A lo largo de las civilizaciones, pocos animales cargaron con tanto peso simbólico como el caballo.
A contraluz de la comparación
La representación de los caballos varía entre distintas culturas
Tanto en la historia occidental como en la china, los caballos moldearon la guerra, posibilitaron imperios y avivaron la imaginación de los artistas.
Sin embargo, los significados que se les atribuyeron, y las formas en que fueron representados, revelan profundas diferencias en la manera en que se entendían el poder, el heroísmo y el individuo a uno y otro lado de Eurasia.
En la tradición occidental, el caballo casi siempre es inseparable del héroe o del gobernante individual. Desde la Antigüedad, la imaginería ecuestre funcionó como un atajo visual de la soberanía.
La estatua ecuestre de bronce del emperador romano Marco Aurelio (121–180) en Roma, uno de los pocos monumentos antiguos que sobrevivieron a la Edad Media, estableció un modelo duradero: el gobernante sereno, elevado por encima de las masas, con el dominio del caballo equiparado al dominio del mundo.
Esta tradición resurgió con fuerza en la Europa moderna temprana. En los retratos ecuestres de Rubens, Van Dyck y Velázquez, todos maestros del período barroco entre fines del siglo XVI y mediados del XVIII, reyes y príncipes aparecen montados sobre poderosos corceles, con su autoridad dramatizada mediante el movimiento controlado y la fuerza disciplinada.
Esa lógica alcanza su apogeo teatral en Napoleón cruzando los Alpes, de Jacques-Louis David. Napoleón Bonaparte, que en realidad atravesó los Alpes a lomos de una mula, es transformado en un conquistador heroico sobre un caballo encabritado, con las riendas firmes y su nombre inscrito junto al de conquistadores como Aníbal y Carlomagno.
En el arte occidental, el caballo amplifica la voluntad del individuo, proyectando ambición, destino y gloria personal. El animal se convierte en una extensión del mando humano.
La imaginería ecuestre china sigue un camino marcadamente distinto. Si bien los caballos fueron igual de esenciales para la guerra y el Estado, en particular desde la dinastía Han (206 a. C.–220 d. C.), su representación rara vez se centra en la autoexaltación de un gobernante individual.
En cambio, el arte chino tiende a enfatizar la cualidad moral, la vitalidad y el espíritu del propio caballo. Desde los relieves funerarios de la dinastía Han hasta las esculturas de la Tang (618–907) y las pinturas de la Song (960–1279), los caballos aparecen no como accesorios del poder, sino como seres vivos dotados de carácter.
Esta diferencia resulta especialmente evidente en la dinastía Tang, a menudo considerada la edad de oro de la imaginería ecuestre china. La corte Tang valoraba los caballos de Asia Central, emblemas de la apertura y el alcance cosmopolita de la dinastía. Sin embargo, obras como los célebres Relieves en piedra de los seis corceles, instalados en el mausoleo del segundo emperador Tang, Li Shimin, no conmemoran la vanidad imperial, sino la adversidad compartida.
Los caballos se muestran sin el emperador montado sobre ellos; en cambio, aparecen solos o, en una escena impactante, acompañados por un hombre, uno de los generales del emperador, que extrae una flecha del cuerpo de un corcel herido. El gesto no encuentra resistencia, sino confianza, y subraya un vínculo forjado en la batalla más que una exhibición de poder soberano.
Entonces, ¿dónde estaban los emperadores y generales, si no se los representaba a caballo? “En los jardines”, responde Maxwell Hearn, destacado curador de pintura china en Estados Unidos y jefe del Departamento de Arte Asiático del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
“No se ven pinturas de ese período de un general conquistador plantando una bandera en una playa. En cambio, la élite china prefería ser retratada en sus propios jardines”.
Desde la dinastía Song en adelante, los pintores chinos a menudo representaron caballos en momentos de quietud: pastando, bañándose o descansando.
“Son lo que llamamos pintores letrados: artistas de formación clásica que dominaron buena parte de la historia del arte chino y que a menudo ocuparon cargos oficiales”, explica Ma Shunping, del Museo del Palacio Imperial en Beijing, curador de una próxima exposición sobre el arte y la cultura ecuestres de la China antigua, basada en parte en la colección del propio museo. “Sus imágenes invitan a la contemplación y funcionan como vehículos para reflexionar sobre el talento no reconocido, la fuerza contenida o la virtud que espera su momento”.
El arte chino atravesó una transformación, en particular después de la caída de la dinastía Qing en 1911. Aun así, el caballo perduró como una imagen cultural cargada de significado.
Li Yongping, investigador del Museo Provincial de Gansu en Lanzhou, provincia de Gansu, señala que, a través de las redes de intercambio, “el caballo ocupó de manera constante el límite entre culturas”.
En dos mundos distintos, el caballo terminó funcionando como un espejo de las aspiraciones humanas.
Ya sea encabritado bajo un emperador o de pie, en silencio, en la pintura de un erudito, plantea la misma pregunta persistente: ¿cómo debe llevarse la fuerza y con qué fin?
Por ZHAO XU.




