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'Una historia familiar', de Daniel Guebel, el autor que sueña con "escribir todos los libros en todos los estilos posibles"

Daniel Guebel es escritor, guionista y periodista. En esta entrevista aborda aspectos de su libro Una historia familiar.

Daniel Guebel (Buenos Aires, 1956), el escurridizo, define en esta entrevista, con meridiana elocuencia, su proyecto literario que apunta, textualmente, a “escribir todos los libros en todos los estilos posibles”.

Dicho de otra manera, quiere “ser, en cada libro, un autor distinto”.

Los dos títulos que motivan nuestro nuevo encuentro lo convalidan.

Uno, el que más le importa, es Una historia familiar, reconstrucción del enrevesado itinerario que siguió su propio clan, huyendo, a principios del siglo pasado, desde la zona fronteriza entre Ucrania y Polonia asolada por los cosacos, hacia destinos finales como Argentina y Estados Unidos.

La voz, memoriosa, reconfigurada, que adopta Guebel para darle nueva vida a la saga es la de su tía Blanca. Su narración es sencilla, límpida. La vida de cada uno, dentro de la parentela, es sencilla también. Pero los personajes se vuelven extraordinarios o insólitos, casi a pesar de sí mismos.

El segundo libro, escrito en colaboración con Nancy Giampaolo, se explica a partir de su extenso título: Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su escritor argentina favorito y nunca se atrevió a preguntar.

Esta, justamente, fue la puerta de entrada al diálogo en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

Daniel Guebel aseguró que entre los escritores la convivencia es bastante amable.

Daniel Guebel aseguró que entre los escritores la convivencia es bastante amable.

-Arranquemos por tu recopilación de anécdotas sobre los escritores. ¿Son jodidos ustedes para convivir o no?

-No. Salvo cuando alguno quiere hacer escándalo y entonces arma solicitadas por acá, defensas por allá, ataques más allá, la convivencia entre los escritores es, por lo que yo sé, bastante amable.

-¿Sí?

-Yo tengo más o menos los mismos amigos de siempre. Tal vez lo que ocurra es que no hay mucha circulación entre generaciones. Yo no conozco a escritores de mucha menor edad que la mía. En el fondo, son como clubes de barrio.

-Lo que pasa es que cuando apareció tu libro en colaboración con Nancy Giampaolo, cuyo título es un homenaje explícito a Woody Allen, parecía un subcapítulo de ese mentado libro de Borges y Bioy donde despanzurran a medio mundo.

-Antes, dos aclaraciones. Primero, el título de nuestro libro lo eligió el editor y no nosotros.

-¿Por?

-Porque estábamos dando vueltas, paveando con los títulos y, como no se nos ocurría ninguno, dijo lo elijo yo. Y luego, ¿vos te estás refiriendo al Borges de Bioy?

-Claro, que acaba de ser reeditado por Planeta.

-Sí, sí, en dos tomos. Es mucho más manejable. Ahí sí Borges y Bioy se ocupan de destruir concienzuda y puntualmente a cada uno de los escritores que mencionan. Con verdad y justicia o con alevosía inmunda. Son dos tilingos, viejos, gorilas. De lo peor (risas).

-¡Pero son Borges y Bioy!

-Son Borges y Bioy, exactamente. Pero en este libro nuestro, que es, por supuesto, mucho más breve, mucho más modesto, en general las historias son más o menos simpáticas, cariñosas o graciosas. Salvo, tal vez, la de María Gainza, que es como un relato casi de terror. Pero fue agradable de hacer. Espero que funcione.

-Hablando de los dos maestros, son muy buenos los relatos de Luisa Valenzuela sobre Borges y el de Fresán sobre Bioy.

-Casi todos son como pequeños cuentos. Es muy bueno también el de Daniel Molina sobre Puig. Pero no sigamos mencionando porque, entre quien uno menciona y quien uno omite, siempre hay alguna rispidez.

-Es así. Pasando a Una historia familiar, según decís, has reproducido lo que te contó tu tía Blanca. Una pregunta que ya respondiste en otras notas, pero resulta inevitable: ¿cuánto tiene de ficción todo esto y cuánto de realidad? Porque, la verdad, muchas veces cuesta creer lo que está pasando.

