Por Alicia Contursi. Este 21 de diciembre de 2014, a los 81 años, nos dejó Horacio Arturo Ferrer Ezcurra poeta, letrista e historiador, presidente de la Academia Nacional del Tango, fundada por él en 1990.

El último poeta del Tango

Por UNO

Por Alicia ContursiAstróloga

“Mi penúltimo whisky quedará sin beber (“Balada para mi muerte”)

Este 21 de diciembre de 2014, a los 81 años, nos dejó Horacio Arturo Ferrer Ezcurra poeta, letrista e historiador, presidente de la Academia Nacional del Tango, fundada por él en 1990.

Y tal como el Tango, pertenecía a las dos orillas del Río de la Plata, con su padre uruguayo y su madre argentina.

Geminiano, nacido en Uruguay el 2 de junio de 1933, nacionalizado argentino, siguiendo quizás el mandato de esos genes que le venían de Alicia Ezcurra, su madre, sobrina biznieta de Encarnación Ezcurra, la esposa de Juan Manuel de Rosas.

Compuso la letra de más de doscientas canciones, escribió varios libros de poesía y el guión de la “Operita” “María de Buenos Aires”, “El tango, su historia y evolución, en 3 volúmenes y “El siglo de Oro del Tango”, entre otras importantes obras.

Fue el gran colaborador de Astor Piazzolla. Juntos en 1969 marcaron un quiebre en la música ciudadana con su célebre “Balada para un loco”

“Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao, / No ves que va la Luna rodando por Callao / y un coro de astronautas y niños, con un vals, / me baila alrededor... ¡Vení!, ¡Volá! ¡Sentí!”

La revolución romántica del Tango de los años 40, con los grandes poetas Homero Manzi, Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo, mi padre José María Contursi y Homero Espósito como principales exponentes, llegaba a su fin y se abría una nueva forma estética.

Se acababan los grandes poetas populares tangueros, haciendo la excepción de Eladia Blázquez, que produjo su obra en los 70.

Su madre y su abuelo eran aficionados a la poesía y habían conocido personalmente a Rubén Darío, Amado Nervo y Federico García Lorca. Conocedor no sólo de la Historia, también de las Artes Plásticas, se casó con la pintora Lulú Michelli, "la mujer de la que soy el hombre", según sus palabras.

Tenía un magnetismo especial cuando recitaba sus versos. Fue una innovación más que hizo a la cultura rioplatense. Había aprendido a recitar de su madre y ésta de Alfonsina Storni. Tenía un decir propio y se permitía hasta pergenear vocablos; "Bandoneonía", "misticordia", "tristería", La esencia tanguera persistía. Nuevo vino en odres viejos

“Siguió la tarde fraseando sus propinas. /Los años se gastaron. Tangamente, / la vida hizo su solo de rutina. / Solo y espera” (Romancero canyengue)

Queda para siempre en sus versos, en su “Chiquilín de Bachín” en su “Ultima grela” (fatal, canyengue y sola / taqueando entre la pampa tiniebla de los puchos.) y en su “Balada para mi muerte”, que hoy cobró vida

“Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, / guardaré mansamente las cosas de vivir, / mi pequeña poesía de adioses y de balas, / mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín. / Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba, /mi penúltimo whisky quedará sin beber, / llegará, tangamente, mi muerte enamorada, / yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.”

“Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, / que es la hora en que mueren los que saben morir. / Flotará en mi silencio la mufa perfumada / de aquel verso que nunca yo te supe decir. / Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia, / como sombras fugadas de un cansado ballet, / repitiendo tu nombre por una calle blanca, / se me irán los recuerdos en puntitas de pie.”

Adiós y gracias, maestro, último gran poeta del Tango.