Desde abril, todos los martes a las 21, una veintena de jóvenes se reúne en el callejón Lemos de capital para practicar biodanza, una terapia que nació en la década del '60 de la mano del antropólogo y psicólogo Rolando Toro, que posteriormente se fue desperdigando por el mundo hasta llegar a Mendoza en los '90.
Este no es el único grupo y espacio que realiza la actividad en la provincia, pero sí el que abrió sus puertas para dar a conocer de cerca en qué consiste la experiencia por la que cada vez más personas se sienten atraídas, ya que les brinda la armonía y bienestar que buscan en una sociedad que tiende a deshumanizarse.
También conocida como la "danza de la vida", este sistema de autoconocimiento busca integrar la división entre el pensar, el hacer y el sentir a través del baile y la música. Según sus exponentes, con la práctica regular se logra disminuir el estrés, expandir la conciencia, desarrollar la creatividad y mejorar la comunicación y los vínculos.
Crónica en directo
Mariano Silva (22) y Kevin Lemos (21) son los encargados de guiar al grupo. Técnicamente ellos son los "facilitadores". Su tarea consiste en ir dando instrucciones para que cada persona pueda sacar lo mejor de sí y al mismo tiempo amalgamar las individualidades para que el conjunto crezca y sea una "matriz de cambio para el mundo".
"La biodanza es una herramienta que facilita la conexión con nosotros, con el entorno y con la totalidad, rescatando la esencia que nos une", explica Silva, mientras los miembros del encuentro van llegando y se quitan el calzado para ingresar a una habitación alfombrada y aromatizada con palo santo.
"Con esta terapia se puede rescatar el valor de lo simple, como lo es el encuentro humano, las pequeñas acciones que hacen a los grandes cambios y tomar en consideración lo más importante para vivir una vida más plena", describe Lemos sobre la disciplina que aprendió de su madre, Delma López, la directora del instituto en el que trabaja.
En el salón donde comienza la clase los participantes esperan en silencio, se estiran y relajan los músculos. Wanda Abner, Gabriel Elgueta, Melina Mora y Lara Giménez son algunos de los reunidos para la ocasión, pero en total son 25 todos los integrantes de esta "pequeña comunidad fraternal".
En el aire se respira paz y respeto. Están en ronda, sentados sobre almohadones. La luz es tenue y su intensidad irá variando según transiten los ejercicios propuestos en las dos horas que dura el encuentro.
Suena música estilo oriental y uno de los guías invita a iniciar la primer parte de la sesión que consta del uso de la palabra, el único momento en el los miembros podrán expresar por este medio lo que quieran compartir de su semana.
El Puma alza la mano, rompe el hielo y se anima a contar lo que siente. Al finalizar tomará la palabra Gabriela y así continuará la mayoría. Wanda dice que se siente a gusto en este lugar, describe que "es único en el mundo y por eso hay que cuidarlo, hay mucha agresividad y competencia afuera y lo que falta es amor". Guadalupe es nueva, vino porque su compañera de cuarto se lo recomendó. "Acabo de cortar con mi novio y en vez de quedarme llorando en casa preferí venir y acá estoy", desnuda sus sentimientos en la ronda.
Cuando el silencia vuelve a ser protagonista, Kevin pronuncia una reflexión y después convoca al grupo a pararse y tomarse de las manos. En los parlantes suena música alegre y todos bailan en ronda. Las risas se suceden y los jóvenes se buscan y esquivan con las miradas.
Se rozan, se chocan, se divierten y en pocos minutos pierden la timidez y se sueltan. Vuelven a ser niños sin pensarlo y liberan lo mejor de cada uno. Hay hombres y mujeres. Todos provienen de lugares y estilos de vida muy distintos entre sí, pero los une el deseo de encontrar armonía y conexión.
Los moderadores proponen interactuar en parejas que se arman y desarman, que se mezclan. Los minutos pasan, la luz cambia, la música varía y se afianza la intimidad. Mariano compara al grupo con una tribu y junto con su compañero guía proponen nuevos ejercicios para "meditar en movimiento".
El trabajo físico es practicado sin esfuerzo. Los cuerpos transpiran y con cada movimiento van dejando atrás tensiones. Hay abrazos y juegos compartidos, intentos por conectar el cuerpo con el ritmo y distintos impasses. Gradualmente la música se apaga y los participantes vuelven al reposo absoluto. La sesión concluye y, más relajados y tranquilos, los jóvenes se despiden hasta la siguiente semana.
Nació en Chile. El antropólogo y psicólogo chileno Rolando Toro comenzó a elaborar esta terapia en el trabajo con pacientes psiquiátricos durante la década del '60 y trabajó a partir de experiencias durante 25 años.
Se expandió al mundo. Las conclusiones e investigaciones fueron sistematizadas e impartidas a profesores que con su formación transmiten este método y conocimiento en todo el mundo.