-Básicamente, toda la estructura narrativa forma parte de los relatos de mi tía Blanca. Como pasó tanto tiempo, al preguntarme si agregué algo, si incluí ficción o no, ya no recuerdo. Porque no te olvidés de que este libro lo empecé a trabajar hace veinticinco años, aunque lo publiqué ahora.

-Cierto, porque Blanca te había prohibido publicarlo mientras estuviera viva.

-Exactamente. Entonces tuve la paciencia maliciosa de esperar a que murieran ella y todos los implicados en su relato para publicarlo, cumpliendo con el pedido.

Para publicar Una historia familiar Daniel Guebel esperó que falleciera su tía Blanca.

Para publicar Una historia familiar Daniel Guebel esperó que falleciera su tía Blanca.

-¿Por qué la prohibición?

-Mi tía no quería que lo publicara, por lo menos en vida, porque tenía miedo de la venganza de su cuñado. Porque es difícil contar algo que sea una infidencia.

-Al menos te lo contó a vos.

-Lo que mi tía no pudo terminar de entender es que, si ella le cuenta una historia a un escritor que la graba, en algún momento esa historia puede que sea publicada. Yo acepté todos sus pedidos, excepto el último que me hizo, que era quemar ese libro (risas).

-Un mandato tipo Kafka. Pero menos mal que lo rescataste.

-Es cierto, pero si Kafka hubiera querido eliminar, quemar su obra, ¿por qué tenía que pedirle a un amigo que se ocupara?

-¡Quemala!, debió haberle dicho, sin vueltas.

-Claro. Creo que Kafka le pidió a su amigo que la quemara para construir un mito póstumo.

-Y para motivarlo, porque cada vez que te prohíben algo te incita a la desobediencia.

-Así es. Cuanto más me prohibía mi tía Blanca, más volvía yo sobre el libro y afinaba, pulía, agregaba una cosita, sacaba otra, me acordaba de terceras.

-Todo un trabajo posterior, a fin de cuentas.

-Sí tengo que decir que, entre la versión inicial y lo que evidentemente salió, hay notables diferencias estilísticas.

-Está bien, eso es parte del oficio de escribir. Ahora bien, cuando le mostraste a tu tía Blanca el fruto de sus recuerdos en la transcripción, ¿te corrigió algo? ¿Te puso o te sacó cosas?

-No. Mi tía no me corrigió el texto. Lo único que me dijo, respecto a lo que leyó, es: "Yo pensé que te contaba la historia de mi papá y vos le das más importancia ¡al estúpido de mi cuñado, ese infeliz!”.

-¡Nada menos que Ariel!

-Entonces, para suavizar el asunto, le dije que era el personaje cómico del relato. En realidad, es más que cómico.

-Es tragicómico.

-Sí.

-Y termina siendo el centro magnético. Ariel es tremendo y al final es como que se chupara el libro.

-Bueno, es la progresión a la miseria, ya no económica, sino a la miseria personal y la locura.

-Todos los personajes son muy simples, muy sencillos, muy entendibles. Muchos son losers sin remedio, peores que todos los de Woody Allen juntos, pero muy singulares a su vez. O sea, son perdedores singulares, no son perdedores comunes y silvestres.

-Lo que pasa es que la novela empieza con personajes de principios del siglo pasado. La vida cambió mucho. De hecho, esta historia concluye, en todo caso, a fines del siglo XX. Por ejemplo, toda la cuestión de la inmigración ahora es completamente distinta.

-Aquella obedecía a otras penurias.

-Estos eran de alguna manera caucásicos, no inmigrantes latinos clásicos. Pero hoy tampoco los dejarían entrar en los Estados Unidos. Muy probablemente.

-Pero, como decías, también las aspiraciones eran distintas.

-Cuando, antes, en relación a la inmigración, funcionaba la mitología del progreso y de hacer la América, tanto en Argentina como en Estados Unidos, ahora se piensa en términos de xenofobia y de racismo.

-Correcto. Recordemos que se trata de una familia que vive en Ucrania, en una zona fronteriza con Polonia, que sufre el ataque constante de los cosacos y que, por las distintas privaciones, emigra. Hoy Ucrania está en el centro de la atención planetaria. ¿Cómo viven eso?

