Por Fernando Montaña [email protected]
De golpe fue retrotraerme a esa tarde de verano, allá en la Roberto T. Saravia de San José en mil novecientos setenta y pico... "Ahí va el capitán Beto por el espacio, con su nave de fibra hecha en Haedo. Ayer colectivero hoy amo entre los amos del aire..."
Entre sonidos de pomelo 12, mis hermanos Lucho y Daniel, mi primo Sergio, el Choco y el Tono, fieles amigos del barrio, Spinettearon durante casi toda una tarde con el flamante Jardin de los Presentes de Invisible. Claro que no fue el único Long Play que pasó aquel día por el winco. No podía faltar el ya un poco rayado de Almendra (el del payaso en la tapa) y Pescado 2. Era imposible que en un ámbito donde además también se escuchaban Sui Generis, el Acusticazo de León Gieco, Alma y Vida uno no quedara prendado con esos sonidos. Sin darme cuenta, con la naturalidad del que descubrió la sensibilidad por esos sonidos desde su más tierna edad, empecé a hacerme hincha del rock...y de Spinetta.
Un día me descubrí adolescente. Si alguna vez sufrí la angustia de sentirme un rara avis tan solo por sentir mayor placer con La llave del mandala que por ir a bailar con la musica disco, en la escuela y cinco cuadras más allá de casa supe que había almas mayúsculas que sentían como yo. Y en ese ghetto (llamémosle así) descubrí mis grandes amigos, con los cuales fuimos a nuestros primeros recitales. Con los hermanos Reyes, con Carlos, el Tano, Roberto, Ricardo y el Negro Paz fuimos juntos a ver el memorable recital de Almendra en Andes Talleres en 1980 para presentar el Valle Interior. Yo me había quedado con ganas de ir el año anterior y por eso este no me lo podía perder. Era la primera vez que veía a Spinetta en vivo y más allá de que lo vi varias veces más, aquel toque fue inolvidable.
"Soy Spinetteano", era la estirpe de aquellos que teníamos una sensibilidad particular por el mundo del flaco. Una bandera de lucha, un ideario, la cruzada contra aquellos que banalizaban los gestos cotidianos de la vida. Un piropo sería acaso un Alma de diamante, Hola pequeño ser o Diosa Salvaje, nunca una guasada. Empuñar la guitarra sería para tocar Durazno sangrando y no una del autodidacta tucumano. El camino del flaco nos aventuraría a descubrir también a Artaud, Pizarnik y Piazzolla. Éramos ya del "Spinettalandea y sus amigos".
Aunque no fui amigo del flaco, tuve la suerte de conversar con él en diferentes ocasiones y de recibir su autógrafo en 1981, en el auditorio Galli. A la noche tocó en el Cine City y dio junto a Jade un gran concierto. Inexperto periodista yo, acreditado por una radio olvidable, concurrí a una conferencia de prensa en el viejo Hotel Plaza. Le formulé una pregunta tan enredada y confusa que el flaco apeló a una ironía un tanto cruel para responderme.
Yo quería saber como era un día actual de su vida y me hizo una descripción de todo lo que hacía desde el momento mismo de despertarse. "Desayuno, cocino, le doy de come ra a las mascotas..."¿Sigo?", me preguntó ante la risotada general. En el afán de escapar de ese bochorno no tuve mejor idea que querer equipararlo en ironía. "¿Comés caviar?" lo interrogué con el afán de salvar mi honor. No solo me contestó afirmativamente, sino que dio la receta de como prepararlo...
Al mes siguiente, de paso por Buenos Aires, lo vi justo en la puerta del teatro Ópera conversando con Daniel Wirtz, donde estaba ensayando para un toque que iba a dar. Sin recordarle nada de aquel episodio, me acerqué le di la mano y simplemente le dije: "Flaco esto es místico. Saludarte es místico". "Todo es místico", me dijo graciosamente haciendo un gesto de mantra.
En ese saludo estaba implícito el sentirme parte del Mundo Spinetta. Aquellas tardes setentistas de San José y tantas veces que lo fuimos a ver junto a los pibes. Y la libertad de pensamiento que me dieron sus canciones.Hoy siento un nudo en el esófago. El flaco ya no está entre los vivos y es muy triste para quienes sentimos sincera devoción por sus canciones.
"Hay que jugarse por su ausencia", dijo en ocasión de la muerte de John Lennon, en el sentido de apostar a la autenticidad y a la belleza tal como era el camino que había propuesto el genial beatle.
Así siento hoy, con una contradicción entre la cabeza y mi corazón. Lloro su muerte, pero siento que hay que jugarse por esta nueva ausencia. La de un gigante, cuya estética lírica y musical lo dice todo.


