Calidad de vida de las personas y cuidado del ambiente. Bajo estas dos premisas se sostiene la movilidad sostenible, el concepto que viene imponiéndose como el nuevo paradigma de las ciudades. Después de un siglo XX que vivió el auge de las megaurbes plagadas de autos y autopistas, haciendo realidad el futuro basado en la motorización imaginado por los autores decimonónicos, el siglo XXI trae una mirada crítica de ese modelo. Estas ciudades ya no son el paraíso soñado para millones de migrantes internos que encontrarían allí el bienestar y la prosperidad, sino sitios hipercontaminados, superpoblados y segmentados socialmente donde los traslados de un lugar a otro conllevan horas de estrés en un tránsito caótico.
Movilidad sostenible, el paradigma de las ciudades del siglo XXI
Por eso, con el nuevo milenio y la emergencia de una agenda más “verde”, empezó a instalarse la idea de hacer de las ciudades sitios más amables y saludables para las personas. Y para ello es fundamental pensar el transporte como un sistema que mejore la calidad de vida y también el ambiente en el que ella se desarrolla. A esto se llama movilidad sostenible.
Según detalla la profesional del Instituto Multidisciplinario de Ciencias Ambientales, este paradigma trajo una serie de problemas, como grandes embotellamientos, accidentes viales, tiempos de viaje muy prolongados, estrés, ansiedad, obstáculos para quienes caminan, contaminación sonora y ambiental, alto consumo energético, entre otros. Y además, obligó al Estado a hacer grandes inversiones para el mantenimiento de calles y autopistas para los usos particulares.
La movilidad sostenible empieza a solucionar estos problemas “haciendo foco no tanto en los modos concretos de transporte sino en quiénes y para qué se trasladan. Para buscar satisfacer esas necesidades de movimiento y al mismo tiempo, incorporando la perspectiva sostenible a esta movilidad, que sean traslados respetuosos con el ambiente”, amplía Lewin Hirschhorn.
Pirámide invertida del transporte
La licenciada en Geografía describe a la movilidad sostenible como una pirámide invertida del transporte, donde en la base, la parte más ancha, se encuentran las personas que se movilizan caminando; luego están las que lo hacen en bicicleta, monopatín o patineta; después, a medida que se angosta la pirámide, viene el transporte público y al final, el auto particular. Igualmente, Lewin Hirschhorn aclara que desde la movilidad sostenible no se rechaza el automóvil, sino que se promueve su uso compartido, un concepto conocido como carpooling a nivel mundial, donde muchas personas que viven en diferentes domicilios viajan en el mismo auto para trasladarse diariamente a lugares cercanos entre sí.
Para llegar a tener un transporte sostenible, una ciudad debe implementar primero un diagnóstico de la infraestructura existente, como también de las necesidades y los hábitos de las personas que forman a su comunidad.
A partir de ahí, cobra fuerza el rol del Estado para incentivar el uso de medios no motorizados a través del desarrollo de nueva infraestructura (ciclovías, veredas más anchas, espacios verdes) o, por ejemplo, la implementación de facilidades para adquirir bicicletas o monopatines.
Lewin Hirschhorn lo ejemplifica en Mendoza con la posibilidad de subirse a la bicicleta, después al Metrotranvía, bajarse y seguir pedaleando hasta el destino final. Para ella, “esto está mínimamente implementado y habría que reforzarlo, por ejemplo incorporando más espacio para bicicletas en los trenes”.
Por último, agrega una línea más de acción desde el Estado para favorecer la movilidad sostenible: la comunicación vial y ambiental, para cambiar los hábitos desde las personas.
Beneficios de la movilidad sostenible
Cambiar los modos de trasladarse en una ciudad por medios no motorizados trae indudables beneficios, desde lo ambiental pasando por lo económico y llegando hasta la salud de la propia comunidad. La coordinadora del PMS de la UNCUYO explica que, primero, pedalear o caminar reduce los costos de transporte, que tienen que ver con el combustible, con el estacionamiento o el mantenimiento de los vehículos.
Por otro lado, hay una reducción de la contaminación ambiental, desde la menor emisión de gases contaminantes a una baja de la contaminación sonora, además de permitir ciudades más verdes porque se reducen los espacios de asfalto.
Por último, hay una indudable mejora del estado físico de las personas, al trasladarse caminando o en modos no motorizados. “Está comprobado que el uso de alguno de estos modos baja los niveles de estrés y ansiedad -dice Lewin Hirschhorn-. Esto aporta a la salud pública, porque además se disminuyen los accidentes viales”.
“Lo más importante es que las ciudades se planteen implementar la multimodalidad, combinar modos para trasladarse. Por ejemplo, un obstáculo para llegar al campus universitario es la pendiente que hay entre Boulogne Sur Mer y la rotonda”, ejemplifica Lewin Hirschhorn: “Hay algunos lugares donde las personas pueden cargar la bici en la parte de atrás de los colectivos y hacer ese tramo en el ómnibus”.
Ciudades de 15 minutos
Europa está a la cabeza mundial en materia de movilidad sostenible. Copenhague, la capital de Dinamarca, es un ejemplo de ciudad pensada para circular en bicicleta, pero no es la única. Barcelona está implementando las “súper manzanas” que concentren todos los servicios necesarios para que la gente no deba trasladarse más allá de esos límites. Y París tiene en marcha las llamadas “ciudades de 15 minutos”, un modelo que el PMS de la UNCUYO está impulsando ahora para Mendoza.
Porque en definitiva, son las personas las destinatarias finales del paradigma de la movilidad sostenible. Sus protagonistas y sus beneficiarias. Por eso la coordinadora del PMS de la UNCUYO cierra resaltando que “toda planificación urbana tiene que ser realizada de manera participativa, con participación real de la ciudadanía”.

