Diario Uno Espectáculos

La Orquesta Filarmónica de Mendoza interpretó Carmina Burana de Orff junto a los coros de la UNCuyo, la Universidad de Mendoza y de Niños Cantores de Mendoza.

Una noche conmovedora en medio de la tormenta

Por UNO

Por Cristina Alfonso

Una vez más el Teatro Independencia agotó sus entradas en una noche inquieta y conmovedora. La Orquesta Filarmónica de Mendoza bajo la conducción de Ligia Amadio interpretó Carmina Burana de Orff junto al Coro Universitario de la UNCuyo, el Coro de Estudiantes de la Universidad de Mendoza, ambos dirigidos por Silvana Vallesi y el Coro de Niños Cantores de Mendoza, por Juana Mauro. La sala colmada dejó sin asiento a un buen número de público.

Seguir leyendo

Como no es parte de nuestro quehacer específico deliberar acerca de la polémica y nutrida correspondencia cultural, sobre temas administrativos que afectan a la Orquesta Filarmónica de Mendoza y que fueron planteados sobre el escenario, trataremos de dedicar estas pocas líneas a lo que es, propiamente, nuestro trabajo: una crítica especializada de Carmina Burana (1937), de Carl Orff, la monumental Cantata escénica -y no ópera como refieren algunos medios- para gran orquesta con nutrida percusión y dos pianos, coro mixto, coro de niños y voces solistas.

Ligia Amadio siempre logra su empeño y lo logra sin reservas. Qué mejor que dialogar con la música y un público que la recibió con aplausos desbordantes en medio del asombro por verla allí parada, con batuta en mano, dispuesta a brindar todo su arte. Pocas horas antes, el director Pablo Herrero Pondal había asumido la responsabilidad de ocupar su lugar. El motivo de estos vaivenes fue explicitado por la propia Amadio, quien además habló de su dolencia.

Habían transcurrido tan sólo unos 15 minutos, cuando el último rayo cayó en medio de una tormenta que comenzaba a sosegarse. El desmayo de una niña integrante del coro obligó a interrumpir brevemente la obra. Luego, la directora retomó los últimos compases y sobrevino la calma hasta el apoteósico final.

En general se extrañó la soltura en el juego interpretativo, un poco más de picardía cuando se la requería y, sobre todo, por momentos, faltó destacar la articulación rítmica de la palabra. Recordemos que Orff no trabajó la métrica de los poemas medievales sino que su trabajo partió del ritmo propio de la palabra y su juego entre sílabas cortas y largas, acentuadas y no acentuadas.

La directora Amadio planteó con gran capacidad de adaptación y toda tranquilidad el ataque del famosísimo “O Fortuna”, acompañado por un conjunto coral muy bien armado así como el juego rítmico en “Tempus est giocundum” y, sobre todo, en el “In taberna quando sumus”. En las secciones lentas dio el punto pastoril necesario, con logrados pianísimos y equilibrio sonoro entre solista y orquesta, como es el caso “Dulcissime”, solo para soprano, interpretado por Laura Rizzo. Los otros dos solistas fueron Carlos Ullán (tenor) y Patricio Sabaté (barítono). Otro punto destacado fue “Amor volat undique”, solo de soprano y coro de niños.

Llamó la atención que no todas las voces solistas estuvieran en su lugar desde el inicio de la obra y que fueran ingresando poco antes de su primera intervención. El público, al recibirlas con un aplauso, atentaba contra la continuidad y la estructura arquitectónica de la obra.

Al llegar al final, la seducción amorosa, las bellas palabras no exentas de picardía, el placer de la bebida y el canto del enamorado, se interrumpen y todo acaba con el principio: “O Fortuna”, la que en cualquier momento, puede jugarnos a favor o en contra. Hubo una larga ovación con todos de pie y emocionados.