Hay una línea esencial que une a Jorge Castillo, el dueño de ese monumento a la ilegalidad comercial que es La Salada, con el finado Julio Grondona, factótum eterno de la AFA.
Los dos hicieron sus imperios con desembozada complicidad política.
Y cuando decimos política hablamos de los sucesivos funcionarios del Ejecutivo, pero también de los jueces y de los legisladores.
Pero no todo termina allí.
También debemos hablar de lo que le cupo a la ciudadanía.
Sin presión
A pesar de todo lo que se conocía acerca de Castillo y Grondona, nunca hubo una verdadera presión social sobre estos personajes.
Es más, secretamente, muchos admiraban esa capacidad para hacer dinero fácil, para acumular poder, y para hacer y deshacer sin que nadie los molestara.
La Salada es un Estado paralelo con leyes propias. La AFA es un Estado asociado con normas a pedir de boca.
A sus popes, la legalidad les tira de sisa.
Los untados
Roban, pero hacen. Acumulan poder y lo hacen sentir. Influyen. Amedrentan. Untan. Corrompen.
Basta ver la descomunal mansión de Castillo ubicada en un country de Luján, provincia de Buenos Aires, desde la cual este personaje recibió a los tiros a la policía cuando lo fueron a detener a mediados de semana.
Ese fue y es el secreto de estos padrinos, de estos capos, de estos emprendedores prepotentes que reinaron y reinan sin que los súbditos (autoridades y ciudadanía) tengan la valentía de denunciar lo que se esconde detrás de esos palacios hollywoodenses.
El dueño
Grondona tuvo harto poder y lo ejerció manejando a su antojo el negocio del fútbol.
Fue el dueño de la Selección nacional de fútbol durante décadas. Digitó jugadores, pases, resultados.
Y no hubo presidente de la Nación que se animara a poner las cosas en su lugar.
Ni fiscal o juez que investigara de oficio.
Ni comisiones legislativas que le pusieran una lupa o que legislaran para adecentar la conducción del deporte más popular del país.
Predicar en el desierto
En el camino quedaron, solitas sus almas, las investigaciones periodísticas sobre la AFA o sobre ese reino de la ilegalidad y de la irregularidad que fue y es La Salada.
Los jueces y los fiscales parecen no leer diarios ni ver TV.
Además de la prensa quedan también algunos pocos nombres propios que se animaron a enfrentar el poder omnímodo de Grondona.
La TV, los diarios, las radios se cansaron de advertir en estas últimas décadas sobre las chirriantes irregularidades de ese imperio llamado La Salada, definido como "el mercado ilegal más grande del país".
Vender papelones
Es evidente que en la Argentina sigue siendo famélico todo el andamiaje que sostiene a los entes de control.
Quizás eso explique que durante las tres administraciones kirchneristas Jorge Castillo haya trabajado sin problemas en su reino.
No sólo eso, sino que además haya sido mostrado como ejemplo de empresario tanto por Cristina Kirchner como por ese esperpéntico funcionario llamado Guillermo Moreno.
Ambos lo llevaron como estrella en la misión oficial que cumplieron en Angola, donde pretendieron "vender" algo así como el i-commerce (comercio ilegal) de La Salada, un invento argentino digno de ser exportado.
El Castillo de Angola fue un papelón internacional y diplomático que no tiene parangón en la historia de las relaciones exteriores de nuestro país.
¿Me permite varias preguntas?
¿Será casualidad, o es sólo una broma cruel del destino político que el acto de lanzamiento del nuevo partido de Cristina se haya hecho en el estadio de Arsenal, en Sarandí, la cancha que inventó y bancó Julio Grondona?
El peronismo que nos legó el kirchnerismo es ese movimiento que necesita imperiosamente de los pobres para subsistir.
"Somos el partido de los pobres, de los sin trabajo, de los necesitados", dijo Cristina en la cancha de Arsenal.
A ver si nos entendemos. Cristina no dice: somos el partido que viene a promocionar a los pobres, a sacarlos de la pobreza, a elevarlos en la igualdad de oportunidades.
No es casualidad (sino causalidad) que ese ridículo compadrito de la política llamado Guillermo Moreno sea el único que salió en defensa de Jorge Castillo.
Moreno no tuvo empacho en defender públicamente al "amigo" Jorge Castillo, el mismo que acababa de herir de un escopetazo en un ojo a uno de los policías que lo fueron a detener.
¿Entiende ahora, lector, por qué al líder de La Salada le costó tanto recalar en Mendoza y sólo lo pudo hacer en la comuna de Santa Rosa cuando la gobernaba un señor peronista llamado Sergio Salgado que fue depuesto por corruptelas e ineficiencias groseras de gestión que le costaron la cárcel?


