Por Selva Florencia Manzur
Más de una vez lo han tildado de inclasificable. Más de una vez lo habrán creído un gringo por lo que canta en inglés. Y más de una vez su estilo ha despertado curiosidad y preguntas. Todo porque la música de Kevin Johansen es, a priori, ecléctica.
Posee la capacidad de arrancar un disco con un tema intimista y romántico, como Amor tinto, y continuar con un carnavalito como Baja la tierra. Con esa fórmula se abre la puerta para escuchar el primer disco de Bi, llamado Jogo (Subtropicalia), que tuvo la coproducción de Javier Tenenbaum y Osqui Amante. Fogo (pop heart), la segunda parte, fue producida por Tweety González y es en la que se mete de lleno en su herencia anglosajona, cantando en inglés y hasta versionando a David Bowie.
Son 29 canciones con las que Johansen y su guitarra navegan por tangos, sonidos brasileños, folclóricos y jazzeros. Al barco se suben varios pasajeros invitados, como Lila Downs, Rubén Rada, Natalia Lafourcade, Daniela Mercury y Lisandro Aristimuño. Toda gente que fue “conociendo en estos años”, aclara él.
En la tapa del disco aparecen sus padres, como terminando de oficializar eso que todos ya saben: que Johansen y su música están determinados por la dualidad de tener una madre argentina y un padre estadounidense.
A bordo del “Bitour”
El artista, nacido en Alaska, está de gira por el continente mostrándole lo mejor de Bi a su público y mañana llega al teatro Independencia junto con su banda, The Nada, que lleva una década acompañándolo en esta aventura de ritmos y fusiones. El recorrido continuará por Venezuela, Perú, México y varios países más del continente americano, esa tierra de la que él asegura salen todos sus sonidos.
Mientras viaja por ruta hacia San Rafael, donde tocó el viernes, Johansen le contó a Escenario & tendencias cómo nació la idea de un disco doble, reafirma su condición de cancionista y confiesa que gracias a sus hijas está muy familiarizado con la música de Katy Perry y Adele. Por algún motivo, que él también escuche a esas divas no sorprende. Después de todo, su música es el resultado de escuchar de todo y a todos.
–En Bi, grabaste versiones muy particulares de Modern Love, de David Bowie, y Everybody Knows, de Leonard Cohen…–Cuando uno elige un tema conocido como esos dos, lo que tenés que hacer es sacarlos de contexto. Yo escuchaba Everybody Knows y escuchaba un tangazo y justo se dio la oportunidad de trabajar con la orquesta El Arranque y quedó una versión buenísima. Con Modern Love también, me gustó la idea de llevarla a un lugar donde le bajás los decibeles, porque era muy ochentosa y acelerada, y, de golpe la bajamos a un tema más country. Eso tuvo sus réditos. Es lindo descubrir que esas canciones son eternas también.
–En este disco hay ironía, algo que solés usar bastante, y contradicciones. Queda claro una vez más que te encanta jugar con las palabras…–Sí, tal cual. Yo digo que soy muy titulero, pero porque la tarea de los cancionistas es siempre conjugar sonoridad con sentido, siempre estamos intentando encontrar la palabra perfecta: que suene musical pero que a la vez tenga sentido. A veces, lográs una cosa y no la otra, o viceversa. Pero en todos mis discos podés encontrar eso. Los títulos mismos o el hecho de escribir The Nada con “T-H-E”, por ejemplo, o discos como Sur o no Sur, que habla de ser o no ser, o Citi Zen, que habla de ser en la ciudad, y con este último, Bi, te das cuenta de que es algo que me gusta hacer.
–Pero también te gusta dejar al público pensado en qué quisiste decir en realidad…–Sí, obvio. Me parece que es un juego que tenemos con el público siempre. A mí me pasa eso, con una canción que no es mía y que de golpe hay una frase que te llama la atención, algo que te engancha, como el anzuelo al pez. Ese es un juego que tenemos que tener los compositores con el público y a mí me encanta. La fantasía básica de cualquier cancionista es que la señora que está barriendo la vereda o el pibe que está jugando al fútbol tararee una melodía tuya. Eso te hace sentir que la tarea está cumplida, ahí sentís que lograste algo con esa idea.
