Luego de que un hombre resultara herido en uno de los bombardeos sobre Madrid durante la Guerra Civil y durante su estancia en un hospital coincidió con varios niños que, debido a sus lesiones, no podían jugar al fútbol. A raíz de ello nació el mejor invento que disfrutan los argentinos.
La historia de los inventos conmueven el mundo, pues muchos de ellos transformaron la vida de millones de personas. Muchos nacen de hay ideas simples, nacidas de la empatía y de ponerse en el lugar del otro, que logran un impacto global. Uno de estos casos es el metegol.
Está en clubes de barrio, en casas familiares, en salones de juegos y hasta en bares. El metegol forma parte de la infancia y adolescencia de millones de argentinos. Sin embargo, lo que casi nadie sabe es que este clásico juego tiene un origen marcado por un contexto histórico muy particular: la posguerra europea.
Metegol: un invento histórico que atravesó generaciones
En Argentina, el metegol es sinónimo de tardes interminables, campeonatos improvisados y rivalidades amistosas. Su popularidad creció tanto que incluso llegó al cine con la película animada Metegol, dirigida por Juan José Campanella.
Pero su historia comienza mucho antes. El metegol conocido en otros países como futbolín o taca-taca fue patentado en la década de 1930 en Europa. Sin embargo, su expansión masiva se dio tras la Segunda Guerra Mundial.
En el contexto de la posguerra, Europa atravesaba momentos difíciles: reconstrucción económica, ciudades devastadas y necesidad de entretenimiento accesible. El metegol se convirtió entonces, en una alternativa simple, económica y social para distraerse en cafés, bares y centros comunitarios.
Su estructura de madera y hierro permitía fabricarlo con materiales relativamente disponibles, lo que facilitó su rápida difusión. Con la gran inmigración europea hacia América Latina durante y después del conflicto bélico, el juego cruzó el océano. En Argentina encontró terreno fértil: un país apasionado por el fútbol.
El metegol logró algo único que es trasladar la emoción del fútbol a una mesa. Con apenas cuatro barras y once muñecos por lado, reproducía la intensidad del deporte más popular del país.
En clubes de barrio, casas y escuelas se transformó en una tradición. Con el tiempo, se volvió parte del ADN lúdico argentino.






