Guerra bacteriológica

Los oscuros secretos de la Unidad 731

Las cicatrices de los crímenes de guerra japoneses siguen abiertas 80 años después

Un episodio doloroso de la historia de China se dio a conocer públicamente en Hangzhou, provincia de Zhejiang, con la lectura de la confesión de un criminal de guerra japonés. Wang Xuan, de la Sociedad Histórica Provincial de Zhejiang, leyó el testimonio, que sirvió como prueba de la guerra bacteriológica llevada a cabo por el ejército japonés en China en las décadas de 1930 y 1940.

Wang es experta en la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa (1931-1945) y directora del Centro de Investigación de Archivos sobre Armas Biológicas en Yiwu.

Este año se cumple el 80° aniversario de la victoria en la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa y la Guerra Antifascista Mundial. Zhejiang fue una de las regiones más afectadas por el programa de guerra bacteriológica del ejército japonés.

La aldea de Chongshan, en Yiwu, lugar de origen de Wang, fue una de las zonas más golpeadas por la peste, producto de ese programa.

En 1940, la Unidad 731, el destacamento de guerra bacteriológica del Ejército Imperial Japonés, liberó pulgas infectadas con peste bubónica en el condado de Quxian. El brote se extendió rápidamente a Yiwu y, durante los cuatro años siguientes, afectó a más de 80 aldeas y causó más de 1.300 muertes.

Wang contó que supo por primera vez del programa de guerra bacteriológica de Japón en 1995, cuando trabajaba en la empresa comercial de su esposo en Japón y leyó un artículo en un diario.

Con el apoyo de su marido, renunció a su empleo y se dedicó por completo a la campaña para exponer los crímenes de la Unidad 731. Hoy, a sus 73 años, se ha convertido en una de las mayores expertas de China sobre el uso de armas biológicas por parte de Japón durante la Segunda Guerra Mundial.

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Visitantes recorren la Sala de Exhibición de Evidencias de los Crímenes Cometidos por la Unidad 731 del Ejército Imperial Japonés, situada en Harbin. LIU YANG / PARA CHINA DAILY

Visitantes recorren la Sala de Exhibición de Evidencias de los Crímenes Cometidos por la Unidad 731 del Ejército Imperial Japonés, situada en Harbin. LIU YANG / PARA CHINA DAILY

Comenzó su investigación reuniendo pruebas en Japón, contactando historiadores e investigadores para conocer los antecedentes de la unidad y recolectando material relacionado.

También visitó a veteranos del ejército japonés que habían participado en el programa de guerra biológica, en busca de pruebas directas. “La mayoría eran ancianos”, contó Wang.

“Algunos comenzaron a reflexionar sobre su pasado y estaban dispuestos a hablar. Recuerdo al primer veterano que entrevisté, tenía más de 80 años y vivía en un pequeño pueblo. Al principio estaba muy nervioso. Le dije que solo quería conocer la verdad y darla a conocer al mundo”.

“Tras guardar silencio un buen rato, el hombre finalmente habló”, continuó. “Describió la crueldad de los experimentos: cómo ataban personas vivas a mesas de operaciones, realizaban disecciones, inyectaban gérmenes e incluso hacían vivisecciones. Mientras hablaba, su voz temblaba, y en sus ojos se notaba el remordimiento”.

En 2002, Wang encabezó el mayor grupo de demandantes de China, con 180 integrantes, incluida ella misma, en una demanda contra el Gobierno japonés. El 27 de agosto de ese año, el Tribunal de Distrito de Tokio rechazó la solicitud de compensación tras unas 28 audiencias.

Sin embargo, por primera vez, el tribunal declaró que el uso de armas biológicas formaba parte de una estrategia bélica japonesa y que fue ejecutado por órdenes directas del mando central del ejército.

Durante los últimos 30 años, Wang ha colaborado con varios historiadores japoneses especializados en la Segunda Guerra Mundial, especialmente en el tema de la guerra bacteriológica. Uno de ellos, Shoji Kondo, entrevistó a unos 300 veteranos del Ejército Imperial Japonés, incluidos muchos asociados a su programa de armas biológicas.

“Los testimonios indican que se realizaron experimentos con bombas de ántrax sobre humanos en la sede de la Unidad 731 en Harbin, provincia de Heilongjiang, en el noreste de China”, afirmó Wang.

“Las personas eran atadas a estacas mientras las bombas, cargadas con bacterias de ántrax, estallaban en el aire sobre sus cabezas. Las esquirlas diseminadas por la explosión debían cortar la piel e infectar con el ántrax”, contó.

Al menos 3.000 personas fueron utilizadas en experimentos humanos por la Unidad 731, y más de 300.000 murieron en China a causa de las armas biológicas japonesas.

El 14 de agosto de 1945, las tropas japonesas de la Unidad 731 huyeron de China. Pero antes de abandonar el país, intentaron asesinar a los sobrevivientes chinos y destruir toda evidencia incriminatoria.

El 13 de agosto del año pasado, Hideo Shimizu, exintegrante de la Unidad 731, regresó a Harbin tras 79 años para reconocer los crímenes cometidos por su destacamento.

Con la cabeza gacha y las manos juntas, se paró frente al Monumento de Disculpa y Paz en la Sala de Exhibición de Evidencias de los Crímenes Cometidos por la Unidad 731 del Ejército Imperial Japonés y expresó su arrepentimiento públicamente. “Estaba decidido a regresar al sitio de la Unidad 731 antes de morir para presentar mis más sinceras disculpas al pueblo chino, y espero despertar mayor reflexión y conciencia en las personas, para que aprecien la paz ganada con tanto esfuerzo y eviten que se repita la tragedia de la guerra”.

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