-De esa familia quedan un par de personas, de ochenta y pico a noventa y pico de años. La gran mayoría de mi familia ahora son todos argentinos nacidos y criados. No hay una discusión... Digo, cuando nos reunimos los primos, ponele, se habla de política internacional, si queremos. Y de política nacional. Un primo mío vive en Munich y viene una vez por año, qué sé yo.

Daniel Guebel describió los orígenes de su familia.

Daniel Guebel describió los orígenes de su familia.

-Pero ¿a vos no te queda ningún lazo afectivo con Ucrania? Digamos, ¿es un capítulo para vos totalmente superado o algo te hace echar la mirada atrás?

-No. No tengo relación. También mi mamá nació en Argentina. Los padres sí venían de por allá. Mi abuelo paterno era lituano. Y le pusieron de nombre Malvina como un modo de marcar el ingreso a este país. Mi viejo y mis tíos también eran argentinos.

-Otra cosa. Pese al protagonismo creciente de Ariel, el pater familias de la historia es Bernardo, un tipo anticapitalista intrínsecamente, ideológicamente. Se amarga, por ejemplo, por la suerte que corre la Unión Soviética. ¿Nunca tuvieron ellos un sentimiento en contra de la URSS o de Rusia?

-Yo no lo conocí tanto porque, además, Bernardo se fue a Estados Unidos, llevado por los hijos, cuando yo era muy chico. Entonces, nunca lo escuché hablar demasiado.

-¿Qué impresión te daba?

-Yo le tenía un poco de miedo porque, pese a su bondad, era un sujeto... O sea, yo era un chico y él era una persona muy seria, muy adusta y muy de pocas palabras. Igual que mi abuelo.

-Cortados por la misma tijera.

-Mi abuelo aparece más en mi libro El hijo judío. Eran personas secas, de pocas palabras, de escasísimas muestras de afecto. Mi abuelo tenía tan pocas palabras que, una vez, me senté al lado de él y le dije contame algo. Y me dice: "¿De qué querés que hable? Yo no soy conversador como vos".

-Joder, ¡qué diálogo!

-Entonces, le digo, no sé, contame algo de tu infancia. "¿Qué querés que te cuente?". Le vuelvo a decir no sé, ¿cómo te trataba tu papá? Y me dice: "Como a un perro". ¿Qué querés decir, abuelo, como a un perro?, le insisto. "Que me daba con los palos en la espalda hasta que me desmayaba". Y esa fue toda nuestra conversación.

-Casi todos los personajes pasan por situaciones de ese tipo.

-De Bernardo lo que me acuerdo es que, en Europa, le pasa una carretilla por encima de la cabeza. Y dice: "¿Me pasó una carretilla? ¡Y bueno! ¿Qué gano con quejarme?" (risas).

-¿Viste? Esas cosas.

-El negocio técnico de mi libro, para mí, en términos de disposición del material, tuvo mucho que ver con la voz narrativa. Porque yo grabé a mi tía. Es decir, escuché la historia primero y después la grabé dos veces. En la tercera voz, que ya estaba cansada, y es la que usé, ella contaba las cosas de manera muy distanciada.

-Lógico.

-Por lo tanto, yo conté la historia, de alguna manera, con la voz de ella, pero como en tercera persona. Como si ella fuera la narradora y no también un personaje. Entonces, se cuentan los hechos con una distancia enorme y fría para que lo emocional del asunto salga solo, no por la voz del narrador.

-Se nota completamente.

-Digamos, no hay quejas, no hay lamentos, no hay reflexión sobre lo acontecido. Hay como una especie de distancia y de resignación propias de las personas mayores que ya han vivido toda la vida.

-Volviendo a Ucrania y a la simpatía de Bernardo por la Unión Soviética y el régimen comunista, nos lleva a una entrevista muy significativa que tuvimos en este programa con Abrasha Rotenberg.

-¡Ah, claro!

-Abrasha, que viene de cumplir cien años, también nació en Ucrania. Pero él y su familia huyeron de la Unión Soviética, donde los obligaban a hablar ruso hasta en la escuela y la pasaban muy mal. No recuerdo que tuviera la misma empatía de Bernardo por el régimen comunista.

