San Martín. El 20 de diciembre este departamento cumplirá 200 años y la historia aquí está marcada por la vida de su vecino más ilustre. En Mendoza, más que en cualquier parte, el Libertador es mucho más que un héroe de guerra y el Padre de la Patria. También es un hombre que puede reconocerse en lugares y en costumbres. En San Martín eso está más potenciado aún.
Detrás de esa historia hay otra menos contada. Quizás sea porque hay necesidad de hombres inmaculados que sólo vivían por la Patria y se habían despojado de toda otra pasión o necesidad humana. Sin embargo, esas necesidades humanas quizás hagan más valioso aún su sacrificio.
Remedios no fue la única mujer en la vida del general. La primera relación amorosa que se le conoció fue con una andaluza. José Francisco de San Martín era un joven capitán a fines del XVIII cuando conoció a Lola, quien lo acompañó en Badajoz, cerca de la frontera con Portugal, largo tiempo. Simpática ella, fue recordada por él en varias cartas a sus amigos de armas.
La segunda, un poco más nombrada por los historiadores, fue Pepa, la gaditana. Era de costumbres libres de las que el general se habría enamorado. Frecuentaban tabernas de Cádiz. Años después el general la recordaría en una nota personal, al enterarse por un oficial de que Pepa aun vivía en España.
San Martín llegó a Buenos Aires en 1812 en la fragata George Canning. No conocía a nadie en Buenos Aires y pasó a bordo su cumpleaños 34.
Su amigo Carlos María de Alvear, el líder de aquel numeroso grupo de militares que venían a ponerse a las órdenes del gobierno de Buenos Aires, estaba bien relacionado y se propuso "colocar" socialmente a San Martín. La elegida resultó Remedios de Escalada, de 15 años, a pesar de que ya estaba pedida por el teniente coronel Gervasio Dorna.
José y Remedios se casaron el 12 de setiembre de 1812, cinco meses después de la llegada de la fragata. Tomasa, madre de Remedios, se oponía ferozmente al matrimonio, pero no pudo evitarlo. La pareja tuvo poco contacto en los 11 años que duró, hasta la muerte de Remedios. Estuvieron separados 6 años y 2 meses por la carrera militar.
Las amantes
Una de las supuestas amantes que se le adjudican a José de San Martín fue su propia esclava, Jesusa, una mulata que había acompañado a su esposa Remedios en Buenos Aires.
Algunos autores afirman que la mulata lo acompañó toda su campaña y que en el Perú tuvo un hijo con él, a quien habría reconocido con su apellido. Hay registros que contradicen esa versión e indican que Jesusa se casó en 1815 con el mulato Juan Muñoz y tuvieron varios hijos. Después del cruce de los Andes, la esclava se quedó con su esposo en Mendoza y fue vendida por el Padre de la Patria a don Manuel Peralta el 13 de junio de 1820, dos meses antes de ir a Perú. La mulata y su familia vivieron en casa de los Peralta hasta que ella falleció, en 1864.
Don Manuel de Olazábal y Domingo Faustino Sarmiento contaron, muchos años después, un episodio amoroso entre el Libertador y una "aristócrata chilena" que ninguno identifica por el nombre. Ese amorío ocurrió después de la derrota de Cancha Rayada. Incluso Olazábal dice en sus memorias: "...no hay dudas de que la dama era tentadora. Nadie se enteró que el general tenía relaciones privadas con ella...".
María Josefa Morales, la Pepa, es la amante más conocida de San Martín. Era mexicana, condesa de los Ríos y viuda de Pascual Ruiz Huidobro. Fue la compañera del general mientras este planeaba, desde Mendoza, la expedición al Perú. En los círculos sociales mendocinos, la pareja del Pepe y la Pepa era muy conocida. No se ocultaban y solían ir del brazo por la Alameda. El lugar preferido era la Chacra de los Barriales, hoy ciudad de San Martín.
