Mendocina por adopción

Vendimia o la tradición de celebrar a como dé lugar para sentirnos parte

Con el propósito de reconocernos en nuestro lugar de pertenencia, la Vendimia me recuerda a los carnavales artesanales de Lincoln, mi ciudad natal

La Fiesta de la Vendimia y más aún, sus actos populares en los barrios, en las fincas y en las calles, me recuerdan a las tradiciones de Lincoln, mi pueblo natal.

A diferencia de Mendoza y su tributo a la vid, en Lincoln (Buenos Aires) se celebra con los corsos, o mejor conocidos como "carnavales artesanales". La diferencia entre uno y otro pasa por la identidad cuyo origen indiscutido en la tierra del sol y del buen vino le es propio y auténtico. En cambio, mi comunidad bonaerense tomó la tradición carnavalesca porteña de fines del siglo XIX para reversionarla en su historia de vida. Y así inventó el género de carnaval artesanal, único en el país.

Fue en 1928 cuando el profesor linqueño Enrique Urcola incorporó métodos utilizados en el taller de escenografía del Teatro Colón, donde trabajaba modelando figuras en cartapesta, para fabricar la primera carroza con movimiento. Después llegarían las "mascaritas", los "cabezudos" y los más conocidos: los "Autos Locos" que hace varios años supieron formar parte de la Vía Blanca y el Carrusel.

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Una postal de los carnavales artesanales de Lincoln, en Buenos Aires.

Una postal de los carnavales artesanales de Lincoln, en Buenos Aires.

Sin embargo, dudo que todos los habitantes de Lincoln puedan transmitir a los foráneos estos orígenes y la evolución de la celebración callejera que cada fin de semana de febrero los convoca bajo un mismo propósito: el encuentro.

Lo mismo pasa en Mendoza: ¿Qué importa la historia del vino nuevo cuando en estos días sólo queremos gritar al mundo una Feliz Vendimia?

Esa "Feliz Vendimia" que esconde las ganas propias de celebrar la vida, pero sobre todo de sentirnos parte de la comunidad; de reconocernos en eso que nos identifica y nos une y que no es más que nuestro lugar de pertenencia. Al menos, hacerlo y sentirlo una vez al año.

Como mis recuerdos de infancia, cuando preparábamos los tarros de espuma y nos disfrazábamos para salir a las calles a mezclarnos entre nuestros vecinos, aquí en Mendoza bajo otra modalidad buscamos lo mismo, deseando que las esperanzas colectivas se cumplan ante un nuevo ciclo de cosecha.

Y, con críticas o elogios por igual, terminamos asistiendo al ritual porque, en definitiva, queremos sentirnos parte.

Carolina Baroffio es periodista

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