Ya empieza a haber alguna coincidencia entre economistas de diverso pelaje acerca de que uno de los logros económicos del primer año de la gestión de Mauricio Macri no fueron los "brotes verdes del segundo semestre", sino el de haber evitado una crisis económica mayúscula.
La gestión anterior le dejó servido en bandeja al gobierno de Cambiemos un escenario para que se cayera en la "clásica" necesidad de un shock con devaluación brutal, que devendría en una fortísima caída del poder adquisitivo, algo parecido a lo ocurrido en 2002.
Si realmente hubo "brotes verdes" estos se dieron en el primer semestre del año y no porque en ese lapso mejorara la economía, sino porque se sentaron las bases políticas para no caer en las recetas clásicas del ajuste ortodoxo.
No se tomó ese atajo, que seguramente hubiera favorecido al relato del kirchnerismo, y se optó por "hacer política" con un gradualismo medido día a día, que le está permitiendo a Macri llegar a 2017 con mejores perspectivas para concretar un discreto crecimiento económico, que algunos ubican en torno al 3%.
Los analistas coinciden en que el campo va a seguir creciendo (se habla de entre el 8% y el 10%) con un fuerte impacto en las ciudades del interior y se asegura desde el Gobierno que la obra pública será la otra gran locomotora, al crear entre 100.000 y 130.000 puestos de trabajo.
¿Y las cacareadas inversiones que llegarían del sector privado?
Ha quedado comprobado que Macri puso una expectativa excesiva en ellas. Si bien es cierto que en el mundo hay mucha plata en danza, los que la tienen no comen vidrio.
Para que vengan los dólares, el Presidente va a tener que demostrar que puede domar la inflación, que el déficit fiscal no se va a seguir engrosando, que va a lograr un tipo de cambio más competitivo y que el Gobierno va a poder consensuar con los gremios.
Macri parece haber entendido que primero se deben tener en claro las prioridades políticas para poder clarificar después el rumbo económico.

