En micros, combis y autos particulares, con la entrada en la mano o por comprar, la "misa" del ex Redonditos de Ricota congregó a tonadas de varias provincias y países sudamericanos.

Fanáticos de todo el país, hasta de México y Uruguay llegaron para ser parte del pogo más grande

Enrique Pfaab

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SAN MARTÍN– Mariana tiene 33 años y vive en Monterrey, México. Viajó a la Argentina con un solo objetivo: venir a la Zona Este para ver al Indio Solari. “Me junté con algunos amigos argentinos y acá estoy”, cuenta, mientras se fotografía junto al grupo cerca de una parrillita en la que se cocina una tira de asado.

El de Mariana no es un caso tan extraño. Hay varios fanáticos que llegaron de otros países. Matías es uruguayo. La mayoría de los foráneos viene de esa tierra rioplatense.

Pero también hay chilenos, bolivianos, peruanos y paraguayos.

En el Agnesi, donde se concentró la mayoría del público antes de ingresar al autódromo para escuchar al Indio, se escuchaban decenas de tonadas diferentes. Hay gente de todo el país. Es cierto que la mayoría son bonaerenses, pero también hay muchos neuquinos, salteños, misioneros, santafesinos, cordobeses, puntanos, sanjuaninos, tucumanos, rionegrinos…

Muchos llegaron con sus entradas ya compradas, en auto particular o en alguna combi contratada. Otros recién las compraron horas antes del recital. Las boleterías funcionaron sin inconvenientes, en forma ágil.

Tampoco hubo urgencia para hacer la fila e ingresar sino hasta media tarde. Antes, todos han estado muy ocupados en la previa, una de las experiencias más ricas y fuertes de la “misa india”.

Caídas, borracheras y punto

En el hospital Perrupato, su director, Gustavo Patti, confirmó que hasta la tarde solo habían tenido que atender a tres personas. Dos habían sufrido traumatismos en caídas accidentales. La otra había bebido demasiado. Nada más.

En las comisarías también estaba tranquilo y en el parque apenas se sabía de alguna pelea esporádica. “(El viernes) hubo dos que se querían pelear. Todo se terminó antes de empezar, cuando uno de los rivales se quiso sacar el cinto, se cayó al suelo y se quedó durmiendo en el pasto”, contó un funcionario municipal que trabajó en el parque.

En la ciudad, los comercios trabajaron como cualquier sábado y no hubo denuncias por disturbios o delitos. Algunos ricoteros con plata aprovecharon para desayunar, almorzar y tomar algo caliente.

Vender para vibrar después

Mucha gente junta es buen sitio para vender. Gorras, remeras, una petaca de whisky, un fernet y una coca, banderas, “¡A lo chorriiii…!!”, y hasta una tira de cinco preservativos para que no ocurran descuidos.

Todo es un buen negocio. Lo llamativo es que algunos vienen para vender, pero muchos llegaron para vender primero y vender después. “Me banco con esto. Vendo unos choris y algunas cervezas, y con lo que gano me pago el gasto del viaje y la entrada”, dijo Juan Carlos, de 40 que llegó de Ramallo, y dice que sigue al Indio “desde siempre” y que en cada recital tiene el mismo plan.

Muchos hacen lo mismo. Compran algunas botellas y las revenden. No es mucha la diferencia, pero alcanza.

Los puesteros locales se han sentido incómodos con esto. Ellos pagaron para instalarse y los ubicaron lejos de los accesos. Los experimentados aseguraban que venderían todo. Ojalá haya sido así.

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