Antes de partir al Perú, San Martín envió desde Valparaíso una carta al administrador de la chacra de Los Barriales, Pedro Advíncula Moyano, en donde le encargaba cuidar mucho "a mi Señora Doña María Josefa Morales de los Ríos" y suministrarle, de la chacra, lo que ella quisiera, "en los mismos términos que a mi mujer propia". Ciertos trofeos personales del general (sable corvo y el estandarte de Pizarro, valioso regalo del Perú) fueron retenidos por María Josefa Morales y recién los devolvió muchos años después, cuando San Martín residía en Francia. Según Daniel Balmaceda (Romances turbulentos de la historia argentina, Sudamericana, 2012) la relación entre el Pepe y la Pepa se interrumpió en 1818, cuando Remedios vino a Mendoza con Merceditas.
A llegar a Lima en 1821, San Martín conoció a Fermina González Lobatón, patriota y acaudalada que cedió su hacienda San Nicolás de Supe en Barranca, para que el Héroe de Maipú se hospedara.
Estaba casada con Domingo Laos y Supe. Varios historiadores peruanos sostienen que tuvo una fugaz relación y que de ella nació un hijo que fue bautizado con el nombre Domingo de San Martín. Sin embargo varios documentos demuestran que a mediados de 1821, cuando se produjo la llegada de las tropas libertadoras a Ciudad de los Reyes con San Martín, Fermina esperaba un hijo de su esposo.
En Guayaquil San Martín conoció a Rosa Campusano Cornejo y entablaron una amistad que se transformó rápido en relación. No trascendió pero a Campusano se la llamó "la Protectora". El mito trasunta que tuvo un hijo con el Padre de la Patria, conocido como el "generalito".
También en Guayaquil conoció a Carmen Mirón y Alayón y se dice que tuvieron un romance. En 1823 nació un niño que fue bautizado Joaquín Miguel de San Martín y Mirón.
El resto es historia conocida.
La antipatía de la suegra
La relación entre José Francisco de San Martín y su suegra, doña Tomasa de la Quintana, fue compleja desde el mismo momento en que el Libertador contrajo matrimonio con Remedios. En esa casa de la alta sociedad porteña el único aliado del general fue Antonio José de Escalada, su suegro.
En algunas cartas hay pruebas sobradas de la antipatía mutua que se tributaban el Libertador y su suegra, quien lo llamaba no sólo "soldadote" sino también "plebeyo", "cholo" e "indio".
Obviamente la relación entre ambos empeoró con la enfermedad y muerte prematura de Remedios por tuberculosis.
Durante la agonía de su esposa, el general, desde su chacra en Los Barriales, trataba de explicarle a doña Tomasa sus planes y la imposibilidad de concretarlos.
San Martín le escribía a su suegra diciéndole que "en mayo del año pasado", cuando se disponía a viajar hacia Buenos Aires para "darle el último adiós" a Remedios, "se apostaron partidas en el camino", para aprenderlo "como a un facineroso".
Aquellas partidas "no pudieron cumplir con su pérfida misión" gracias al "piadoso aviso" que le dio el gobernador de Santa Fe, Estanislao López.
Merceditas
En 1824, finalizada la guerra de la independencia y tras la muerte de Remedios, el general San Martín y su hija, Mercedes, viajaron a Europa. Pasaron un tiempo en Escocia y luego se radicaron un tiempo en Bruselas, luego París y finalmente Boulogne Sur Mer.
Para Merceditas, más allá de los loables motivos, el general había sido un padre ausente, casi desconocido y al principio la relación entre ambos no fue simple.
En algunas de sus cartas dirigidas a sus amigos en la Argentina, especialmente en algunas escritas en Bruselas, San Martín cuenta sobre esos conflictos con su hija y se muestra preocupado. Sin embargo no pierde las esperanzas y llega a decir que "después de liberar Argentina, Chile y Perú, seguramente podré conquistar a esta niña".
Incluso allí le escribe a Mercedes sus famosas máximas.
Finalmente el general logró lo que deseaba y la relación entre ambos fue lo que el Libertador esperaba.

