Por Fernando G. [email protected]
Las roturas en el Steinway & Sons del Independencia develan que hay luchas internas y desidia. Pero esto no puede volver a pasar. El análisis del periodista de UNO Fernando G. Toledo.
Sonata para un piano solo
El piano es un Steinway & Sons D74 Concert Grand, costó $632 mil y su debut, en 2008, fue con las elogiadas manos del pequeño gran Horacio Lavandera. Cuatro años después, ese verdadero patrimonio, esa maravilla de ingeniería musical, da señas de desprotección, de desidia o, lo que es peor, de estar en medio de un fuego cruzado de recelos, intrigas y peleas internas.
Un correo con nombre al parecer ficticio llegó a las redacciones el domingo pasado, alertando de los daños que había sufrido el instrumento y revelando, desde una visión seguramente nada imparcial, lo que había sucedido. Estaba acompañado por la copia de la presentación ante la Fiscalía de Estado que hacía María Elena Moreno (gerenta de la Filarmónica y, se supone, responsable de administrar el uso del piano) , en la que se denunciaba los daños que había sufrido el imponente Steinway.
En medio de acusaciones sobre abuso de autoridad, sobre la ignorancia del protocolo para uso del piano y varias cuestiones que develan una trama en el seno del teatro Independencia (el lugar que aloja al instrumento), lo que resulta más preocupante es precisamente pensar en los daños que tiene el “mejor piano con que cuenta el país”, en opinión de Bruno Gelber.
Y desde el punto de vista de quien esto firma los daños son más que graves. Está claro que hay un técnico especialista (Marco Antonio Naya) que ha determinado que la honda rayadura de un costado, el “piquete” de un poco más arriba y la “saltadura” junto a las teclas son averías superficiales que no comprometen la calidad sonora a la hora de interpretarlo. Es cierto. Pero la gravedad que puede uno advertir es otra: la de que a menos de cuatro años de su debut, el Steinway & Sons ya tiene esas roturas y no hay nadie hace cargo de las mismas.
El piano, resulta evidente, fue dañado hace poco. Su encargada confiesa, en la nota, no haber estado presente cuando, según parece, se produjeron los golpes. Nadie sabe nada allí. Los técnicos que lo transportan no han sido, los músicos no han sido, tampoco los que rodaron el spot para el festival Los Caminos del Vino. ¿Será que se ha roto solo?
Si hay algo bueno para sacar ante esto es que puede tomarse como señal de alarma. Como una nota disonante que el intérprete ha de corregir en medio de su interpretación. Ese burdo rayón que ha lastimado la carísima laca de un piano de lujo, esos topetazos que hicieron saltar su pintura han sido hechos por la desidia.
El piano es trasladado en montacargas y llevado a una habitación en la que, rodeado como está por otros artefactos e instrumentos (como un bombo), bien puede ser allí mismo todo dañado. Pero eso no puede pasar. La posibilidad de que se dañe de ese modo ni siquiera debería estar en el horizonte de este Steinway & Sons, al menos para hacer honor a los cientos de miles que se han pagado por él.
Así las cosas, como hoy hay hendiduras y saltaduras, mañana se quebrará una pata, se trizará la tapa, se levantará una tecla. Y nadie habrá sido el responsable. A menos que algo cambie, el piano, otra vez, se habrá roto solo.