-Bueno, claro, mi abuelo y su familia escaparon de la guerra ruso-japonesa, en 1905, antes de la Revolución rusa. Por lo tanto, todavía le podían quedar, a la distancia, simpatías por un régimen y a la vez desconocimiento de la naturaleza de ese régimen. Mi abuelo era estalinista.

-Queda muy a la vista en el libro.

-La frase que dice Bernardo en el libro, me la transmitió mi abuelo: "¿Qué? ¿Stalin se equivocó? ¡Sí, se equivocó! ¡Todo el mundo se equivoca!" (risas).

-La saga de Una historia familar es larga, los personajes van entrando y saliendo. Uno los llega a entender, groso modo, aunque no comparta su manera de sentir y de vivir. Pero hay tres que están fuera de registro, que son terribles. Uno es Ariel, otro su hijo David y el tercero, que te estruja el corazón, es Iván, ese muchacho que había nacido con un brazo seco.

-Sí, sí. Lo que está incluido ahí no me lo contó Blanca, sino que era un rejunte de relatos que se hicieron. Digamos, todo lo que yo conté es una purificación de los relatos que me hicieron al respecto. Pero yo no hablaría demasiado de él porque todos los personajes tienen los nombres cambiados. Es más, los hijos de Iván están vivos y viven en la Argentina. No querría, siquiera, que supieran de la existencia del libro. En fin, es delicado el tema para mí.

Daniel Guebel con sus libros.

Daniel Guebel con sus libros.

-Por eso mismo entenderás las reticencias de tu tía Blanca.

-Exacto.

-¿Qué dicen en tu familia del libro, en líneas generales?

-Nada. Salvo mi madre. Yo le llevé el libro, empezó a leerlo y me dijo: "¿Historias de familia? A mí ya no me interesan". Claro, no es su familia.

-¿Y alguien más?

-Mi hermana, que hacía años que no leía un libro mío, cuando lo presenté con Nancy Giampaolo, se lo llevó y a las tres horas me escribió y me dijo: "Ya lo leí entero. Me encantó".

-Un aval importante.

-Sí. Es un libro que se lee de manera bastante fácil, porque vos decís que hay muchos personajes, pero van desapareciendo muy rápido a medida que se mueren, hasta que quedan los centrales.

-Aquí, en esta novela, no encontramos al Guebel complejo al que nos habíamos habituado últimamente. Estás en onda más autobiográfica, con un relato muy simple, muy cristalino, que se sigue con fluidez. En suma, ¿es otro Guebel o no?

-Dos cosas diría. Primero, este libro no es literatura del yo. No es un libro autobiográfico. Es una historia que me contaron, pero, al mismo tiempo, la posibilidad de contar la historia de una familia me abrió a otras posibilidades.

-¿A qué te abrió?

-Me abrió a poder contar el vínculo con mi padre, de alguna manera, en El hijo judío, y las relaciones que yo establezco con él y con Franz Kafka. Con ventajas para mí, en principio, por el no desdeñable hecho de que sigo vivo.

-Está claro ahí. ¿Y en este caso?

-Por otra parte, respecto de esto que vos decís de lo distinto, diría que este libro subraya algo que no siempre se nota, y es que mi proyecto literario está compuesto de dos partes, que son antitéticas. Una, escribir todos los libros en todos los estilos posibles. Ser, en cada libro, un autor distinto.

-Titánico empeño.

-Eso no se puede cumplir, pero se puede ir en esa dirección de la aspiración de totalidad. Y, por el otro lado, está la otra parte antitética, que es condensar todos los libros posibles en uno, que es algo que tampoco se puede hacer. Pero si uno no va hacia lo imposible, ¿de qué trata la literatura? ¿De entretenimiento y banalidad? No me interesa.

-Recuperemos a tu personaje más complejo, Ariel, cuya aura resulta incomprensible. Por ejemplo, ¿por qué Laura se casó con este tipo? Ni siquiera sus parientes lo entienden. ¿Por qué lo banca a través de toda la historia? Y, entre todas sus desventuras, ¿la historia del casino y los dos millones de dólares es real?

-No me acuerdo (risas). La verdad es que no me acuerdo.

