La octava película de Quentin Tarantino, Los ocho más odiados, es la defensa más férrea del director para el celuloide en la batalla entre el filme y la tecnología digital.
La filmó en Ultra Panavision, el gran formato perdido de Ben-Hur y otras cintas épicas de la década de 1960.
Incluso para Tarantino, quien recibió en diciembre pasado su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, es una empresa ambiciosa lanzar una película de más de cuatro horas (en su versión completa, con una obertura y un intermedio) en un formato que pocos cines conservaron y en algunos casos ni siquiera sabían cómo usar. En nuestro país ya no hay proyectores de 70mm, con lo cual la versión a la que podemos acceder es la que dura 167 minutos.
En el universo de Tarantino
Los ocho más odiados no es para los débiles de corazón. En realidad, ¿qué película de Quentin Tarantino lo es? Pero aunque el cinéfilo favorito del cine retoma algunos de sus viejos trucos en su octavo largometraje, este thriller de más de tres horas se siente como un paso adelante para el obstinado enfant terrible, un paso hacia la madurez.
Esto no quiere decir que se haya suavizado: sólo hay que pasar un minuto con la punzante y maliciosa música del maestro de 87 años Ennio Morricone para comprobarlo (ganador en la premiación del domingo pasado del Globo de Oro en la categoría Mejor banda sonora original por esta película).
En este caso, Tarantino muestra su fuerza atenuada con Los ocho más odiados, con una autoridad menos frenética que el lenguaje cinematográfico al que nos ha acostumbrado, pero golpes directos a las entrañas o, al estilo de la prisionera asesina interpretada por Jennifer Jason Leigh, a la cabeza.
Todos temibles
Esta historia de ocho personajes repugnantes encerrados en una posada en medio de una dura tormenta de nieve en Wyoming, no tiene prisa en llegar a su destino y el público se beneficia de esto.
Es una cinta de misterio en la que nadie ha hecho nada aún, pero se piensa:¿quién lo hará? y ¿qué es lo que harán exactamente? Todos son malos, todos tienen un secreto y todos son héroes de su propia historia.
Samuel L. Jackson interpreta al cazarrecompensas superletrado Marquis Warren, quien lleva una carta de Abraham Lincoln en el bolsillo. Kurt Russell es el violentamente afable John Ruth, quien transporta a una prisionera a un pueblo para que sea ahorcada a cambio de una recompensa de 10.000 dólares. Leigh es la prisionera, Daisy Domergue, cuya sonrisa macabra y ensangrentada dice más que cualquier monólogo. Walton Goggins interpreta a Chris Mannix, un futuro sheriff que podría ser un gran manipulador o simplemente un gran tonto. Demian Bichir es Bob, el Mexicano, encargado de la posada. Michael Madsen es Joe Gage, el amenazante hombre silencioso en una esquina. Tim Roth es Oswaldo Mobray, un verdugo británico que parece suplente de Christoph Waltz hasta que encuentra su propio ritmo. Y Bruce Dern es un malhumorado general confederado que no sabe qué será de su vida ahora que la guerra ha terminado.
Parece demasiado, pero en realidad no lo es. Esa es la genialidad de Tarantino. Cada uno de sus personajes es tan distinto y tan rico que salta de la pantalla tan pronto se lo conoce.
Tarantino mantiene al espectador al borde de su asiento preguntándose en quién debe creer o por lo menos de qué lado debe estar. Pero esto cambia cada 15 minutos, a medida que se desenmascara el misterio y todo explota. Los diálogos son tan sagaces como siempre, ya sea que hablen de café, de la guerra o de los beneficios de transportar a un prisionero vivo o muerto.
Necesitamos que Tarantino haga todo de la manera que considere necesario, incluso si nosotros no siempre lo entendemos. Si no lo hiciera, no sería Tarantino y nosotros nos lo estaríamos perdiendo.


