Tradicionalmente, en Estados Unidos ha habido una serie de focos de poder económico. Desde la época de John Pierpoint Morgan (el fundador del que es en la actualidad el mayor banco de EEUU, JP Morgan, y también del banco de inversión más grande del país, Morgan Stanley), hace 120 años, Wall Street ha sido un siglo uno de ellos. Pero no es el único. Por ejemplo, la industria del petróleo siempre ha tenido una influencia política muy grande. En el siglo XIX, las empresas ferroviarias eran, a partes iguales, blanco de la admiración y de las críticas por parte de políticos, líderes sociales, y ciudadanos. Lo mismo ha sucedido con otros sectores. Por ejemplo, la industria de defensa es muy a menudo considerada (junto con la petrolera) considerada responsable de la política exterior de EEUU, en especial, claro está, de todo lo malo de esa política exterior. En el tránsito de los siglos XIX al XX, la siderurgia fue, también, un sector que, aparte de su poder económico, tenía – o se le atribuía – un gran peso político. Lo mismo cabe decir, en aquella época, de la minería.
Silicon Valley empieza a girar en la dirección de Trump
El candidato a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump ha sabido encolumnar a tres grandes exponentes de Silicon Valley detrás de su candidatura
Las razones por las que se atribuye a un determinado sector industrial poder e influencia son confusas y, muy a menudo, contradictorias. Mucha gente se sorprendería si supiera que, pese a todo lo que se dice, el sector de la defensa es pequeño para lo que representa la economía estadounidense. La mayor empresa de armamento de EEUU, LockheedMartin, tiene una cifra de negocio de 60.000 millones de dólares, y un valor en Bolsa de 146.000 millones. Eso, para los parámetros del gran capital estadounidense, es una miseria. La cadena de supermercados Walmart tiene ventas de 665.000 millones de dólares (cuatro veces Lockheed Martin), y las tecnológicas Apple y Nvidia valen en Bolsa alrededor de 3,4 trillones cada una, o sea, casi 25 veces lo que el líder de defensa.
Aque una industria sea juzgada como poderosa, así pues, no depende en el dinero que mueva. Más bien depende en cómo mueve su dinero. Las petroleras, por ejemplo, tienen una fama pésima en EEUU porque se las acusa de estar detrás de todas las guerras de ese pais y de los conflictos de Oriente Medio, pese a que no tienen presencia en esa region desde la nacionalización del crudo hace siete décadas. En el último cuarto de siglo se les ha echado la culpa unánimemente del cambio climático, por las emisiones de CO2 y de metano de los combustibles fósiles. Pero la verdad es que las empresas mineras de carbón emiten más gases que provocan el ‘efecto invernadero’. Lo mismo que los agricultores. Pero nadie tiene valor para culpar de nada a estos últimos, que son vistos como un grupo desprotegido en EEUU, lo mismo que los empleados de las minas. Todo depende de percepción. Las empresas del motor y las aerolíneas tampoco son blanco de las críticas medioambientalistas, no obstante sus emisiones.
En estas elecciones hay una industria que se ha convertido en una especie de protagonista en toda la campaña: Silicon Valley. Esto es nuevo. Tradicionalmente, la industria tecnológica había jugado un papel muy discreto en los procesos electorales en Estados Unidos. Es más: los líderes más carismáticos de ese sector – Bill Gates y Steve Jobs – se habían mantenido a una distancia muy respetable de Washington. No es que en realidad lo estuvieran. A fin de cuentas, Gates es hijo de Bill Gates ‘senior’, que falleció hace cuatro años, y que fue el cofundador del gigantesco lobby (lo que en América Latina se denomina “empresa de cabildeo”) KL&Gates, cuyo edificio se alza a aproximadamente trescientos metros de la Casa Blanca, junto al ‘lobby’ de Hollywood la Motion Pictures Association) y, también, la Librería Diocesiana de Washington y uno de los stripclubs más famosos de la ciudad, Archibald’s.
Pero la presión política de las tecnológicas solía llevarse a cabo tradicionalmente de manera muy discreta, al estilo de cualquier otra industria. Silicon Valley era tradicionalmente demócrata, aunque con notables excepciones. Por ejemplo, dos de las mujeres pioneras en el mundo tecnológico, Meg Whitman y Carly Fiorina (ambas, máximas responsables en su día del gigante de las computadoras Hewlett-Packard) siempre han sido republicanas, y han tratado, sin éxito, de ser senadoras, gobernadoras y hasta vicepresidentes por el Partido Republicano, aunque nunca han respaldado a Trump y, de hecho, han pedido el voto por Hillary Clinton y Joe Biden. En general, sin embargo, las grandes empresas tecnológicas eran compañías que, siempre y cuando sus intereses fueran atendidos en Washington, tendían a escorarse hacia el lado del Partido Demócrata.