-Contemos, para quien no leyó el libro, que Ariel era afecto a jugar en las maquinitas del casino y en un momento insólito le salta un premio de dos millones de dólares, cifra que la institución no le quiere pagar. Dado que no te acordás, ¿de dónde puede ser que la hayás sacado?

-Hablando de Ariel, todo lo que cuento es real. Ahora, si hay algo que lo llevé a un punto de exasperación, puede ser. También es real que se compraron una casa en Miami, en un terreno inundable...

-En una ciénaga.

-Era una ciénaga saturada de cocodrilos y la empresa que se los vendió quebró.

-Los estafaron, lisa y llanamente.

-Exacto. Todos los elementos están. La historia de la mafia italiana que le mandaron, también.

-Es que el tipo era un bando. Empieza a trabajar en una fábrica porque su pariente Marcos le da una mano y el tipo se robaba el jamón y el tomate de los sánguches de los otros obreros.

-Por eso. Son todas versiones. ¿Cuál es la verdad de los hechos? Qué importa. Lo que importa es el efecto que produce en términos de relación entre el interés del lector, de la historia y la construcción del personaje. Porque es una novela de personajes.

-Sin duda. Lo venimos diciendo.

-Cómo, con dos o tres pinceladas, se construyen imágenes más o menos inolvidables de cada uno de ellos.

-En esa misma línea está David, el hijo terrible de Ariel y Laura. Alguien sumamente raro. Existió tal cual, suponemos.

-Sí, completamente. Era un primo mío.

-¿Lo conociste?

-Claro, de chico, porque se fueron a Estados Unidos temprano, cuando yo tenía ocho o diez años.

-Antes habían partido Blanca y su marido Marcos.

-Hay algo muy importante ahí. El marido de Blanca hizo, tal vez, una de las cosas más importantes que me pasaron en mi vida. Cuando se fueron a los Estados Unidos, él me regaló la colección completa de la biblioteca de Clásicos Jackson.

-¡Qué gesto!

-Todas las lecturas clásicas que hice en mi vida, salvo el teatro, empezaron en esa biblioteca. Y, de hecho, ahora yo estoy dando en la Librería del Fondo, en Buenos Aires, clases sobre libros clásicos. O sea que, de alguna manera, lo estoy homenajeando y recordando.

Sonríe Daniel Guebel.

Sonríe Daniel Guebel.

-Lo que no figura mucho, pero termina dándole un sello a tu libro, es la cuestión judía.

-No.

-En el caso de Abrasha Rotenberg, sí, porque cuando salen de Ucrania les toca pasar nada menos que por la Alemania de Hitler y eso queda muy patente. Pero en tu saga esta cuestión no tiene demasiado peso.

-No tiene peso por dos motivos. Primero, porque yo no quería que fuera una historia, entre comillas, judía, sino una historia de inmigración, sufrimiento, amor y exilio. Porque no hay ninguna particularidad de lo judío ahí. Si vos, en cuanto a nombres, en vez de Bernardo le ponés Giacomo, o a Blanca le ponés Lucrecia, la historia es la misma. Absolutamente la misma.

-Pero se cuela algún matiz.

-El único punto donde puede aparecer la idea de lo judío es cuando yo reemplacé la palabra judío por víctima en el párrafo final. O sea, se habla de víctimas, no de víctimas judías.

-¿Y eso por qué?

-Porque, para decirlo muy rápidamente, a partir de la política del Estado de Israel con sus vecinos, ya no se puede pensar en lo judío como sinónimo de la víctima.

-¿Ya no?

-No. En todo caso, hasta se podría decir que el Estado de Israel aprendió bastante bien del nazismo cómo se trata a la gente que vive en su territorio. Territorio que, por otra parte, el Estado de Israel ocupa desplazando a habitantes originarios. En fin, pero no me quiero meter en la cuestión judía ni discutir sobre eso. Por lo menos, en una especialidad en política internacional.

-Ok.

-Vos ves que en el libro se habla del comunismo, pero no hay ninguna teoría ni opinión al respecto. Es la carne de una familia.

