Mendoza Domingo, 30 de septiembre de 2018

Los hermanos Leonelli, asesinos seriales de Mendoza

Hace más de 100 años convirtieron la casa familiar en Urquiza y Salta de Ciudad en repetida escena del crimen.

No hay otro caso igual en Mendoza. En algunos hay condenados que han cometido más de un asesinato, pero no lo que pueda considerarse homicida en serie. Es el caso de los hermanos José María y Marcos Mauricio Leonelli, protagonistas de la macabra historia que marcó el final de 1916. La cantidad de asesinatos cometidos por ambos es todavía un mito.

Los Leonelli vivían en una casa ubicada en Urquiza 191, cerca del Área Fundacional. Fueron cinco hermanos, hijos de Teresa Paolantonio de Leonelli, una mujer que enviudó joven.

En esa dirección de la calle Urquiza, además de la casa familiar, los Leonelli tenían un almacén. Pero a poco de morir el padre, el boliche cayó en decadencia y fue cerrado.

En ese momento no fue llamativo, pero luego el plan comercial de los Leonelli pareció una ironía: los dos hermanos mayores, Marcos Mauricio y José María, pusieron una funeraria.

El negocio funcionó bien al comienzo. La gente siempre ha tenido la costumbre de morirse y en esos primeros años del siglo XX algunas pestes ayudaban a que el paso por esta vida, en general, fuera más breve y también más frágil.

Los Leonelli hicieron buen dinero en el inicio y eran respetados funebreros, pero algún manejo desprolijo de las finanzas los hizo endeudarse, hasta el punto de tener que comenzar a hipotecar algunas propiedades, como la de la calle Urquiza, y una finca que tenían en Guaymallén.

Para todos, los Leonelli eran una familia normal. Pero no era así y de pronto, de un momento para otro, se descubrió que los hermanos eran los asesinos más temibles de esos años y que quedarían en la historia criminal de Mendoza como los únicos asesinos seriales.

Un rato antes del mediodía del 20 de diciembre de 1916, vecinos cercanos a la esquina de Urquiza y Salta escucharon gritos espeluznantes. Parecían los de un hombre pidiendo auxilio desesperadamente. La casa de donde provenían los gritos era la casa de los Leonelli.

Dice una crónica de la época de la revista Caras y Caretas: "Los hermanos Marcos Mauricio y Alfredo Leonelli habían citado en esa casa al súbdito sirio Tufick Ladekani, con el objeto de cambiar moneda, profesión ejercida por éste; y llegada la hora de la cita, uno de ellos esperó a la víctima tras la puerta de calle, armado de un garrote revestido de anillos de hierro. Se supone que el primer golpe del asesino no fue tan certero como se proponía y que, entonces, Ladekani, viéndose amenazado, profirió los gritos que originaron el descubrimiento del drama".

Cuando la policía ingresó a la casa, el homicidio ya estaba consumado. El cadáver estaba tendido boca arriba en el piso del sótano de la vivienda. Tufick Ladekani había sido asesinado a golpes y, además, se había utilizado un alambre para estrangularlo. También encontraron los 7.850 pesos que Ladekani llevaba consigo y cuyo robo fue, en definitiva, el móvil del crimen.

Este descubrimiento y la detención de los hermanos Leonelli fueron solo los primeros trazos de un cuadro macabro.

La histórica revista argentina dice: "El descubrimiento de éste (el crimen del sirio) ha dado lugar a la revelación de otros, más sensacionales tal vez que aquél, por el increíble ensañamiento que revela en los victimarios".

En una revisión por toda la casa, que duró varios días, unas cuantas excavaciones y la conmoción general de toda la ciudad de Mendoza que olvidó que se acercaba la Navidad, se encontraron otros cadáveres o lo que quedaba de ellos.

En la caballeriza donde se guardaban los coches fúnebres y los matungos fue hallado el cadáver de Julián Azcona, un vasco cuya ausencia había sido denunciada hacía bastante. La víctima se dedicaba "a la venta de cigarros y cigarrillos en la carretera", dicen las crónicas del momento.

En tanto, en el sumidero de la casa encontraron el cadáver desmembrado y en descomposición de Juan M. Dávila, un acreedor hipotecario de los hermanos Leonelli.

Si bien no se encontró cadáver alguno, también se supuso que los hermanos habrían ejecutado al ciudadano español Alejo Samper, que era conocido de Julián Azcona y que desapareció el mismo día.

Las crónicas indican que durante un tiempo continuaron hallándose restos humanos en la casa de la calle Urquiza y en la finca de los Leonelli, en Guaymallén.

Si bien nunca pudo ser probado, se supone que la muerte de Francisco Petruolo y la desaparición de Tomás Guajardo fueron ejecutadas por los hermanos. Incluso se sostiene que fueron hallados restos de un niño en la casa de calle Urquiza.

El móvil de los homicidios fue siempre el mismo: evitar pagar las deudas o simplemente robarles a las víctimas.

Los homicidas fueron enjuiciados en 1918 por los homicidios de Dávila, Azcona y Ladekani.

José María fue condenado a veinticinco años de prisión y Marcos, a pena de muerte, pero el gobernador conmutó la pena y la cambió por prisión perpetua y en 1923 fueron trasladados a la cárcel de Ushuaia.

Veinte años más tarde José María recobró la libertad y Marcos falleció en el penal.