A los 47 años, Yvan Conna lleva vividas varias vidas. Nació en Brooklyn, Nueva York, en el seno de una familia mendocina que había emigrado en los '60. Su padre, Luis, mecánico en Toyota; su madre, Nelsa Benedetti, costurera en Christian Dior. Y él, arquitecto, docente, músico, poeta, dibujante y viajero incansable, toma al arte como segunda piel.
El hijo del mecánico y la costurera que convirtió su vida en una obra de arte y arquitectura
Desde Nueva York a Mendoza, la vida del arquitecto, docente y viajero incansable Yvan Conna transcurre entre planos, acordes, versos y pinceles
Yvette, su hermana mayor, es abogada y reside en Córdoba. Yvan elige Mendoza, donde comparte su vida con Érica Gogolla, su compañera de ruta desde hace más de 15 años. A ella le dedica una sonrisa cómplice cada vez que habla de sus obras: es quien suele registrar con su cámara los recitales, las exposiciones, los proyectos arquitectónicos y los momentos más espontáneos de su prolífica actividad artística.
Conna es arquitecto, pero se resiste a definirse sólo por eso. "No siento que mi formación en la arquitectura sea la única, aunque es a lo que más me dedico profesionalmente. El arte me ha ido nutriendo siempre desde todos los aspectos de mi vida", asegura con voz serena, pero con una intensidad que brota en cada frase.
En su estudio, entre maquetas y cuadernos de croquis, se cruzan mundos: el técnico y el poético, el urbano y el íntimo. "Siento que tengo que ir haciendo algo relacionado al arte -dice en entrevista con Diario UNO-. Dibujo, pinto, escribo y estoy tocando o haciendo música a la par de la arquitectura".
Y es tal cual: en su obra se entrelazan todos esos lenguajes como si fuesen uno solo. En su departamento, ubicado en el corazón de la capital mendocina, fusiona su estudio de arquitectura con la intimidad de una vida que respira arte.
Identidad repartida del arquitecto entre Nueva York y Mendoza
Desde la ciudad más cosmopolita del mundo, Nueva York (Estados Unidos), y siendo un niño, con su familia inició su primera etapa de vida en Mendoza. Corrían los primeros años ’80 y el clima social en Argentina era hostil para quienes venían del exterior.
“Fue una época difícil, de preguerra de Malvinas, y el nacionalismo era muy fuerte. Me costó insertarme, sentía que era estadounidense, porque lo era y porque me lo hacían sentir”, recuerda el arquitecto de su infancia al comenzar la escuela primaria.
Aun así, encontró en Mendoza una tierra fértil para echar raíces. “Cuando volví, ya de grande, lo hice por un casamiento. No pensaba quedarme, pero me enamoré de la ciudad, me contacté más que nunca con mis amigos, con la vida acá".
"Elijo Mendoza, pero al mismo tiempo tengo mi corazón en Estados Unidos, por Nueva York, por Brooklyn. Siento un profundísimo amor por los dos lugares".
Ese amor se traduce en viajes frecuentes y en un lazo constante con su pasado. “Siempre tuve muy fuerte esa sensación de lo americano, de hecho sigo en contacto con amigos de Nueva York y no puedo despegarme de mi barrio en Brooklyn", reconoce.
"Viajo lo más que puedo por el mundo y en esos viajes dibujo, escribo. Tengo más de 10 cuadernos de croquis de ciudades recorridas”, cuenta el viajero errante, a quien no le ha quedado rincón por conocer de Latinoamérica, buena parte del Caribe y unos 9 países de Europa.
El arquitecto se expresa en versos
Su primer libro, El naufragio de la noche, nació en 2008 casi sin quererlo. Lo escribió en sus viajes de placer, a mano, en los márgenes de cuadernos. Luego vendría Exilios de un corazón, una obra en la que logró entrelazar su poesía con sus ilustraciones.
Prolífico, inquieto y versátil en sus modos de expresarse, de transmitir mensajes y emociones, el arquitecto tiene tres libros más escritos, esperando su momento de publicación.
De todos modos, asegura: “No parto con el objetivo de mostrar lo que hago. Lo hago porque lo necesito. Después se da naturalmente que haya exposiciones, presentaciones en bares o que suba mi música a Spotify. Pero la motivación no es la exhibición, sino el deseo de compartir y de comunicarme”.
Música que vibra en las venas del arquitecto
La guitarra lo acompaña desde su adolescencia, cuando a los 16 años escuchaba a los Guns N’ Roses "y me pregunté qué emoción sería poder tocar eso que me hacía sentir tanto. Ahí empecé”.
No obstante, fue en la pandemia cuando esa pasión por la música recobró protagonismo en su vida. Lo convocaron para grabar con Saltando y Cabeceando, una banda de ska integrada por 9 músicos de los más diversos oficios: médicos, bioquímicos, docentes, comerciantes. Hoy llevan ya cuatro años tocando juntos en bares y festivales de Mendoza.
