Robert Anthony De Niro (Nueva York, 1943) es una estrella que surge en un Hollywood -finales de la convulsa década de los sesenta y principios de la descreída de los setenta- en el que el brillo de los astros de la pantalla parecía condenado a declinar frente al creciente reconocimiento artístico a los directores y escritores.
Muchos habían vaticinado la muerte del llamado star system, pero como en tantas ocasiones, los agoreros resultaron ser poco más que nostálgicos. De hecho, el modelo que entonces reemplazó el funcionamiento de los estudios en el Hollywood clásico y que sigue en vigor hizo mucho más poderosas a las estrellas.
Coetáneo de una generación de directores que cambiaría las formas de hacer cine, De Niro unió desde el principio su carrera a un grupo de amigos cineastas que ya por entonces trabajaban de la mano compartiendo su pasión por el cine y su empeño en llevar el medio a nuevos discursos y formas.
Un Brian De Palma que aún no era gran cosa fue el descubridor de este italoamericano con lunar y sonrisa expansiva, pero muy poco después un amigo de De Palma llamado Martin Scorsese sería el encargado de convertir a De Niro en un rostro conocido y respetado en todo el mundo, al tiempo que conseguía ese reconocimiento para sí mismo.
Malas calles (1973), Taxi driver (1976), New York, New York (1977), Toro salvaje (1980), El rey de la comedia (1983), Goodfellas (1990), El cabo del miedo (1991) y Casino (1995) son los títulos que Scorsese y De Niro rodaron juntos, antes de que el cineasta encontrara en Leo DiCaprio su nuevo protagonista predilecto.
La carrera de De Niro no conoció la progresividad. En la década de los setenta no sólo se convirtió en una estrella por la popularidad de sus títulos, sino también por su trascendencia para la historia del cine. De esos años, TCM, que celebra su septuagésimo cumpleaños (17 de agosto) con un pequeño ciclo la noche de los viernes, programa el 16 de agosto Taxi Driver, película cuyo retrato de los crecientes nihilismo y alienación que comenzaban a vivirse en la América post-Vietnam causó verdadero impacto social y conmocionó a las audiencias en los mismos términos en los que años después lo haría David Fincher adaptando la novela de Chuk Palahniuk El club de la lucha (1999), con la que comparte ese intrigante retrato del narciso violento: la escena del joven Robert De Niro desafiándose, armado, ante el espejo es indiscutible parte de la historia del cine.
A ese mismo periodo corresponde El cazador (1978), de Michael Cimino, con la que TCM abrió anoche su ciclo -y que reemitirá durante todo este mes-, una de las primeras aproximaciones a la guerra de Vietnam de verdadera crudeza, al menos dentro del cine de los grandes estudios, en la que se incorporaba además una de las evidencias que desde entonces han venido incordiando a la opinión pública estadounidense: a partir de le guerra de Corea, a los conflictos bélicos acuden los estratos sociales más humildes de la sociedad norteamericano; en el caso que nos ocupa, alienados trabajadores siderúrgicos de Pennsylvania.
Ganador del Oscar por El padrino II (1974), de Coppola y por Toro salvaje (1980), de Scorsese, De Niro entrará en los años ochenta pleno de prestigio. Cuando fue requerido por Roland Joffé para La misión (1986), De Niro ya había trabajado con Bernardo Bertolucci en Novecento (1976), Sergio Leone en Érase una vez en América y con Terry Gilliam en Brazil (1985). La película de Joffé -que TCM estrena el 23 de agosto- se centra en los efectos que tuvieron en la población indígena y en los misioneros jesuitas las pugnas entre las potencias coloniales de España y Portugal por el tráfico de esclavos en el río de la Plata, y el modo en que el Vaticano antepuso su interés político a los de las misiones y la población guaraní. La cinta -genuina plasmación de los postulados de la teología de la liberación- avivó un debate, muy intenso por entonces en la comunidad cristiana, sobre el giro romano tras el Concilio Vaticano II. La bronca pública de Juan Pablo II al sacerdote Ernesto Cardenal en 1983 y el proceso abierto en 1985 contra Leonardo Boff, ambos conspicuos teólogos de la liberación, rubricaron la derrota de este grupo católico, de modo que muchos vieron en la película de Joffé una alegoría de aquella derrota de la iglesia latinoamericana en beneficio de la geopolítica europea y en la que Rodrigo (Robert De Niro) representaba la opción de la lucha armada.
Con los años, De Niro, que ha interpretado a personajes violentos, desequilibrados o atormentados, se ha inclinado hacia un cine de tono más relajado. Las comedias familiares -padre o suegro es su nuevo papel favorito- han puesto de manifiesto su notable perfil cómico -este año ha sido candidato al Oscar por El lado bueno de las cosas-, pero también su inclinación a la autoparodia: En Una terapia peligrosa (1999) caricaturiza sus interpretaciones de mafioso, sobre las que ya ironizaba en La chica del gangster (1993). En este periodo autorreferencial encaja Nadie es perfecto (1999), de Joel Schumacher, -viernes 9 de agosto- en la que da vida a un policía de ultraderecha que tras un derrame cerebral entabla amistad con un vecino travesti, parábola de cómo lo banal descompone lo tremendo.

