Por Selva Florencia [email protected]
Premio Escenario de Oro 2014 Por sus 53 años de carrera como actriz, bailarina, directora y docente de teatro, Gladys Ravalle obtuvo ese galardón. Aquí, el espejo de una vida dedicada a las tablas.
La reina de la escena
“Yo estudiaba artes plásticas, pero había tomado clases de danza y piano también: todas cosas que las niñas tenemos que hacer para conseguir un marido bodeguero (risas). Un día, estudiando en el patio de mi casa con mis compañeros, un señor golpeó la puerta, venía con un libreto bajo el brazo y nos ofreció hacer teatro en la Unión Vecinal que quedaba cerca de mi casa. Lo hicimos para divertirnos, pero al poco tiempo debuté y recuerdo que el cartel decía ‘con la participación especial de la reina de Guaymallén’, porque yo ya había sido elegida”, cuenta Gladys Ravalle sobre cómo fue que actuó por primera vez, allá por julio de 1961.
Fue en la obra Cuando los hijos se van, de Florencio Sánchez, y desde entonces nunca más se bajó del escenario. Es más, hizo pareja con un actor y director, el fallecido Cristóbal Arnold, y tuvo un único hijo, el prolífico director de la Enkosala, Juan Comotti.
Ahora, a 53 años de aquel azaroso debut, sus compañeros del universo teatral y artístico mendocino, nucleados en el comité seleccionador de los Premios Escenario, la eligió para ser la nueva recipiente del Escenario de Oro. La ceremonia fue el jueves pasado, en un teatro Independencia lleno que la aplaudió de pie.
La siguiente entrevista, que la actriz de 72 años concedió a Escenario, se realizó ayer y en un marco ideal: el encuentro de los personajes del año que desde hace más de 20 año organiza Diario UNO.
Así, la actriz, docente, bailarina, artista plástica, directora e incansable luchadora por los derechos de la mujer y el teatro independiente se vio rodeada de colegas, amigos y admiradores, como el actor Ernesto Suárez, la escritora Liliana Bodoc, el director de cine Matías Rojo y el músico Leandro Lacerna.
En esta charla con una indiscutible referente de las tablas locales, nos retrotraemos a los momentos más importantes de su vida: sus inicios como actriz; el día en que conoció a Cristóbal Arnold; los oscuros años de la última dictadura militar, sus papeles más importantes y su presente transitando el camino del teatro junto a su hijo, Juan Comotti.
–¿Qué es lo que más feliz te hace por estos días?–Una de las cosas más preciosas que me pasan es que, luego de haberme dirigido mi gran compañero, Cristóbal Arnold, he pasado a las manos de nuestro hijo, Juan Comotti, que es director. Me enorgullece, no porque él sea quien me dirige, sino porque es mi compañero de teatro. Un compañero es con quien se comparte el pan. No solamente somos madre e hijo, sino que somos compinches y mi vida es muy satisfactoria por eso. Además, tengo elencos-nietos: hay gente que yo formé y que armó sus propios elencos o fundó salas, como Víctor Arrojo, Sandra Viggiani, Alicia Casares, Andrea y Gabriela Simón... ¡Son tantos! En realidad, soy muy egoísta porque enseño para poder seguir aprendiendo de mis alumnos.
–¿Cómo conociste a tu compañero de vida, de teatro y padre de tu hijo, Cristóbal Arnold?–En este mismo estudio (en referencia al set de El Siete). Yo hacía un programa que se veía los viernes a la tarde y se llamaba Peña folclórica mendocina. Teníamos el 99,9 por ciento de la audiencia, más que nada porque en ese momento era el único canal de televisión que había (risas). Él dice que entró al set y vio que me estaban dando un ramo de flores y que, desde entonces, se acuerda de mí. Yo a él no lo registré en ese momento, sino después, cuando fue a ver una obra que yo estaba haciendo en el Centro Catalán. Se llamaba Heroínas, y ahí lo vi, con su puchito en la boca y su boina. Él estaba casado, pero después se separó. Un día, tras muchas horas de ensayo, él me dijo: ‘Vos vas a ser mi próxima mujer’. Yo, claro, le dije que se callara, pero al final tenía razón.
