Por Ramiro [email protected]
La Sphera Rouge, esfera roja de seis metros de diámetro con 2.913 placas cuadradas de acrílico suspendidas por hilos metálicos, es la obra móvil que Julio Le Parc creó y donó para el centro cultural que lleva su nombre. Sin embargo, los trámites de la donación aún están inconclusos, según expresó su hijo Yamil, con cierto descontento. Encargado de las tratativas correspondientes a cada exposición de su padre, Yamil trabajó junto con Gustavo Quiroga para que la obra llegara en tiempo y forma a la inauguración. Pero una vez que el evento se realizó con éxito, Le Parc asegura que desde el Gobierno nunca más respondieron los llamados, ni sus mails ni de su asesora legal. Su insistencia radica en que aún no se firmó el certificado de donación, que establece las condiciones de mantenimiento y protección de la esfera, “una obra que hay que cuidar porque pertenece al pueblo de Mendoza”.
“Sin la firma de mi padre eso pasa a ser un elemento decorativo y a pesar de que trabajamos como locos y me llamaban 10 veces por día, no hemos recibido respuesta desde hace dos meses. Me parece irrespetuoso. Los Le Parc esperamos la donación definitiva, porque todavía no es un hecho, así se establecen los cuidados para que la obra perdure”, dijo.
El gran Julio, por su parte, describió cómo nació ese “sol” al ver los planos que, si bien conciben la construcción con forma de semilla, él vio un ojo al que le faltaba su pupila: “En gran parte, lo que he experimentado, realizado, buscado, encontrado, puede tener un desliz hacia lo monumental o a ser incorporado a una arquitectura o a espacios diferentes de una galería de arte o de un museo. Las ocasiones, cuando se presentan, como este caso, pueden producir un resultado entre la proposición que está ahí y el espacio. En este caso el centro cultural es muy grande, entonces en base a los planos ajusté algunas ideas y opté por esta. Me parecía que con su forma esférica podía ser la pupila de eso que, visto desde arriba, tiene forma de ojo, aunque nadie lo vea desde esa perspectiva. En fin, antes de que la relación esté hecha uno avanza con tanteos, dibujos, montajes, y cuando se está en la realidad del espacio y la obra, y si se da un funcionamiento simultáneo, es un logro. Pero tiene sus riesgos.
–¿Usted quedó conforme al verla ya terminada y montada?–Sí, me pareció que estaba bien puesta, a la altura justa, centrada y que articulaba el espacio. El espacio arquitectónico en ese lugar toma una nueva definición con ese elemento que puede, o tal vez no, ser algo añadido, extraño. En la medida en que ese elemento no disturbe la arquitectura y en que el espacio no se coma al objeto, puede haber ese diálogo entre ambos que es interesante. Si esa forma se consigue, el resultado puede ser que la gente vea el conjunto y sea atraída por la situación.
–¿Usted se refiere a la situación de que una obra sea muchas obras?–En este caso sí. Es un concepto que fue tomando configuración en los ’60, un concepto de inestabilidad donde está incluido el movimiento, el tiempo que pasa y la transformación de lo propuesto, de manera que es siempre diferente y al mismo tiempo siempre igual. Para que eso esté más en evidencia es muy importante que los elementos sean todos iguales, es decir, los cuadraditos que componen la esfera. Las transformaciones no vienen de ellos, sino de los elementos exteriores, si hay más o menos aire, si es el amanecer o la mañana, si está nublado o entra el sol, en la noche con luz artificial. La obra recoge esas situaciones y las transmite.