Eso, en estas elecciones, ha cambiado, fundamentalmente por la acción de tres personajes que apoyan a Donald Trump, que tienen cuatro cosas en común. Una: pasaron parte o toda su juventud en la Sudáfrica del ‘apartheid’, en la que había un estricto régimen de discriminación racial contra todos los grupos que no fueran blancos. Dos: son autoproclamados ‘libertarios’, es decir, rechazan la intervención del Estado en la economía, a pesar de lo cual sus iniciativas empresariales se benefician o se han beneficiado de subsidios y de contratos del Estado. Tres: tienen aproximadamente las mismas edades (entre 52 y 57 años). Y cuatro: forman parte de la llamada ‘mafia de PayPal’, en referencia a la empresa de medios de pago online que fue pionera en el mundo ‘fintech’, es decir, en la fusión de tecnología y finanzas, y cuyos directivos han tenido una increíble influencia en el mundo de la tecnología, donde ocupan o han ocupado la dirección de las redes sociales LinkedIn y YouTube, además de en la red social Yelp, por citar solo unos ejemplos.
Son el empresario Elon Musk y los inversores Peter Thiel y David Sacks. El primero es de sobre conocido debido a su condicion de hombre más rico del mundo, aunque él dice que el presidente ruso, Vladimir Putin, tiene más dinero que él, lo que, de ser cierto, implicaría acusar al líder ruso de ser un corrupto de dimensiones gigantes y de estar saqueando su país. Pero lo que ha destapado más su carácter político es la compra de la red social Twiter, que ha rebautizado como X, hace exactamente dos años. En este período, Musk ha levantado la mayor parte de la moderación de contenidos en Twitter, especialmente en lo referente a las cuentas favorables a Donald Trump. Musk ha dado desde el 1 de julio hasta el 15 de octubre un total de 75 millones de dólares al grupo America PAC, que apoya al ex presidente. Con todo, no es el mayor donante de Trump. Ese título corresponde a la israelí-estadounidense Miriam Adelson, la viuda del empresario de los casinos Sheldon Adelson, que falleció en 2021, y que ha dado a grupos vinculados a la campaña de Trump 100 millones de dólares.
Mucho menos conocido, pero más influyente que Musk, es su amigo Peter Thiel, que en 2016 fue el primer gran empresario de Silicon Valley que rompió con el clima político del mundo tecnológico – o, como se le llama en EEUU, las ‘Big Tech’ – al apoyar públicamente a Donald Trump. El respaldo de Thiel fue tal que él fue la última persona en hablar en la Convención Republicana que nominó a Trump en la ciudad de Cleveland, en Ohio, antes de ceder el turno a Melania Trump y al futuro presidente de EEUU.
Thiel, que fue el primer inversor en Meta (la antigua Facebook), es uno de los grandes accionistas de SpaceX (la empresa de cohetes de Musk, líder mundial en su sector), y ha cofundado el gigante de ‘Big Data’ Palantir y la red social conservadora Rumble, no es., como Musk, un reciente ‘converso’ a la ideología de Trump. Más bien al contrario: puede decirse que cuando Trump era demócrata o independiente, Thiel ya era un conservador que incluso cuestionaba el valor de la democracia. Así, el cofundador de Palantir – una empresa que toma, como la mayoría de las que ha fundado, su nombre de las novelas de J.R. Tolkien – ha declarado que edar el derecho de voto a las mujeres “ha convertido a las palabras “democracia capitalista” en un oxímoron”. Pero mucho más relevante en esta campaña es el hecho de que él fue uno de los financiadores de Narya Capital, el fondo de inversión de capital-riesgo (venture capital) lanzado por J.D. Vance, al actual candidato de Trump a la vicepresidencia, en 2019. Vance y Thiel también son socios en el capital de Rumble.
El tercer hombre de Trump en Silicon Valley es Davic Sacks, amigo de Thiel y Musk, que ha invertido en numerosas empresas tecnológicas y se ha hecho con una considerable cantidad de seguidores en Twitter debido a su apoyo a la invasión rusa de Ucrania.
Éstos no son los únicos apoyos de Trump en Silicon Valley, aunque sí los más vocales – al menos, en los casos de Sacks y Musk – y acaso influyentes – un título que les corresponde a los tres, si bien Thiel es el que tiene más experiencia en política – de un grupo que empezó siendo muy pequeño en 2016 y ahora ya es considerable.
En la primera campaña de Donald Trump, el único gran empresario que, además de Thiel, respaldó al futuro presidente fue Palmer Luckey,que alcanzó fama y fortuna cuando vendió su empresa de gafas de realidad virtual a Facebook en 2014 por 2.000 millones de dólares y luego fundaría la empresa de defensa Anduril (otro nombre sacado de las novelas de J.R.R. Tolkien, cuya popularidad en Silicon Valley es gigantesca). Ahora, hay republicanos tradicionales, como Larry Ellison, que es el cofundador del gigante del software Oracle, además del cuarto empresario más rico del mundo, con una fortuna de 186.000 millones de dólares (la hija de Ellison, Megan, es fundadora y dueña de la productora de Hollywood Annapurna, que tiene entre sus películas Después de la medianoche, sobre el asesinato de Osama bin Laden, Her, El hilo fantasma, o Escándalo Americano). También hay ‘conversos’ demócratas, entre los que destaca Marc Andreessen, uno de los confjundadores del navegador de Internet Netscape, y ahora cofundador y máximo responsable de uno de los mayores fondos destinados a la financiación de nuevas empresas tecnológicas, Andreessen-Horowitz.
Todos estos nombres son solo un ejemplo de cómo Silicon Valley está jugando un papel cada vez más activo en la política estadounidense y, de paso, de cómo la industria tecnológica está girando hacia posiciones políticas conservadoras.







