Por Enrique Pfaab
SAN MARTÍN– “¡Vamo, loooocoo! ¡Aguante lo Redondoo!”, dicen él y 150.000 más. Recién baja de uno de los 1.000 colectivos que se amontonaron en la improvisada playa de estacionamiento que está al lado del parque Agnesi. Después camina con una bandera como capa y se mezcla entre los que lo esperan hace tres días.
El tipo se pierde entre el humo que proviene de donde se cocinan enormes costillares, chorizos chirriantes y hamburguesas del tamaño de un disco simple. Es el estereotipo del ricotero promedio: 30 años, juntó la plata ahorrando durante seis meses y ya no supera un análisis de alcoholemia, pero eso no le ha hecho perder la cordura, apenas pulverizó su inhibición; gana $4.000 en un trabajo mundano y la pelea para llegar a fin de mes, tiene uno o dos hijitos chicos y su mujer es tan ricotera como él, nunca ha tenido problemas con la Justicia pero los policías lo paran cada tanto para pedirle documentos y alguna vez lo han llevado demorado por averiguación de antecedentes.
Hoy no va a hacer “quilombo”. En realidad nunca lo ha hecho. Apenas salta, grita y disfruta a su manera, la que tiene cualquier otro seguidor del Indio y que a muchos los asusta sin razón.
El Agnesi está lleno. Hay carpas en cada rincón, parrillas humeantes en cada recoveco más o menos protegido del viento del sur, que sopla suave pero insistentemente y que mantendrá la temperatura en menos de 10 grados. Pero nadie se queja del frío, ni de nada. Sólo disfrutan porque, si el concierto del Indio es la “misa”, la previa es el confesionario y todos les cuentan sus pecados a todos, para después poder comulgar acordes de notas redondas.
Son 150.000 ricoteros o más, es imposible de calcular. Los únicos números más o menos precisos los podrán dar los que comercializaron las entradas, que durante este mismo día de fiesta se vendieron sin nervios ni colas kilométricas en las boleterías en el ingreso al parque.
Para llegar, había que tener paciencia. Jamás la ruta 50 ha tenido tanto tráfico. Micros y micros, tráfics y autos, todos a paso de hombre buscando el mismo destino: un lugar para estacionar. Y ese paisaje se repitió ayer, hora tras hora.