-Sacaba a colación el tema porque la frase final instala el tema. Por más que vos pongas solo víctimas -prisioneros, para ser más precisos-, todos sabemos a quiénes se refiere. Pero hay otra cita textual. Cuando muere Bernardo, la familia discute si lo creman o lo entierran. Blanca lo quiere cremar y el nieto, Esteban, le dice esto: "Yo no estoy de acuerdo. Hitler mandaba a la gente a los crematorios. ¿Por qué con el abuelo tenemos que hacer lo mismo que esos asesinos?”. Es fuerte esa escena.

-Sí, pero pensá que también el nazismo se ocupó de liquidar, en principio, a los propios alemanes discapacitados. Se ocupó de eliminar homosexuales. Se ocupó de eliminar gitanos. Se ocupó, por supuesto, de masacrar a los rusos cuando invadió la Unión Soviética.

-Eso está muy claro.

-Digamos, el Holocausto no tiene copyright. Tal vez haya menos gitanos en el mundo que judíos, pero en cuanto a la proporción de gitanos que fueron asesinados, los nazis bien podrían enorgullecerse de su eficacia.

-Te sigo.

-Y tal vez también esto está elidido porque escribí una novela, que todavía no publico, en la que el personaje principal es Hitler. Me ocupo de eso de manera más exhaustiva. Entonces, retiré elementos de una para incorporarlos a otra.

-El tema vale, también, porque hace una semana hablamos con Silvia Plager y a ella le preocupa particularmente la ola actual de antisemitismo, algo que refleja, incluso, en su nueva novela, Sin canje. Tengamos en cuenta que familiares suyos pasaron por Auschwitz. A esto se le suma la exclusión de Ariana Harwich en España. Temas difíciles de soslayar.

-Sí, pero tiene bastantes matices. De eso no hablé, no tengo todos los elementos. No creo que haya inocentes y culpables. Es un asunto bastante disparatado, en general. Pero, si vos querés que hable de eso…

-No, no, simplemente son cuestiones que están en danza, que valen para nosotros como periodistas. No hace falta profundizar, si te jode.

-Bueno. Además, dejé de ser periodista y nunca me ocupé de política internacional. Salvo de una manera rara.

-¿Cómo es eso?

-O sea, cuando trabajo en novelas como El rey y el filósofo o Un crimen japonés, más bien me ocupo de sociedad, de estado y poder, no de relaciones internacionales. Con temas históricos, también. Lo de Harwicz y el antisemitismo y el antiislamismo y la política del Estado de Israel o Irán, es una bolsa con muchos datos, de la que nosotros sabemos poco.

-Lo dejamos ahí, entonces. La otra vez, Silvia Plager nos contó que estaba llegando a los treinta libros publicados. Vos ya la estás sobrepasando largamente. ¿Cuántos llevás? ¿Cerca de cuarenta?

-No. Publiqué treinta y cinco o treinta y seis libros, y tengo cinco o seis guardados. ¿Vos sabés que Silvia Plager era compañera mía de taller literario?

-¡Mirá!

-Tenemos diferencias de criterio en relación a la política internacional, pero no importa. Igual la quiero.

-¿Tu próximo libro está entre esos que tenés medio enterrados o es algo totalmente nuevo?

-No sé qué voy a publicar el año que viene. Si es que me publican. Me acuerdo de un comentario de Alan Pauls. Un día le pregunto si había leído no sé qué libro mío y me responde: "No, todavía no". De golpe me mira y me dice: "Dani, ¡deja descansar a tus lectores!" (risas).

-Dejate de joder y publicá otro libro, así renovamos el rito de hablar en este programa.

-Sí. La verdad, el año que viene tengo ganas de publicar un libro de cuentos extraños. Más raros, todavía, de todo lo que has leído en relación a la idea que te hacés de cómo escribo yo.

-Pero no nos va a sorprender. Te tenemos como un autor inclasificable. Nos va a gustar, seguramente.

-Ojalá, ojalá. Así que espero el llamado del año que viene.

En pocas palabras

  • Daniel Guebel: el escritor busca experimentar con todos los estilos posibles y ser un autor distinto en cada libro.
  • "Una historia familiar": novela que reconstruye la saga de su clan de Ucrania, narrada desde la voz de su tía Blanca.
  • Proceso creativo: Guebel trabajó el libro durante 25 años, respetando la voluntad de su tía de no publicarlo en vida.
Resumen generado por Thinkindot AI

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