qué sigue vivo: “Dios es el secreto”.

Según el Registro Civil de Costa Rica, nació el 11 de julio de 1907 en Guanacaste. Si esa fecha se sostiene ante los organismos que validan supercentenarios, tiene 119 años. Sería, con holgura, el hombre más longevo de Costa Rica y un candidato serio a la marca masculina más alta de la que se tenga registro documentado.

Ese reconocimiento todavía no está cerrado. La Asociación Península de Nicoya Zona Azul trabaja para armar un expediente con partida de nacimiento, fe de bautismo y papeles de etapas posteriores de su vida. El objetivo inmediato no es solo el Libro Guinness: primero suele intervenir el Gerontology Research Group, el grupo de referencia que certifica edades extremas. Guinness, si llega, viene después.

Qué récord tendría que superar

El japonés Jiroemon Kimura sigue siendo el hombre con la edad validada más alta: murió en 2013, a los 116 años. Kimura nació en Kioto en 1897, trabajó en una oficina postal y ayudó a su hijo casi hasta los 90. Formó una familia enorme —siete hijos, 14 nietos, 25 bisnietos y 13 tataranietos— y llegó a explicar su longevidad con una frase simple: tal vez era “gracias al Sol que está encima mío”.

Esa marca es la que Flores desplazaría si su documentación se acepta. En la lista de personas vivas, el panorama es otro: la británica Ethel Caterham es la persona de mayor edad reconocida en la actualidad. Y en la marca general, sin distinción de género, sigue adelante la francesa Jeanne Calment, fallecida en 1997 a los 122 años.

Una vida de trabajo, fiesta y vuelta a casa

Flores no encaja en la postal de un anciano de vitrina. Fue agricultor. Trabajó en bananeras del sur del país y pasó casi un siglo lejos de Guanacaste. Recién en 2024 regresó a su tierra, a un caserío caluroso cerca de la Península de Nicoya, a una casa de madera y lámina en un predio ajeno, al cuidado de su familia.

Su nieta Hellen Flores resume la biografía sin maquillaje: “Tuvo su época de fiestero”. Boxeaba, fumaba cigarrillos, tomaba licor. Esa etapa quedó atrás. Ahora la rutina es serena. Pocas pastillas. Dominó por la tarde. Fe. Y una frase que deja a las nuevas generaciones, más de consejo que de discurso: “Que trabajen como yo”.

La pobreza no desapareció con los años. El hogar familiar se sostiene con poco. Aun así, quienes lo visitan describen lucidez, apetito y una fuerza que sorprende a los 119. Come lo que hay. Duerme. Recibe visitas. Y sigue siendo el centro de una familia extendida: tuvo varios hijos y una descendencia que ya incluye nietos, bisnietos y al menos una tataranieta, según el recuento que ha circulado en coberturas recientes.

Nicoya, la zona azul y la visita presidencial

El escenario no es casual. La Península de Nicoya está catalogada como zona azul: una de las regiones del mundo donde más gente llega a los 100 años con un nivel notable de actividad. Investigadores y organizaciones locales suelen repetir los mismos pilares: redes familiares fuertes, fe, movimiento físico durante décadas, comida sencilla y una vida con menos prisa.

Eso no convierte a cada vecino en un récord mundial. Convierte el caso de Flores en algo más que una rareza aislada: es un hombre muy viejo en un territorio que ya era famoso por envejecer distinto. La asociación que impulsa su expediente insiste en que hay consistencia documental a lo largo de su vida, no un solo papel suelto de 1907.

El Estado también apareció en la historia. En julio, la presidenta Laura Fernández lo visitó. Después de esa reunión ordenó construir una vivienda adaptada para que pueda moverse con su andador sin pelearse con el desnivel, el calor y la precariedad de la casa actual. Por el cumpleaños, la Liga Deportiva Alajuelense le mandó una camiseta oficial con el número 119 estampado. El gesto era simbólico, el trámite científico, no.

Japón, el país de Kimura, sigue siendo una potencia de esperanza de vida, con decenas de millones de habitantes mayores de 65 años. Costa Rica no compite en esa escala demográfica. Compite con un caso puntual, rural, pobre y extraordinario, plantado en una península que el turismo ya transformó y que, al mismo tiempo, todavía guarda una forma de vida campesina.

Lo que falta para que el récord sea récord

Un documento nacional no basta para el podio mundial. Los validadores cruzan actas, bautismos, censos, cédulas, registros laborales y cualquier papel que demuestre que la misma persona recorre el siglo sin saltos imposibles. Por eso la asociación habla de “papeles pendientes” y de un trabajo de meses, no de un anuncio de un día.

Si el expediente avanza, Flores no solo superaría a Kimura por más de dos años. También pondría a Costa Rica en una conversación que casi siempre se reserva a Japón, Francia o el Caribe de los grandes récords. Si no avanza, seguirá siendo el hombre más viejo del país según sus papeles locales: una historia igual de potente, solo que sin sello internacional.

Mientras tanto, en Sardinal, el candidato a la historia no está pensado en tablas ni en Guinness. Juega dominó. Toma sus dos pastillas. Mira al cielo con la misma naturalidad con la que Kimura decía mirar al sol. Y reduce la longevidad a dos ideas que caben en una frase: Dios y trabajo.