El título del libro Lets just say it wasnt pretty ("Digamos simplemente que no fue guapo", extraído de una frase de su madre en alusión a Dean Martin), es una reflexión sobre la belleza que pronto se convierte en relato abierto de las inseguridades físicas de una mujer que se movió en un mundo que entroniza a las bien parecidas.
La actriz californiana a la que Woody Allen inmortalizó como Annie Hall sigue bien activa. A sus 68 años, Diane Hall (así se llama en realidad) acaba de publicar su segundo libro de memorias.
Una estrella siempre vigente
Además de su intensa actividad como fotógrafa, compradora y diseñadora de hogares —es devota de la arquitectura—, ha hecho recientemente dos películas. Una comedia que protagoniza junto a Morgan Freeman, Life itself. Y un relato de amor, con tintes de comedia, entre un abuelo solitario y cascarrabias (Michael Douglas) y su vecina, una mujer dulce que por las noches canta estándares de jazz en pequeños bares de Connecticut. Su título: Juntos pero no tanto. "Es una película sobre segundas oportunidades", dice, "esas que llegan cuando menos las esperas". Se muestra encantada de haber podido cantar en esta película, como ya hizo en Dos extraños amantes. Y se oirá su voz, también, en Buscando a Dory, la secuela de Buscando a Nemo, prevista para finales de 2016.
SemejanzasKeaton se parece mucho a Annie Hall. Woody Allen escribió el papel inspirándose en ella tras años de relación. El personaje de esa chica ansiosa que, cuando se pone nerviosa se trabuca, vacila y recurre a su ya célebre "la di da di da" para escurrir el bulto, fue construido en torno a la personalidad de Keaton. "De mis defectos he hecho virtudes", afirma la actriz. "El guión que escribió Woody de esa mujer ansiosa…, eso es convertir un defecto en virtud. De algún modo, eso me dio una oportunidad".
Keaton sostiene que se lo debe casi todo a su gran amigo y mentor Woody Allen, uno de los hombres de su vida, su padrino cinematográfico. Trabajaron juntos en siete largometrajes. Sobre seis de ellos, los que rodó en los setenta, desde Sueños de un seductor (1972) a Manhattan (1979), cimentó su carrera. Recuerda perfectamente el día en que vio a Allen por primera vez en aquel enorme y desierto teatro de Broadway. Fue en el casting de la obra de teatro, y luego película, Sueños de un seductor. Acudió por recomendación de su profesor de arte dramático en Orange. Acudió sin saber si Allen estaría en la audición. "¡Pero estaba ahí!", recuerda.
Sus rarezas fueron materia prima para Allen. "Es un gran imitador y escritor. Los papeles que ha escrito para mujeres son extraordinarios. Personajes muy fuertes. Lo consigue porque escucha; y eso le hace único. ¿Cuántas mujeres han ganado el Oscar gracias a él? Dianne Wiest, Cate Blanchett, Mia Farrow, nominada varias veces; Mira Sorvino…".
Y ella. Ella, también. Diane Keaton recibió su Oscar a la mejor actriz por Dos extraños amantes en 1977. Subió al escenario con una larga falda y un fular, saltándose todas las convenciones del glamour y la alfombra roja. Quedaba así sellado el símbolo de esa mujer liberada e intelectual que inspiró a toda una generación.
RelacionesDe sus exparejas, con el único que mantiene una relación de amistad es con Allen. Por encima de todo. Cuando el cineasta fue acusado de abusos sexuales por su hija adoptiva, Dylan Farrow, Keaton salió en defensa del realizador. La criticaron duramente por ello. Preguntada por la cuestión, se reafirma en sus palabras: "No tengo nada más que decir, es mi amigo y yo le creo. Pero ese escándalo ya es una cuestión pasada, ¿no cree?".
Keaton es una mujer con fuerte apego familiar. El mayor amor de su vida, ha dicho en repetidas ocasiones, fue su madre. "La echo mucho de menos", asegura, "no entiendo la vida sin ella; echo de menos ser la hija".
La pequeña Diane Hall se crió en una familia de cuatro hermanos (tres de ellas chicas). Su padre, Jack Hall, ingeniero de caminos y agente inmobiliario, siempre le corregía esas expresiones características que ella popularizó con su personaje de Annie Hall; esos "ah", "bueno", "ehh", "estoo". Esas expresiones de duda exasperaban a su progenitor.
Su madre, Dorothy, ejerció gran influencia sobre su hija. Era aficionada a la fotografía, tocaba el piano, cantaba con un trío vocal, fue declarada Mistress Los Angeles, en un concurso de televisión destinado a elegir al ama de casa perfecta. "Creo que a ella le hubiera gustado ser intérprete". En su vida adulta, Keaton ha desarrollado facetas clave de sus padres. Incansable usuaria de Instagram, ha editado cuatro libros de fotografía.
También le gusta escribir. Ha blogueado para el Huffington Post; ha vendido más de 225.000 copias de Ahora y siempre, su primer libro de memorias. Y es autora de dos libros de arquitectura y diseño. Otra de sus pasiones. Forma parte del equipo directivo de Los Angeles Conservancy, organización que trata de preservar el legado arquitectónico de la ciudad. Y es una redomada compradora de casas que rediseña y luego pone a la venta. Una de ellas, una especie de hacienda deconstruida, llegó hasta la portada de la revista Architectural Digest en 2003. Allí la vio la cantante Madonna. Decidió comprársela.
Esta faceta es una evolución del oficio de su padre. "Solo que él compraba sabiamente", comenta. "Yo compro el sueño. Él invertía en la casa más fea de la calle, que era la que más se revalorizaba".
Parejas en la pantalla y fuera de ellaDiane Keaton se llevó su Oscar por un trabajo de comedia, algo poco habitual. A partir de ese momento, saludó cada una de las décadas siguientes con una nueva nominación, aunque sin llevarse la estatuilla. En los ochenta, por Reds (1981), película de Warren Beatty sobre el periodista John Reed; en los noventa por Reencuentro (1996), donde unió su talento al de su admirada Meryl Streep y al de un Leo DiCaprio en tiempos mozos, y en el nuevo siglo por Alguien tiene que ceder (2004), junto a Jack Nicholson, con la que puso fin a unos duros años de sequía.
Keaton recuerda que el rodaje de Reds fue larguísimo. Beatty era entonces su pareja. Es uno de los hombres más tenaces que ha conocido. "Creo que le tenía envidia. Era el príncipe de Hollywood. Un tipo brillante que manipulaba maravillosamente a la gente para seducirla", explica.
Pacino, Coppola, De Niro, Nicholson, Michael Douglas. Hay figuras clave en la carrera de Keaton con las que trabajó en los setenta y ochenta, y con las que se vuelve a cruzar veinte años más tarde. En 1990 se reencuentra con Coppola y Pacino para rodar la tercera parte de El Padrino, donde demuestra que es capaz de ser tan malvada como su marido.
Fuente: elpais.com.uy