–¿Qué obra es la que más recordás de las que hiciste con él?–Todas tuvieron su importancia porque esa fue mi verdadera formación en el teatro. Muy pocas veces hallás a un compañero de ley, alguien con quien te complementás y con el que te potenciás permanentemente arriba del escenario. Cristóbal era ese tipo de actor y siempre fue muy placentero hacer teatro con él. Aún cuando fuimos perseguidos, echados de muchos lugares y aunque estuvimos acallados por cuatro años, en la última dictadura militar.
–¿Cómo fueron esos años durante la dictadura? Sin poder actuar, trabajar en radio o dar clases...–Nos aplicaron la ley de seguridad, que quería decir que éramos sospechosos de acción disolutiva y/o subversiva. Estábamos en la lista negra de las radios, de la televisión y las escuelas. Tuve que dejar los programas que hacía y no podía dar clases tampoco. Pedimos que nos investigaran, pero nunca lo hicieron. Lo que sí hicieron fue perseguirnos: más de una vez nos persiguieron con sus autos Falcon. Vivimos el exilio interno, que es el más duro. Entre los que resistimos acá, en Mendoza, se percibía olor a miedo. De eso no me olvido más. A Juan, lo crié entre mis rodillas porque sentía miedo. Un día explotó una bomba en el pasillo de al lado de nuestra casa, pero estaba destinada a nosotros. Fue a los pocos días de que había explotado otra en el Taller Nuestro Teatro (TNT).
–Pero ustedes perseveraron y mantuvieron intacta la pasión por el teatro, ¿cómo se produce la vuelta a los escenarios?–Llegó el Mundial de Fútbol de 1978 y pudimos hacer una obra en el teatrino que habían inaugurado en el hotel Huentala, en el centro. Una vez más, nuestros amigos periodistas se jugaron por nosotros publicando notas de página entera, el día del estreno, en los diarios que había en ese momento. ¡Qué compañeros de lucha! Fue muy groso. Debutamos con esa obra, mientras en el último piso del edificio se hospedaba (Emilio) Massera. Así, en el filo de la madrugada, volvimos a actuar, nosotros abajo, en el teatrino, y Massera, arriba, en su habitación. ¡Increíble! Eso significó una especie de apertura y el artista Orlando Pardo, que era otro de los perseguidos, abrió un taller chiquitito. Me acuerdo que puso un aviso en el diario publicitando sus clases particulares y nadie le dijo nada. Eso dio una señal de alivio. Así empezamos a asomar la cabeza de nuevo, de a poquito.
–¿Cuáles son los papeles que más te gustó interpretar?–La obra que más me marcó como actriz y persona fue El juego que todos jugamos, de Alejandro Jodorowski. Es una obra de rompimiento, en cual se instiga a la gente a amar y ser mejor. Hicimos más de 3.000 funciones: salimos de gira y no volvimos a casa durante nueve meses. Recorrimos todo el país. Esa obra provocaba todo tipo de sensaciones en el público, porque los obligaba a involucrarse y participar. Terminábamos todos arriba del escenario, abrazados: público y actores. Cuando la hice por última vez, recuerdo que quería seguirla haciendo. Otra que significó mucho para mí fue Madre coraje, de Bertolt Brecht, porque el papel de la madre me exigió ver el teatro según el método de este autor. Gracias a él, además, fui becada para estudiarlo en profundidad en Alemania. Esa experiencia fue enorme.
–¿Nunca pensaste en volver a hacer El juego que todos jugamos?–No. Porque los actores debemos aprender que hay cosas que son sagradas y que no se deben tocar. Mucha gente me la ha pedido. Esa obra provocó separaciones, nuevas parejas, cambios de vida. ¡De todo! Por eso, no se debe tocar.
–¿Qué te llama la atención de la vida teatral mendocina actual?–La cantidad enorme de jóvenes que incursionan en el teatro de una manera muy interesante y renovadora. Eso, seguramente va a redundar en la cultura mendocina, que se va a ver muy beneficiada.
–¿Qué planeás para 2015?–Muchísimo. Se enterarán pronto, no me gusta quemar las naves (risas). Vamos a actuar juntos con Juanito, estoy muy ansiosa.
–¿Cómo querés que te recuerden?–He peleado toda mi vida por los derechos de la mujer, soy una militante de la vida y hago muchas picardías todos los días. Me gustaría que me recuerden sonriendo. El día que muera, van a llevar mis cenizas al río Atuel, que es donde voy a vivir eternamente, y me gustaría que todos bailen para recordarme.



