Crítica

Hillbilly, una elegía rural: los montañeses que buscan un Oscar

Tres consagrados referentes del cine y una historia real que conmovió al público norteamericano sonaba como la fórmula de una gran película pero la crítica la destrozó

Tres consagrados referentes del séptimo arte y una historia real que conmovió al público norteamericano sonaba como la fórmula de una gran película o un gran éxito. Eso se esperaba de Hillbilly, una elegía rural (estrenada el 24 de noviembre en Netflix), pero la crítica la ha destrozado. Ellos son el director Ron Howard (Apolo XIII, Una mente maravillosa, Frost/Nixon), Glenn Close y Amy Adams. Tal fue el impacto de la prensa especializada que Adams se sintió en la obligación de defender el filme en los medios.

¿Qué pasó con esta producción, que muchos auguraban que estaría en la danza de los Oscar? En primer lugar, es entendible que la prensa del país del Norte no viera con buenos ojos este retrato de los Estados Unidos rural, que va en contra del sueño americano que tanto se celebra. Aquí los autos son viejos, los empleos precarios y la pobreza es una amenaza constante en la vida de JD Vance (Gabriel Basso), un ex marine del sur de Ohio, autor en la vida real del libro que inspiró esta cinta.

Muy bien encaminado para conseguir el empleo de sus sueños luego de estudiar Abogacía, con todo el esfuerzo económico que eso implicaba, el joven tiene que poner en pausa sus ambiciones después de que un llamado lo conmina a volver por un problema familiar y desencadena un viaje a su pueblo natal y a sus más dolorosos recuerdos.

Y aquí es donde el director empieza a perder el rumbo, porque si bien desde el mismo título (Hillbilly significa “montañés”, vocablo que se usa de manera ofensiva) promete indagar en la discriminación, en este caso no por motivos raciales, sino por la marginalidad de la falta de educación y recursos, eso se queda a mitad de camino. Howard se centra en el drama familiar, sobre todo en el de la madre de JD, que ha sido una adicta durante muchos años (el personaje de Adams). A partir de esa travesía, la línea temporal oscila entre 1997 -en la infancia del protagonista- y 2010, el relato de la vida actual de JD. La etapa de la niñez pone el acento en la violencia en la que crecieron DJ y su hermana Lindsey, aunque el niño encuentra en su abuela materna (Glenn Close) el apoyo necesario para sobrevivir.

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Y no es que Howard no preste atención a los detalles. Por ejemplo, en una fiesta familiar se ve a Lindsey lavando cubiertos de plástico, descartables, símbolo inequívoco de que el sueño americano no es para ellos.

Lo mejor de la cinta son las actuaciones, sobre todo la de Close, un personaje construido desde lo físico (al final del filme se muestran fotos de las personas reales), en las antípodas de una imagen glamorosa: encorvada, arrugada y fumando sin tregua. Mejor hubiese sido el destino de las dos actrices protagonistas con un guion que diera más vuelo a las voces de esa “Norteamérica profunda” que pocas veces se retrata, pero las dos sortean el obstáculo al construir con honestidad sus personajes.

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Tal vez el Oscar, tan afecto a los personajes que implican enormes transformaciones corporales en los intérpretes, le haga un guiño a Close, de los tantos que le ha dedicado, aunque es difícil que a Ron Howard le pase lo mismo.

Hillbilly, una elegía rural: Una película de Ron Howard | Tráiler oficial | Netflix

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