Teatro

El arte de hacer fácil lo complejo: Mauricio Dayub se presentó a sala llena con "El Equilibrista"

El actor deslumbró con su multipremiado unipersonal: una historia tan personal como universal que combina humor, emoción física y una destreza escénica magistral.

Mauricio Dayub volvió con su multipremiada obra "El Equilibrista" a Mendoza. Lo hizo este sábado en el Teatro Mendoza ante una sala llena que lo aplaudió de pie.

"El Equilibrista" es un unipersonal escrito por Dayub con la colaboración de Patricio Abadi y Mariano Saba que cuenta la propia historia de Dayub. Pero a la vez narra la historia de muchos descendientes de italianos en particular e inmigrantes en general, con la inevitable mirada crítica al argentino promedio.

La propuesta congenia perfectamente agilidad, humor y profundidad. Es decir, no le hace falta solemnes soliloquios o intensas escenas para que los superentendidos en arte levanten su pulgar. Además la puede ver -y principalmente disfrutar- cualquier persona que tenga más de 12 años, aunque sea la primera vez que se sienta en la butaca de un teatro.

El equilibrista 2

Los recursos técnicos y escenográficos que utiliza Dayub sobre el escenario son simples, originales, inteligentes, graciosos y efectivos. Desde la pantalla de video de fondo hasta el skate que sirve como medio de transporte en la etapa joven del actor, que luego es el taxi en el que su novia se va con otro.

El humor es otro de los puntos altos de esta obra. Es abundante, popular e inteligente a la vez, no se priva de meter una puteada que da risa solo por eso, pero también clava una daga que recuerda lo zonzos que solemos ser los humanos. Y reírse de uno mismo es de lo más inteligente que podemos hacer.

La precisión con la que el artista va conjugando cada uno de los elementos en escena para llevar adelante la historia de sus abuelos, su padre, su yo joven, sus tíos (el árbitro de fútbol y el bañero) y sus familiares italianos, para finalmente contar una sola historia, la de él y la de muchos, es magistral. El actor demuestra una concentración tremenda, tan imponente como su coordinación para los cambios de vestuario -siempre en escena- y una actuación física que no cualquiera puede llevar adelante.

No hay forma de ver esta obra sin una sonrisa de principio a fin, pero también con momentos anudados en la garganta y alguna lágrima que humedece un poco los párpados.

Tampoco hay forma de salir del teatro sin saber que la entrada valió cada peso que el espectador desembolsó.

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