–Hablame un poco del camino que recorrió Bi, porque no nació como un disco doble…–Inicialmente hubo una intención de hacer tres patas de Logo, que fueran Jogo y Fogo. Tengo mucho material de archivo, porque, como siempre digo, durante muchos años fui más que artista de culto un artista oculto. Sobre todo en mi época en Nueva York, del ’90 al 2000. Mucho de ese material quedó en Fogo. Ahí rescato el cantar en inglés y aprovecho para usar esa esencia más anglosajona. Fue un proceso que empecé en 2009 y en el medio salió el DVD Vivo en Buenos Aires, que me permitió mucho viajar por Latinoamérica y Europa. Cuando volví en 2011 empecé con el otro disco, que es más rockero y hasta pachanguero. Se barajó la idea de sacar uno primero y el otro después, pero al final preferimos hacerlo juntos.
–Y todo cerró cuando apareció la foto de tus padres…–Claro, apareció mi hermana con esa foto de mis padres de jóvenes y me pareció interesante para representar Bi... Bisexual, bilingüe y que todos somos hijos de un padre y de una madre. Me gustó la idea de que un disco fuera la madre y otro el padre, me sirvió para que se entendiera bien la idea.
–¿Fue difícil que la discográfica aceptara hacer un disco doble?–No. Creo que como hacía tiempo que no hacía un disco de estudio, como cuatro o cinco años, hacer dos de un solo saque estaba bien para devolverle a la gente un poco de material fresco. Lo que nos puso contentos es que ha tenido una gran respuesta de la crítica y de la gente. Ya sea por Twitter o por todas esas cosas nuevas que existen, nos ha llegado que a la gente le gustó. Además, llegó al número uno en iTunes. Estamos muy contentos con el resultado.
–Por lo general, se usa la palabra “inclasificable” para describirte como músico ¿es buscado eso? ¿Te proponés, antes de cada disco navegar por tantos estilos?–Es algo que se da. Yo disfruto la música toda. Gusto de todos los géneros y, a su vez, mi género es la canción y cuando te pasa eso tenés que ser muy abierto respecto a qué estilo le cuadra a qué historia. Porque estás contando algo, la canción es un cuento musical, es una pequeña película de tres o cuatro minutos. De repente te puede servir una chacarera y de repente una balada, o un estilo más brasileño o uno más yanqui. El aprendizaje es lo más rico que forma a un músico, tampoco es que voy a intentar música china o hindú. Trabajo con los géneros que conozco, con los sonidos de las Américas, del Sur al Norte. Esa es mi esencia.
–Con 29 canciones nuevas, ¿cómo hacés para elegir qué temas mostrar en los recitales?–Uno se va dando cuenta. Inclusive, a veces, el público te las pide y te preguntan por qué no tocás determinada canción y ahí te das cuenta de que tocaste un nervio en la gente y no te percataste. Eso es lindo también. Lo más bonito que te sucede es cuando una canción que nunca fue corte o no tuvo video te la pide la gente. Esa es por ahí la canción más fuerte, la que más perdura en el tiempo.
–¿Cómo armás el setlist para cada recital?–Siempre hay un esqueleto firme, pero me gusta mucho, más allá de que sea variado, que el set sea bastante tántrico, donde todo explote hacia el final y que haya una pausa en el medio. Ir emocionándose o que, de golpe, puedan bailar un tema o meditar sobre una letra. Es compartir, conectar. Siempre comparo un show en vivo con una fiesta o una reunión que uno hace en su casa, los primeros 20 minutos estás preocupado por ver si todos tienen todo y están bien. Dar un show es ser anfitrión. Disfrutar de recibir a la gente del mejor modo, que suene bien, que estén cómodos y hacia la mitad relajarse y gozar.
–Decís que te gusta contar historias, ¿las buscás vos o ellas te encuentran?–Las dos cosas. Creo que cuando uno se emociona con alguna idea es porque te puede servir. Puede ser una armonía o una frase que se te ocurre, es un sentimiento que puede tener vida y puede llegar a emocionar a otra persona. Es muy misterioso el proceso y a mí me gusta también no saber del todo cómo es que sale. Hay como un momento de hipnosis o trance y, de golpe salió la idea.