"Es muy emocionante poder hacer cosas que a uno le hacen bien, que lo disfruta, y al mismo tiempo crear algo con un mensaje para compartir".
Como si eso no alcanzara, hace un año el arquitecto dio vida a Porfiados, una banda de rock alternativo con identidad propia.
“Nos juntábamos a tocar hasta la madrugada con amigos que venían de otros grupos. Un día dije: ‘¿y si lo hacemos en serio?’ Así surgió. Ya estamos por grabar los primeros temas para subirlos a Spotify”, anticipa con entusiasmo.
El arquitecto tocaba sus canciones en trenes de Nueva York
Al salir de la escuela secundaria, Yvan Conna se propuso seguir la universidad en su lugar de origen, Nueva York. Y en ese plan partió. Hasta que se topó con la realidad.
"Fue impagable, no había manera, estuve cuatro meses, me volví y empecé la facultad acá, en la Universidad de Mendoza", reconoce quien a dos meses de obtener el título de arquitecto volvió a insistir con la ciudad de los rascacielos.
Pero fue en un pésimo momento, habían caído las Torres Gemelas: "Pasó un año y estaba haciendo lo que podía, tocaba mis canciones en los trenes de Nueva York, hasta que conseguí una beca para especializarme en Paisajismo en Virginia Tech University y después estuve trabajando allá como arquitecto".
Un artista que enseña, un docente que crea
Una de las grandes pasiones de Yvan Conna es también la docencia. Desde hace 25 años da clases en la Universidad de Mendoza, tanto en la carrera de Arquitectura como en la de Diseño.
Allí también investiga y forma parte de cátedras junto a colegas y amigos como Soledad Bermejo, quien lo invitó a sumarse en sus comienzos. Comienzos que se dieron por casualidad, según revela, cuando instalado en Nueva York vino a Mendoza para un casamiento y no regresó.
"Me quedé inesperadamente, empezaron a suceder cosas acá y me reencontré con la Sole que me ofreció sumarme a su cátedra en la facultad; ahí estoy desde entonces", cuenta el arquitecto.
"La docencia también es algo que me apasiona profundamente. Enseñar es, en sí mismo, un arte".
Su formación lo llevó por universidades de renombre: se especializó en Paisajismo en la Virginia Tech University y realizó una maestría en Arquitectura y Urbanismo en la Universidad de León, España.
Además, dejó su huella arquitectónica en la zona metropolitana de Virginia, Maryland y Washington DC, en Estados Unidos, antes de asentarse en Mendoza.
Hijo de un mecánico de Toyota y una costurera de Christian Dior
Yvan Conna, sin antecedentes familiares en el mundo de la arquitectura o del arte, habla con orgullo de sus padres mendocinos. Sobre todo de la experiencia de vida que les dejó Brooklyn al instalarse en los '60.
De su papá Luis, mecánico de autos, recuerda la lucha incansable al emigrar a Estados Unidos: llegó a Nueva York sin saber inglés, consiguió trabajo en Mercedes Benz y luego fue jefe de taller en Toyota, gracias a su capacidad para reparar lo que otros descartaban.
“Tenía esa mentalidad argentina de arreglar, no de cambiar”, dice. Al volver a Mendoza, Luis montó su propio taller. Tras su fallecimiento en 2019, Yvan y su familia transformaron ese espacio en dos locales comerciales que hoy alquilan. Y lamenta no haber aprendido nada de mecánica: "Soy un desastre con los autos, sólo iba al taller de papá a trabajar los veranos para juntar plata y poder comprarme una guitarra".
Su madre, en tanto, fue costurera de Christian Dior. “Cosía cinturones y carteras. Era un trabajo muy específico y lo hizo hasta que nací yo. Ahí decidió quedarse en casa para cuidar de mí y de mi hermana, 7 años mayor que yo, antes de volverse a Mendoza”.
El arte, dice Yvan, no fue algo que se respirara en su infancia, salvo por su papá melómano. Tuvo un primer acercamiento al dibujo a través de las historietas de Condorito que reproducía en hojas del colegio.
Cuando a los 12 años acompañó a su hermana a la casa de un amigo -que hoy es arquitecto y vive en Miami- y lo vio trabajar con maquetas, algo se encendió.
“Ahí supe que quería estudiar arquitectura. Y lo sostengo hasta hoy”, afirma.
Versatilidad en estado puro
Yvan Conna es de esos artistas que no caben en una sola categoría. Su vida es un ejercicio constante de exploración y creación. Pinta, escribe, diseña, enseña, canta y compone.
Y lo hace todo con una naturalidad que conmueve. “El arte me ha ido nutriendo siempre desde todos los aspectos de mi vida”, dice el arquitecto.
Quizás ahí resida su verdadero talento: en saber escuchar esa voz interior que le pide hablar, ya sea a través de un acorde, una palabra escrita o una línea de horizonte dibujada en un cuaderno de viaje.












